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Leve 14 julio de 2022

¿Por qué Ramón no quiere adaptarse a vivir en una residencia?

Muchos adultos mayores se enfrentan, en ese momento, a la tradición de sus padres, que cuidaban a sus familiares en el domicilio, y a aceptar su propio envejecimiento

Cuando una persona tiene que vivir en un centro residencial, a veces, muestra cierta resistencia a adaptarse. Detrás de esa actitud se puede esconder un rechazo al cambio cultural que ha experimentado la sociedad en la forma de cuidar. Ahora, existen otras opciones, que no tienen que pasar obligatoriamente por hacerse cargo en casa de nuestro ser querido. La decisión de mudarse a una residencia también puede implicar tener que enfrentarse al propio envejecimiento. En artículo analizamos el caso de Ramón, una historia que quizá muchos podemos reconocer, y que nos muestra los estereotipos culturales en los que estamos atrapados.

Acto primero: Ramón se va de casa

Ramón está haciendo la maleta. Como es un hombre metódico hace días que ha elaborado una lista y ahora está guardando todo lo que previamente ha seleccionado. Su pantalón azul, el gris y el marrón de pana, las camisas de cuadros, las dos chaquetas de punto y el chalequito gris. La bolsa de aseo, los calcetines y, entre ellos, el retrato de la boda.

Cuando lo coge, se para unos segundos para observarlo.

“Mira que estaba guapa Elvira aquel día. Quién le iba a decir entonces que moriría tan joven y me dejaría solo con dos niños pequeños a los que sacar adelante”, piensa Ramón.

Y lo guarda con cuidado entre los calcetines para que no se rompa. Sigue metiendo cosas en la maleta y deja para el final los dos últimos libros que le ha regalado uno de sus hijos.

Repasa por última vez la lista para comprobar que no olvida nada. Cierra la maleta y mira el reloj. Falta una hora hasta que su hijo, Javier, venga a buscarlo. Se sienta en la butaca y espera.

No está nada animado con este último viaje. Se va, sí, pero a regañadientes.

Mientras espera, observa la foto que le hizo su familia hace unos meses, cuando cumplió 90 años. Ese jueves, recuerda, sí estaba contento.

Fue un día en el que decidió no pensar. Con el trajín de la comida, el bullicio de los nietos, los regalos, los halagos, el vino… durante esas horas su cabeza se tomó un descanso y aparcó lo que se le avecinaba.

Guardó en un cajón la frustración que le produce su pérdida de capacidades. Ya no era capaz de cocinar bien. Él que, tras la muerte de su mujer, tuvo que ponerse el mandil para preparar las comidas de sus hijos.

Ahora, en cambio, guisar se había convertido en una pesadez que combatía haciendo platos más sencillos que repetía una y otra vez. Tortilla francesa, judías verdes cocidas, que le duraban ni se sabe, algún filete de pollo…

También le costaba un triunfo mantener la casa limpia y ordenada. Y los últimos problemas de movilidad, que le impedían cargar con la compra, habían puesto punto final a las visitas al mercado, donde tenía amistad con muchos de los tenderos.

Su hijo Javier, tras observar que la dejadez de su padre iba en aumento, le sugirió contratar a una cuidadora. Esa idea desencadenó la primera de una sucesión de discusiones que se repetían en cuanto se sacaba el tema.

“Sí, hombre, lo que me faltaba”, decía su padre todo enfadado. “Y esa señora, quién la conoce. A saber lo que hará en cuanto me descuide. No puedo estar vigilándola en todo momento. Que no, que no, que aquí no entra nadie que yo no conozca”.

Entonces, su hijo le propuso trasladarse a un centro residencial que estaba cerca de su casa. Un día le invitó a que fueran juntos a verlo.

Ramón fue solo para que le dejara en paz. Lo tenía claro, no iba a ceder.

Pero esa semana, cuando se duchaba, tuvo un resbalón que por poco le cuesta un disgusto serio. Ni él mismo se pudo explicar cómo no terminó cayéndose de bruces. Por supuesto, se lo ocultó a su hijo. Sin embargo, aquello le hizo pensar.

Un día, aprovechando que Javier estaba en casa, Ramón le comentó que igual no era tan mala idea irse a vivir a una residencia. Lo mejor de ese momento, recuerda Ramón con cierta picardía, fue la cara de su hijo. No sabría definirla. Si le hubiera anunciado que le había tocado el gordo de lotería no se habría sorprendido tanto.

