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Severa

Samba, la perra que ayudó a Toñi con el duelo

La terapia asistida con animales ayuda a aliviar el proceso de duelo

Toñi se casó con Rafael, cuando ambos eran muy jóvenes. Él tenía 25 y ella, 22. Juntos construyeron una vida, y juntos decidieron envejecer. Pero el alzhéimer se cruzó en su camino y cambió sus planes de arriba abajo. Cuando la enfermedad de Rafael avanzó tanto que Toñi no podía con ella, decidió irse a una residencia con su marido. Ingresó con 82 años, él con 85. No tuvo problemas para adaptarse. Ella vivía pendiente de Rafael, pero ya no estaba sola: a su lado tenía un ejército de profesionales.
 
Se incorporaron en seguida a las rutinas de centro. Toñi vigilaba que Rafael estuviera a gusto. Ella sabía interpretar sus gestos, las miradas, sus escasas palabras. Dormían en la misma habitación, en dos camitas. Pero un día, al despertar, cuando le acarició el rostro para despertarle, se lo encontró frío.
 
Comenzó, entonces, otra vida. Pero Toñi llevaba tantos años ocupándose de Rafael que no le encontraba sentido a nada. Solo había dolor y, detrás, un enorme vacío. Sara Rivera, psicóloga de Sanitas Residencial Las Rozas, la observaba. “No quería hablar con nadie. No acudía a las actividades del centro. Nos decía “para qué, si ya no está Rafael”. No tenía ganas de nada. Estaba pasando por un duelo normal”.
 
Un día, Sara se acercó con Samba, un perro labrador, negro, de aspecto bonachón. No dijo nada, la dejó allí, junto a Toñi. Al principio, Toñi no quería ni mirarla, pero cuando pensó que nadie la observaba, se le escapó una sonrisa. Entonces, Sara, que la seguía desde lejos, sintió un pellizco en el estómago.
 
A la semana siguiente, Sara llevó a Samba hasta donde estaba Toñi, que, como siempre, permanecía sola, sentada en un silla, observando sin interés lo que pasaba tras la ventana. “Toñi, mira quién ha venido a verte”, le comenta Sara. Toñi levanta los ojos, no dice nada, y vuelve a mirar por la venta. Pero Samba se queda ahí, junto a ella. Sara la observa de reojo y, al cabo de un rato, ve como a Toñi se le escapa una caricia. Entonces, Sara se atrevió a dar un paso más.
 
– “Toñi” –le dijo– “por qué no me acompañas, Samba te quiere enseñar algo”, la invita Sara.
– “Voy, pero que quede claro que yo no la voy a cuidar. Yo no quiero saber nada”, aclara Toñi enfadada.
– “Claro. No, no te preocupes, que no la vas a cuidar. Tranquila”.
– “Lo digo por si acaso, no vaya a ser que luego las cosas se confundan”, añade Toñi.
 
Entraron las tres en la sala de terapia. Ese día estaban repasando con tarjetas las distintas actividades que se hacen en el día y, para ello, los asistentes debían colocarlas en los diferentes momentos del día. Toñi se sentó, y le volvió a repetir a Sara que no iba a hacer nada. Sara la tranquilizó. Pero Samba, una perra muy bien adiestrada, no estaba dispuesta a permitirlo.  Cogió una tarjeta de un montón y se la acercó a Toñi. Toñi la tomó y la leyó: “Asearse”. La terapeuta le preguntó: “¿En qué grupo la pondrías?”. Toñi miró y dijo: “En la mañana”. En el segundo ejercicio, Samba tenía que sacar la ropa de la lavadora y los residentes debían agruparla por colores.
 
Poco a poco, Samba se fue introduciendo en la vida de Toñi.  Pero un día, Samba no acudió a la cita. Toñi estuvo todo el día esperándola. A la semana siguiente, cuando Toñi volvió a verla, no se lo podía creer.
 
-Pensé que ya no volvería a verla, comentó Toñi a Sara.
-Lo dices porque el pasado miércoles no vino. Pero es que era fiesta, y los días de fiesta no viene.
 
Desde entonces, Toñi espera a Samba todos los miércoles. Ya han pasado tres meses desde la muerte de Rafael, y Toñi está mucho mejor.
 
“Me busca para contarme las cosas que Samba ha hecho ese día. Me explica que es capaz de hacer trucos de magia. ¿Trucos de magia?, le pregunto. Y me cuenta que la perra mete con la patita pequeños objetos en una chistera típica de mago. La terapeuta anuncia: “ahora lo va a hacer desaparecer”, y entonces, Samba se acerca y golpea la chistera con una varita, y con el hocico pone la chistera de lado, y… ya no hay nada dentro”, comenta Sara
 
Ahora, Toñi sigue a Samba y Samba sigue a Toñi. Gracias a ella, Toñi se incorporó a las sesiones de terapia, donde comenzó a hablar con el resto de sus compañeros; empezó a sentirse cómoda. La sesión terminaba, pero las relaciones, no. Conversaba con unos y otros. La soledad se iba haciendo más pequeña. El hueco que había dejado Rafael seguía ahí, pero la vida estaba comenzando a mostrarle otros detalles, pequeños instantes que actuaban como un bálsamo contra el dolor.
 
Toñi no trata de “superar” el dolor, es decir, de encerrarlo en una caja y colocarlo en el rincón más escondido de su vida para volver a ser la que era antes. Ella se está esforzando en aprender a vivir sin Rafael; a aceptar su muerte y revivir sus recuerdos, a aceptar que habrá días buenos y no tan buenos.
 
Se hace tarde. El sol se ha escondido, y Toñi, que ahora siempre tiene frío, echa de menos ponerse algo por los hombros. Sara se ha dado cuenta y le ha dado una mantita a Samba para que se la lleva entre los dientes. Toñi la ve y se emociona. Es la mantita de Rafael, la que ella siempre le ponía sobre las piernas.
 
 
 
 
 
 
 

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