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Leve 28 agosto de 2019

Qué hacer cuando un paciente con alzhéimer no se quiere duchar

Un psicólogo nos explica el caso de Alfonso, una persona con demencia que se negaba a lavarse

La ducha es uno de los momentos que más conflictos genera entre el cuidador y la persona con alzhéimer u otro tipo de demencia. En esta ocasión analizamos el caso de Alfonso, un paciente con alzhéimer que no se quiere duchar, y cómo Blanca, su mujer, lo logró con la ayuda de nuestro psicólogo, Juan Luis Vera.

Blanca recuerda bien esa fecha: el 24 de mayo. Ese día todo comenzó a cobrar sentido. Aunque todavía tardaría un tiempo en llegar a entenderlo.

Estaba en la cocina, preparando el desayuno, cuando oyó un golpe. Parecía que era en el baño. Fue a ver, y se encontró a su marido, Alfonso, de 72 años, torcido de lado en la bañera.

-“Alfonso, qué te ha pasado”, le preguntó Blanca.

-“No sé, que me he caído”, dijo Alfonso, todavía torcido.

-“¿Te has hecho daño?”, le contestó Blanca.

-“Sí, aquí”, dijo Alfonso señalando la pierda derecha.

– “Pero ¿te puedes levantar? A ver si te has roto algo», siguió Blanca.

-“Voy a ver. Parece, que sí puedo”, respondió Alfonso mientras se levantaba con cuidado.

-“Menos mal que estas bien”, dijo Blanca aliviada.

Aquel golpe se quedó en tan solo un buen moratón en la pierna derecha. Y Blanca no se habría vuelto a acordar de él, si no fuera porque, desde ese día, Alfonso cambió. Aunque ahora, rememorando esos días, Blanca reconoce que antes se produjeron otros comportamientos que no encajaban.

Alfonso y ella siempre habían estado juntos. De hecho, Alfonso fue su primer y único novio. Se conocieron en las fiestas de su pueblo. Él vino a la verbena porque era de la zona. Ella llegó al baile con su hermana. No habían hecho más que aparecer cuando uno del pueblo la sacó a bailar. A Blanca le encantaba ir a las fiestas, el problema era encontrar una pareja que estuviera a su altura. A ella se le daba bien todo: el pasodoble, el tango, la rumba, pero a ellos no. Ellos solo querían bailar ‘agarrao’, Y ella lo tenía muy claro. El párroco le había dado instrucciones: ‘Hija, tú marca los codos, que corra el aire’.

Así que cuando apareció Alfonso y la sacó a bailar “Suspiros de España”, lo supo, enseguida: él era distinto. Colocó su mano en su espalda, sin presionar, pero con autoridad, sabiendo lo que hacía. La miró a los ojos y sonrió. El resto se resume rápido: 45 años de casados y tres hijos.

Como todo matrimonio habían tenido sus cosas, pero, en general, la convivencia había sido fácil. Alfonso siempre había sido tranquilo, educado, cariñoso. Y ella… ella tenía muy buen carácter.

Pero en los últimos años, el ambiente en casa se había comenzado a torcer. Alfonso, que siempre había sido muy meticuloso con el orden, muchas veces olvidaba dónde dejaba la cartera, las llaves o el periódico. Lo peor no es que no supiera dónde los dejaba, lo peor es que la acusaba a ella de esconderlos, y Blanca estaba empezando a perder la paciencia.

Su hartazgo se tornó en preocupación, cuando Alfonso comenzó a hacerle la misma pregunta varias veces seguidas. Por ejemplo, Alfonso le preguntaba: ¿Qué vamos a comer? Y Blanca le respondía: gazpacho y filetes de pollo. No habían pasado ni 15 minutos cuando Alfonso se lo volvía a preguntar.

La situación todavía se complicó más después de esa caída, ese 24 de mayo. Al día siguiente, Alfonso no se duchó, puso como excusa que le dolía la pierna. Pero a esa excusa le sucedieron otras, y al final mostró una oposición frontal. Blanca no entendía nada.

Si algo había caracterizado a su marido era su preocupación por mantener una buena imagen. Camisa bien planchada, el pantalón con la raya bien hecha, los zapatos relucientes. De todo eso ya se encargaba Blanca de mantenerlo igual, pero el resto… era imposible. El pelo sucio, no se afeitaba y cuando te acercabas a darle un beso… olía. Blanca no iba permitir que su marido fuera así: ‘hecho un guarro’.

Así comenzaron las batallas de por la mañana. Blanca insistiendo: “Alfonso, que te duches”, y él que no. Blanca utilizó todos los tonos posibles, y él cada vez se mostraba más agresivo. Al final, Alfonso se negaba a levantarse de la cama. Sabía que en cuanto se levantara, comenzaría la insistencia de Blanca para que se duchara.

