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Moderada 14 diciembre de 2020

13 personas con demencia escriben un cuento de Navidad

El relato se elaboró durante una sesión de terapia de reminiscencia cuyo fin era estimular las capacidades de estos pacientes

“Queridos Reyes: no os olvidéis de mis torreznos» 

Nací en Campisábalos, un pueblo pequeñito situado en el extremo norte de la provincia de Guadalajara. Como decimos por allí, en la comarca de la Serranía.

Fui hija única, algo poco habitual en aquella época. Cuando pienso en aquellos días recuerdo una infancia humilde, no teníamos gran cosa, pero si te digo la verdad, fui feliz.

Mis padres trabajaban en el campo y tenían algunos cerdos. Es lo único que había en el pueblo: el campo y la ganadería. Recuerdo que trabajaban muchísimo y, como no tenían con quién dejarme, me llevaban con ellos. Ya fueran a sembrar, segar o cosechar, yo siempre estaba a su lado. Me dedicaba a jugar con la tierra y los pastos, así que estorbaba más que ayudaba.

Me gustaba, sobre todo, cuando nos juntábamos los tres y comíamos al aire libre, sentados sobre unas piedras en medio del sembrado. Y aunque no hacía mucho, solo jugaba, acababa muy cansada. Había que madrugar tanto: salíamos de casa cuando todavía no había despuntado el sol y no volvíamos hasta media tarde.

Por eso, la Navidad me encantaba. Era la única época del año en que mis padres dejaban de trabajar. Pasábamos unos días tranquilos en casa y, luego, nos íbamos a Cadalso de los Vidrios, el pueblo de mis abuelos, que está en Madrid. ¡Qué bien lo pasaba allí! Las calles estaban llenas de música y alboroto, la gente salía a cantar y yo jugaba con los niños del pueblo.

Además de las panderetas, las botellas de anís, las zambombas y los almireces, los hombres tocaban la “carraca”, un instrumento que me llamaba mucho la atención porque daba vueltas como un molinillo de viento. Yo creía que en ese pueblo todo el día estaban de fiesta. Claro que yo solo iba en Navidades.

Mis abuelos nos querían muchísimo. Y yo era su nieta favorita, también eso es lo que creía yo. Me acuerdo mucho de mi abuelo Luciano, que era muy espléndido y cariñoso. Si quería algún capricho, sabía que tenía que acudir a él. Mi abuela era de otra manera, más tacaña. Pero tenía mucha mano en la cocina. No he probado comidas más ricas que las suyas. Y con los dulces, cómo era…

Los huesillos de mi abuela

Todos los años, la abuela hacía una canasta enorme de huesillos para toda la familia y, también, para los vecinos que pasaban a felicitarnos la Navidad. Cuántos huesillos hacía. A mí me parecía que no se iban a acabar nunca. Los comíamos después de cenar, para el postre. Y al terminar la cena, con la boca todavía llena de azúcar, mi abuelo sacaba la zambomba y unas panderetas. Y allí nos poníamos a cantar todos hasta muy tarde.

Como eran Navidades, acudíamos a misa con más frecuencia. La iglesia del pueblo era un edificio muy grande, en el que hacía mucho, mucho frío. A mí me gustaba la Misa del Gallo, que era a las 12 de la noche, porque a la salida las mujeres de la cofradía del Niño invitaban a todo el pueblo a chocolate caliente con churros. Lo tomábamos en la plaza, que se llenaba hasta los topes, y nos calentábamos entre todos con risas y cánticos navideños.

Y cuando llegaban los Reyes Magos me echaban una mandarina y unos torreznos. Qué buenos estaban.

A los 8 años, con la muerte de mi madre, esa felicidad se truncó. Ella era quien llevaba la casa, mantenía el orden, la limpieza, nos daba de comer; mi padre poco hacía. Solamente conocía los trabajos del campo. Entonces, nos fuimos a vivir a Jaén, a casa de una tía, hermana de mi padre, que nos acogió en su casa como si fuésemos su propia familia.

Ella no estaba casada ni tenía hijos, y por suerte se convirtió en una segunda madre para mí. Se preocupaba mucho de que estuviese bien. Hasta aprendió a hacer huesillos: me los preparaba para fin de año. Nunca le dije nada, pero, la verdad, es que no sabían como los de mi abuela.

Allí, la Navidad era diferente. Solo estábamos los tres. Cuando mi padre traía el árbol era un momento especial. Lo adornábamos mi tía y yo. Ella colocaba las bolas y las guirnaldas a su manera. Yo la dejaba, pero luego, a escondidas, se las cambiaba y las ponía a mi gusto. Aquello se convirtió en un juego para las dos. Ella fingía no darse cuenta y yo disfrutaba poniéndola a prueba.