Y ahora está aquí, esperando a que Javier le lleve a ese asilo. A que le deje aparcado como un mueble viejo. En eso se ha convertido. “Ay, Elvira, si me vieras ahora… Mejor que te hayas ido antes y no me veas así”, piensa Ramón.

Acto segundo: Comienza una nueva vida para Ramón

Esta mañana, en la reunión semanal del centro residencial Sanitas Getafe, Nuria Rey, terapeuta ocupacional, ha recibido la confirmación de que ella se ocupará de llevar a cabo la valoración de un nuevo residente, Ramón, que llegará esta misma mañana.

El objetivo es averiguar qué capacidades, tanto físicas como mentales, conserva para poder diseñar un plan de cuidados personalizado, que permitirá potenciarlas.

Nuria acudió a su habitación y, tras presentarse y darle la bienvenida, le explicó a Ramón que traía unos cuestionarios para saber qué tipo de terapia le convendría hacer para conservar su buen estado físico y mental.

La respuesta de Ramón no dejó ninguna duda. “Mire señorita, estoy seguro de que usted hace muy bien su trabajo, pero yo me encuentro estupendamente y no necesito que a estas alturas de mi vida nadie me evalúe. Así que, discúlpeme, pero no veo necesario contestar a ninguna de sus preguntas”.

Nuria se disculpó por si le había molestado y se ofreció a ayudarle con cualquier duda o información que necesitara.

Cuando se marchó, supo que Ramón sería su próximo desafío, uno de esos casos difíciles que a ella le gustan tanto.

A partir de ese momento, desarrolló la primera parte de su estrategia: saludarle y aprovechar cualquier encuentro fortuito para charlar con él, pero sin insistirle en la valoración. Lo importante es que Ramón no se sintiera juzgado por no querer vivir en un centro residencial.

Los días se sucedían y Ramón seguía en sus trece: continuaba sin querer acudir a ninguna de las actividades y tampoco hablaba con otros residentes.

Le gustaba dar paseos por el jardín, por la residencia, observar a las personas, pero sin mezclarse con ellas y, sobre todo, ver documentales en su habitación con la televisión que le había traído su hijo.

Un día, caminando por la residencia, pasó cerca de la sala en la que Nuria imparte las sesiones de terapia.

Nuria le invitó a entrar, pero Ramón respondió que eso eran tonterías. Nuria no se molestó con su comentario y le retó.

-“¿Crees que son tonterías? Pues entonces seguro que no tienes ningún problema para contestar a estas preguntas. Si quieres puedes llevarte esta hoja y la contestas en tu habitación, ya verás como te va a hacer pensar”.

Nuria, adelantándose a las preferencias de Ramón, había preparado unas preguntas que le resultaran retadoras.

Al día siguiente, Ramón volvió a verla y le entregó la hoja completada. Nuria la revisó y le comentó que todas las respuestas eran correctas y le preguntó si quería otra.

Ramón dijo que sí, y le reconoció que el ejercicio no le había resultado sencillo.

-“¿No quieres pasar y ver lo que hacemos en terapia?”

-“Yo con esos que están tan mal, no quiero hacer nada”, respondió.

-“Si no quieres entrar, no entres, no pasa nada. Pero tú no estarías en el grupo de personas que tienen deterioro cognitivo, estarías con Jorge, con el que te sientas en el comedor. ¿Por qué no le preguntas a él lo que hacemos en terapia?”

Acto tercero: La integración de Ramón en el centro residencial

Ramón terminó acudiendo a las sesiones de terapia sobre estimulación cognitiva que dirige Nuria Rey. No solo eso. Se convirtieron en su actividad favorita.

Si debía faltar porque tenía una visita médica, siempre avisaba a Nuria y le explicaba la razón. Las visitas, que diariamente le hacía su hijo por las mañanas, se adaptaron a la hora en que finalizaba la sesión de terapia.

A Ramón le gustaba poner a prueba sus conocimientos pero, también, las charlas con Nuria, quien se convirtió en su confidente.

Le contaba de todo: si algún plato no le había gustado; si él creía que su receta era mejor que la que cocinaban en el centro; si había hecho algún amigo; incluso le comentaba los temas de los documentales que veía en su habitación.

