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Salas multisensorial que estimulan a los pacientes

El caso de Pepita que mejoró tras someterse a esta terapia

Son las cuatro de la tarde. Montse hace tiempo que tiene la cocina recogida. Mira el reloj y sabe que es hora de irse. Respira hondo, se pone el abrigo y cierra la puerta. Como todas las tardes va a visitar a su madre al Centro Residencial Sanitas Provenza. Camina con la mirada triste porque ir a verla le pesa. Ese pensamiento le hace casi tanto daño como recordar cómo han sido algunas de estas visitas. Desde que a su madre le diagnosticaron demencia, ella se comporta de una forma distinta.

A Montse se le parte el alma cuando recuerda las cosas que le dice su madre. “Si mi madre tuviera la cabeza bien, se moriría al saber cómo se pone conmigo. A veces se enfada de tal manera, que en el centro me dicen: ‘vete, ya se le pasará. No tiene sentido que sufras así”, comenta.

Mientras vuelve a casa, a Montse le vienen a la mente imágenes de su madre. La recuerda en la playa, con un bañador de los años 60 y un gorro de goma en la cabeza lleno de margaritas. “Se acercaba con precaución a la orilla para mojarse solo los pies porque no sabía nadar, dice.

Cierra los ojos y la ve cantando “No llores por mi Argentina”, mientras prepara la comida. “Ella se alternaba con la vecina del piso de abajo. Una entonaba una estrofa y la otra la seguía. Vivíamos en unos bloques de pisos con patios abiertos, y se oía cantar a las mujeres mientras se ocupaban de la casa. Tengo tantas imágenes de mi madre”, explica Montse.

“Mi madre era una persona muy divertida. Cuando salíamos a comprar, siempre acabábamos riendo”, continúa.

El comienzo del deterioro cognitivo

Pero Pepita, la madre de Montse, hacía mucho tiempo que sufría artrosis. Tenía ya dos prótesis en las rodillas y otra en la cadera, cuando tuvieron que operarla de la otra cadera . “A mi madre le gustaba decir: `tengo más piezas que un coche”, comenta su hija. Y fue precisamente a partir de esta última intervención cuando Pepita comenzó a mostrar cierto grado de deterioro cognitivo, que, en pocos meses, evolucionó a peor.

Comenzó, entonces, a tener alucinaciones. Empezó a desconfiar de las personas, a decir que la gente hablaba mal de ella.  “Me gritaba mucho, se metía conmigo”, señala su hija.

Un día, Montse se alarmó tanto con su comportamiento, que tuvieron que trasladar a su madre al hospital. “Pensaba que le estaba dando algo en la cabeza porque decía que estaba embarazada y que iba a tener mellizos. Nos aseguraba que tenía dolores”.

“El neurólogo le puso un tratamiento y, poco a poco, mi madre se fue tranquilizando. Ahora tiene alucinaciones, pero no sufre como antes”. Fue entonces, cuando en el centro Sanitas Provenza comenzó una experiencia piloto

“Pensaba que le estaba dando algo en la cabeza porque decía que estaba embarazada y que iba a tener mellizos”

Se habilitó una sala sensorial y le preguntaron a Montse si quería que su madre participara. “Dije que sí, que si era bueno para ella, que adelante”.

La experiencia piloto de las salas multisensoriales

Las salas multisensoriales son lugares diseñados para estimular los cinco sentidos. Cuentan con proyectores para que la persona pueda observar paisajes o una noche estrellada. También hay cortinas de luces con las que se puede interactuar. A nivel auditivo permiten poner todo tipo de música. Los pacientes pueden tocar instrumentos y seguir el ritmo de la melodía. Se pueden utilizar distintos aromas: algunos más suaves otros más intensos. Los pacientes más ágiles pueden tumbarse en el suelo o en cojines, y mejorar su movilidad. La sala del centro residencial de Pepita cuenta, además, con un “gusano” que vibra para ayudar a los pacientes a sentir las distintas partes del cuerpo.

Raquel ha observado que lo que más le reconforta a Pepita es lo que recibe directamente porque “le hace estar más presente”. La sesiones duran 20 minutos y son dos veces a la semana. “Esta es la periodicidad que hemos establecido como la más adecuada”, explica Raquel.

Los beneficios de las salas multisensorial

El día que le toca sesión, Pepita está mucho más cerca de ser la que era. “Cuando me ve por la mañana, me sonríe, porque sabe que ya vamos a entrar a la sala. Y, a pesar de que Pepita ya tiene la memoria bastante afectada, ese día es capaz de recordar lo que hemos hecho y de contárselo a su hija, y no se equivoca.”

Además –continúa Raquel- le sirve para orientarse. Pepita sabe que los martes y los jueves, a las 11.00 h, tenemos sesión. Así que cada vez que me ve, me pregunta: ¿hoy es martes?’ ‘No, le respondo, es lunes’.  ‘Ah’ -responde- ‘entonces mañana me toca’. En otras circunstancias, ella no se hubiera acordado”.

Los efectos que ha observado en Pepita, Raquel los ha detectado en otros pacientes.

“Hemos visto que los beneficios en los pacientes se mantienen a corto y largo plazo”

En el centro hicimos un estudio con pacientes con demencias moderadas, y hemos visto que los beneficios se mantienen a corto y largo plazo. “Pepita, por ejemplo, ahora está más animada y quiere integrarse en las fiestas que organizamos en el centro”.

Esta terapia, además, ha conseguido que entre ellas nazca una complicidad. “Para mí es muy gratificante ver que el tratamiento es efectivo. Muchas veces, me pide que le dé un beso, se involucra en mi vida, quiere saber cómo estoy, si he ido a visitar a mi madre. Y esa información la recuerda perfectamente. Hemos conseguido acercarnos a ella. Pepita ya no estaba utilizando ciertas capacidades, pero con esta terapia hemos logrado recuperarlas, aunque sea durante un tiempo”.

Montse también ha notado ese “despertar”. “Desde que hace la terapia, la veo más lúcida. Mi hija vive en Alemania y va a tener una niña. Y el otro día se lo conté a mi madre. Ella estaba muy contenta. Me decía: ‘Ay, hija, qué bien porque yo quería una muñequita’. Pero luego se quedó pensando y me dijo: ‘Qué pena, Montse, porque está tan lejos que no vamos a poder ayudarla’. En ese momento, estaba totalmente lúcida”.

Y Montse volvió a sentir que recuperaba a su madre, aunque fuera por un ratito.

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