En Jaén, empecé a estudiar en el Colegio de las Carmelitas Descalzas, que eran unas monjas que iban vestidas de monjas. Allí volví a disfrutar del alboroto de las fiestas. El colegio se llenaba de alegría. Salíamos a la Plaza de la Merced a cantar villancicos; lo pasábamos tan bien. Recuerdo que toda la pared de la entrada se decoraba con un enorme portal de Belén, al que no le faltaba ni un detalle.

A mí el que me gusta es el turrón de Jijona, el duro

Yo cantaba en el coro del colegio, y descubrí que se me daba bastante bien. Disfrutaba cuando en Navidad la capilla estaba a rebosar y todos seguían nuestros villancicos. Además, allí le cogí el gusto al turrón duro de Jijona, el de almendras, que nos lo ponían de aperitivo. Aún, ahora, sigue siendo mi favorito, y eso que ya mis dientes no están para bromas.

Al poco de cumplir 14 años, nos mudamos todos a Madrid, también mi tía, porque mi padre consiguió un trabajo. El hombre ya pudo pasar más tiempo en casa con nosotras, porque en Jaén, de lunes a viernes, apenas le veía. Vivíamos en el centro, muy cerca de la Cibeles.

Aunque las cosas nos iban mejor, yo no quise seguir estudiando. Le dije a mi padre que quería ponerme a trabajar y, con la ayuda de una compañera suya, pude empezar en el taller de Flora Villarreal, en pleno Paseo de la Castellana. Así fue como me hice modista.

Quizás por estos recuerdos, siempre he intentado que mis dos hijas viviesen unas fiestas como las mías. Es verdad que Madrid no era lo mismo que Cadalso de los Vidrios o Jaén o si pudo serlo no quise verlo. Porque, como dice la canción, cualquier tiempo pasado nos parece mejor. Pero me empeñé en que en casa hubiera ilusión, alegría, ese ambiente de sencilla felicidad que inundó las Navidades de mi infancia.

Y, si te digo la verdad, lo conseguí.

Sobre los autores y cómo sus voces construyeron este cuento de Navidad

Son la doce menos cuarto de un jueves cualquiera en el Centro Residencial Sanitas Carabanchel. Juan Luis Vera, psicólogo del centro, está terminando de preparar la sala para dar paso a la sesión que comenzará a las doce en punto.

Coloca la sillas estratégicamente: tienen que guardar la suficiente distancia para evitar riesgos y, a la vez, deben permitir que los residentes se vean los rostros porque algunos tienen problemas de audición y, si se ven, se entienden mejor.

Como la puerta está entreabierta, los más puntuales entran en la sala y van tomando sitio. Otros se incorporan un poco después, cuando las auxiliares les traen porque, como ya no caminan, tienen que llevarles en silla de ruedas. En total hay 13 personas con una demencia entre leve moderada y moderada.

Dicho así, quizá no nos hagamos una idea sobre cómo la enfermedad ha alterado sus cerebros. Pero Juan Luis Vera, que les conoce muy bien a todos, sí lo sabe. “Les cuesta mucho mantener la atención. No pueden fijarla más de cinco minutos, algunos, solo uno. También tienen muy afectada la memoria reciente. Por eso, llevar a cabo esta experiencia era todo un reto. Porque si tu cerebro no te permite mantener la atención más de un minuto y, además, olvidas lo que en ese momento ibas a decir, es muy difícil desarrollar el hilo argumental de una historia”.

Pero a Juan Luis le gustan los retos. Así que se sitúa en el centro y les explica que entre todos van a escribir un cuento de Navidad. Es la primera vez que se enfrentan a esta tarea y…. no reaccionan. Le miran y nada. Juan Luis traga saliva y piensa que igual esta vez ha ido demasiado lejos.

Duda, piensa y decide. Es el momento de utilizar una arma que nunca le ha fallado: la música. Así que conecta su móvil al altavoz y pone una selección de villancicos que ha encontrado en YouTube. Y entonces, el milagro se produce.

La música de los villancicos activa su memoria

Uno comienza a seguir el ritmo con los pies, otra mueve las manos. Encarna, la más risueña, imita el movimiento de la zambomba. Sara ha comenzado a tararear el estribillo de uno de los villancicos. Y cuando llega el turno a “Ande, ande, ande la marimorena” el ambiente está más que caldeado.

Juan Luis aprovecha el momento y baja la música. Les pide que le cuenten cómo eran sus Navidades cuando era pequeños. “Ellos son capaces de entender preguntas sencillas y si se les pides que te cuenten episodios relacionados con su pasado, que es donde tienen la memoria más conservada, lo hacen con mucho detalle”, aclara.