Entonces, Blanca, desesperada, acudió al servicio En casa contigo. Juan Luis Vera, psicólogo del Centro Residencial Sanitas Carabanchel, se encargó de asesorarla.

“Lo primero que hay que hacer es intentar entender dónde está el origen de esa alteración. Por qué Alfonso no quiere entrar en el baño, por qué se pone así. Si conseguimos averiguar dónde está el origen de lo que está pasando va a ser más fácil abordar ese comportamiento”, afirma Juan Luis Vera.

“Alfonso no quería ducharse porque se sentía muy torpe. Para empezar, en su casa no tenían un plato de ducha, tenían una bañera, y él no se veía capaz de meterse en la bañera porque tenía dificultades para coordinar los movimientos. Por otro lado, no quería pedir ayuda a su mujer en una actividad tan básica y tan íntima, que se supone que tendría que llevarla a cabo por sí mismo”, continúa Vera.

Una vez que entendimos lo que le pasaba a Alfonso, fue más fácil encontrar soluciones. Para empezar, había que romper con esa aversión que asociaba al hecho de ducharse. Para ello, teníamos que crear un ambiente agradable.

En primer lugar, la ducha se produce por la mañana, cuando en el baño todavía hace frío. Blanca compró un pequeño calefactor para caldear la temperatura. No da lo mismo entrar en un baño en el que hace calor que en uno en el que tienes frío.

Antes de ir al baño, Blanca le ponía música. Había creado una lista con los pasadobles, tangos y rumbas que más le gustaban a Alfonso. Incluidos Suspiros de España, con la que se conocieron. Le ponía sus canciones favoritas y se lo llevaba bailando al baño.

Al llegar a la bañera, Alfonso se sentaba un rato en el borde. En ese momento, Blanca aprovechaba para hablarle de su pueblo de cómo se conocieron, de las cosas que hacían juntos… de sus paseos de novios.

Blanca no se podía creer los progresos que habían conseguido. Ahora, Alfonso, llegaba hasta allí con una sonrisa, antes todo eran gritos. Sin embargo, cuando le ayudaba a desnudarse, se activaba un resorte en Alfonso, y todo lo que habían logrado se iba al garete.

«Tuvimos que volver a analizar qué le podía ocurrir, y llegamos a la conclusión de que su cambio de actitud estaba provocado por el mismo problema: le daba mucha vergüenza que le ayudaran a desvestirse», comenta Juan Luis

Como Alfonso tenía un alzhéimer en fase leve, se podía quitar la ropa por sí mismo. Blanca, además, le dejaba un bañador al lado para que no tuviera que quedarse desnudo delante de ella.

Mientras él se desvestía, ella se quedaba pendiente en el baño, pero lo hacía dándole la espalda para que tuviera más intimidad.

De esta manera, Alfonso se metía en la bañera y comenzaba él mismo a enjabonarse: el pecho, la tripa, los genitales, mientras que Blanca le bañaba por la parte de atrás y frotaba sus piernas. Como lo hacían al mismo tiempo, él estaba más pendiente de enjabonarse que del hecho de que le estaban ayudando.

La música seguía sonando, la temperatura era agradable. Poco a poco, esas nuevas sensaciones se fueron grabando en su mente. Y, al final, si no había música, Alfonso se duchaba de buena gana.  Lentamente, Alfonso fue aceptando que su mujer le ayudara.

Blanca también entendió que si un día Alfonso se levantaba y no quería ducharse, no pasaba nada. Quizá, al día siguiente fuera más fácil.

“No nos damos cuenta de que cuidar significa ceder”, explica Juan Luis. “La persona a la que cuidamos no está en el momento en el que estamos nosotros. No todos los días los pacientes están igual, no todos los días se puede manejar la situación de la misma manera”.

 Cómo manejar las discusiones

Un aspecto de Blanca que siempre le sorprendió a Juan Luis Vera fue su capacidad para manejar las discusiones: “Durante el baño o con cualquier otra actividad es frecuente que se inicie una discusión que termina derivando en un conflicto. Sin embargo, eso nunca llegaba a pasar con Blanca porque lo manejaba muy bien. Ella sabía que en esos momentos no había que discutir, que era mejor no decir nada. Porque si discutían, la situación iba a empeorar. Otras veces, cambiaba la conversación y dirigía la atención de Alfonso hacia otras cosas. En ocasiones, se ponía delante de él y le daba un beso. Él seguía refunfuñando, pero, en cuestión de minutos, se calmaba. Era una auténtica maestra.

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