Poco a poco, las anécdotas dieron paso a conversaciones más profundas, y Ramón le habló de su viudedad y de su otro hijo, con el que llevaba años sin hablarse.

Aquellas conversaciones le permitieron liberar algunos de los pensamientos que no paraban de dar vueltas en su cabeza.

Cuando su alma se aligeró, fue más fácil para él hacer amigos y formar parte de la vida del centro.

Le gustaban los torneos de cartas, las partidas de dominó, jugar a los bolos, y contar con una confidente, Nuria, quizá la hija que no había podido tener. Alguien con quien compartir su experiencia, alguien que le escuchaba, que le dedicaba su tiempo, que no tenía prisa.

Reflexiones sobre la evolución de Ramón

-Cuando Nuria Rey me cuenta el caso de Ramón, le preguntó por qué cree que Ramón rechazaba vivir en un centro residencial.

-Nuria: Ramón, como muchas personas de su generación, tiene que hacer frente a un cambio cultural. Él viene de una época en la que los padres cuidaban en casa a los abuelos, era lo normal. Pero la sociedad ha cambiado, ahora se puede cuidar de un ser querido de otra manera. Su hijo no dejó de visitarlo ni un solo día, no le abandonó. Y él pudo desarrollar otra vida aquí. Pudo hacer nuevas amistades, participar en actividades y estar atendido. En su casa, ya no podía vivir solo.

Por otro lado, él no conocía como son actualmente los centros residenciales y los asociaba con la imagen de los antiguos asilos, lugares que no tienen nada que ver con nuestros centros.

Además, tuvo que aceptar que él ya no era él mismo, que había ciertas capacidades que había perdido, aunque había otras que mantenía. De hecho, a sus 90 años no presentaba ningún deterioro cognitivo. Sin embargo, a nadie nos resulta fácil admitir que necesitamos ayuda para hacer lo que antes éramos capaces de llevar a cabo por nosotros mismos.

Para muchas personas vivir en un centro residencial representa todo eso. Por eso, lo rechazan. Pero Ramón terminó rompiendo con esos estereotipos. A veces, lo único que se necesita es tiempo y ver la parte positiva de esta experiencia.

Cuando era tan negativo, un ejercicio que me gustaba hacer con él era recordarle lo que tenía: el cariño de su hijo, que lo visitaba todos los días; los amigos que había hecho; el jardín, que tanto le gustaba y que podía disfrutar con sus nietos; los platos que le encantaba comer; las partidas de cartas; las actividades que hacíamos para mantener su reserva cognitiva. Y, al final, sus mitos se fueron cayendo uno a uno.

Reflexiones sobre lo que supuso para Nuria Rey esta relación

-Me has comentado lo que le aportaste a Ramón, pero también me gustaría saber si esta relación te ha aportado algo a ti.

-Nuria: Al principio, lo que me atrajo fue que era un caso que se me resistía. Pero luego se fue desarrollando una relación en la que él se iba abriendo poco a poco. Y eso me gustaba.

Además, era muy cumplidor que, en el fondo, es una forma de mostrar respeto por mi trabajo, por mí. Siempre me explicaba los motivos por los que no podía asistir a una sesión. Era una forma de decirme que las sesiones le interesaban y que nuestras conversaciones eran importantes para él. Ese agradecimiento me produce mucha satisfacción.

Una reacción en la que coinciden muchas personas que viven aquí: lo agradecidos que se muestran con la atención que reciben.

-¿Por qué crees que se muestran tan agradecidos?

Creo que cuando te haces mayor las prisas desaparecen. Ese ritmo desenfrenado al que estamos todos sometidos aquí no existe, y eso hace que la atención se valore. Si, por ejemplo, una persona me dice que cuando era pequeña se bañaba en la playa de Gandía y yo le busco un vídeo sobre esa playa para que disfrute reviviendo esos recuerdos, esa persona lo valora muchísimo. Se emociona con el tiempo que le he dedicado.

Si lo piensas, es lo tendríamos que hacer todos, pero no lo hacemos porque la vida no nos deja tiempo para los detalles importantes.

Pero ellos, sí, ellos si tienen tiempo para agradecer la atención, el cariño, y eso es lo bonito y lo que me llena de este trabajo. 

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