Y eso fue lo que pasó. Encarna comenzó a comentar que en su pueblo los hombres tocaban la carraca y, como Juan Luis no se acordaba de qué era, ella le explicó perfectamente en qué consistía este instrumento. No dudó ni un momento en mover sus brazos para describirle el movimiento. “Lo curioso”, dice Juan Luis, “es que Encarna tiene la movilidad muy afectada y apenas se mueve. Así que observarla cómo escenificaba la escena me sorprendió muchísimo”.

Sara tomó el testigo y les describió a todos cómo vivía las Navidades cuando era una niña. Con qué ilusión visitaba el pueblo de sus abuelos y, cómo más tarde, se mudaron a Jaén. Una vez allí comenzó a estudiar en un colegio “con monjas vestidas de monjas”.

Como una artista de Hollywood

Sara continuó contándoles como luego se trasladaron a Madrid, donde se logró colocar en un taller de costura “de categoría”, el taller de Flora Villarreal. Escuchándola, Juan Luis se explica muchas cosas. Se explica por qué Sara siempre va impecable, porque le gusta que le sigan pintando los labios y por qué disfruta tanto llevando sus gafas de sol negras, que le prescribieron porque tiene unos ojos muy sensibles, pero que ella sabe que le dan un aire de artista de Hollywood.

Durante la sesión, Juan Luis no deja de observar a Elías, un hombre menudo, correctísimo pero al que la enfermedad le ha mermado su capacidad de participar. “Apenas tiene memoria a corto plazo, por eso siempre duda. Teme equivocarse y decir algo que no tenga sentido”.

Elías es un hombre sorprendente: discreto, atento, educado, buscando siempre que alguien le recuerde qué tiene que hacer en cada momento porque él lo olvida. Sin embargo, maneja un inglés fluido y también habla francés, alemán y un poquito de italiano. Trabajó muchos años en la recepción de un gran hotel y así, sobre la marcha, sin pisar jamás una academia, consiguió aprender varios idiomas. Se cogía el diccionario y estudiaba. Nadie le enseñó. Aun ahora, cuando Juan Luis le habla en inglés, Elías es capaz de mantener una conversación tan rica que a Juan Luis, a veces, le pone en apuros.

Langostinos no había

Es el turno de Valentina, que está contando a todos cómo eran las comidas de Navidad. “En mi casa”, dice “cenábamos pollo en pepitoria”.

“Y en la mía”, dicen los otros. “Ah, y langostinos no había”, añade Valentina. “No, no”, apoya el resto del grupo, “eso no existía”. “Yo no sabía ni lo que era eso”, salta otro.

“No había tantas cosas como ahora. Nos ponían mazapanes, polvorones y turrón”, continúa

En ese momento, alto y claro, Elías, que ha permanecido callado durante toda la sesión, dice. “A mí me gusta el turrón de Jijona, el duro. No me deis otro. El que me gustaba cuando era pequeño”.

Por un instante el grupo se ha quedado callado. No es habitual que Elías hable. Todos están sorprendidos, pero, enseguida, Valentina retoma el relato. A mí los Reyes me regalaban torreznos y una mandarina. Qué ricos estaban esos torreznos”.

El tiempo ha pasado volando. Es la hora de comer. Las auxiliares vienen a recoger a varias pacientes que están en silla de ruedas para llevarlas al comedor. Pero nadie las ve. Todos siguen a lo suyo, contando cómo eran sus Navidades.

Ana, la auxiliar, se lleva a Encarna, quien sigue explicándole que ella cantaba en el coro de la iglesia en la Misa del Gallo.

Los que pueden andar se alejan juntos hacia el comedor, donde seguirán hablando de las Navidades de su infancia.

Juan Luis se queda recogiendo la sala. Con la sonrisa en la boca, recuerda todo lo que ha aprendido de ellos y con ellos.

Una compañera, que ha presenciado la sesión, se acerca y le dice:

– “Qué divertido ha sido Juan Luis. Me ha gustado muchísimo”.

– “Para mí, ha sido una experiencia emocionante. He disfrutado tanto escuchándoles. Muchos, mañana, no recordarán que han participado en este proyecto, pero solo por la ilusión con la que han aportado sus vivencias personales, solo por eso, ha merecido la pena”.

-“Y ahora ¿qué vas a hacer?”

-“Escribir todo lo que me han contado, tal y como ellos lo han hecho. Quizá ellos no lo recuerden, pero yo sí, y me gustaría que todos lo hicieran. Por ellos y por nosotros”.

Puedes descargarte el cuento: «Queridos reyes: no os olvidéis de mis torreznos» aquí

Autores: Juan Luis Vera, psicólogo del centro residencial Sanitas Carabanchel, y los 13 residentes que participaron en la sesión.

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