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Moderada 4 septiembre de 2019

Para estimular cognitivamente al paciente con alzhéimer hay que trabajar desde la emoción

Esta terapia no consiste en ofrecer a la persona una serie de fichas de ejercicios, es preciso vincularla a su historia de vida

“He vivido y trabajado en esta casa más de 35 años. La he cuidado como si fuera mía: con todo el cariño y dedicación”.

Así comienza el testimonio recogido en el libro de visitas de Elena, anterior guardesa, junto con su marido Elías, de la Casa Museo Cervantes, en Alcalá de Henares.

Hacía mucho tiempo que Elena no veía su antiguo hogar y lugar de trabajo, pero nada más aparecer, ha vuelto a revivir todo el tiempo que pasó aquí, cuando se ocupaba de mantener y de enseñar a los visitantes la casa en que nació el escritor Miguel de Cervantes.

La idea surgió de su terapeuta ocupacional, Elena Gil, quien, mediante el servicio En Casa Contigo, imparte en su casa sesiones individualizadas de estimulación cognitiva dos veces por semana, los martes y los jueves, a las 13.00 h.

“Llevo siete meses visitándola. Durante ese tiempo hemos estado trabajando su historia de vida. Un día se me ocurrió que sería una buena idea que la propia Elena me enseñara la Casa Museo. Habíamos hablado mucho de ella, pero ahora podíamos verla juntas. Se lo comenté a su hija y le pareció una buena idea”.

Elena Gil recuerda que fue muy bonito llegar hasta allí y ver cuánto la querían los que ahora trabajan en la Casa Museo. Elena, su paciente, estaba pletórica. De hecho, los problemas que a veces tiene con el lenguaje ese día desaparecieron. “Debido a la enfermedad de Alzheimer, presenta dificultades en el uso del lenguaje, una leve disartria que a veces dificulta su comunicación, como si se le trabase la lengua, pero ese día su lenguaje era muy fluido”, afirma.

La relación entre las dos Elenas, la terapeuta y la paciente, nació a raíz de que la hija se pusiera en contacto con En Casa Contigo, después de que su madre pasara tres semanas hospitalizada por una infección de orina. La estancia le dejó muy delicada, tanto a nivel físico como a nivel cognitivo. “Empezó a tener episodios agresivos y también delirios, un cuadro que aparece frecuentemente con las infecciones de orina y la fiebre. Su hija estaba muy apurada”, explica Elena Gil.

Como Elena, la paciente, conserva ciertas capacidades, como caminar, asearse, incluso, lavar o cocinar -estas dos últimas actividades las necesita hacer con supervisión-, cuando finalizó su estancia hospitalaria se optó porque volviera a su casa y contratar a una persona. Además, su cuidado se reforzó con dos sesiones semanales de estimulación cognitiva.

Cuando Elena Gil apareció en el domicilio de la paciente, ella no se lo puso fácil.

“Como no es consciente de que tiene alzhéimer, a pesar de que durante once años estuvo cuidando a su marido, también enfermo de alzhéimer, no entendía por qué iba a su casa todas las semanas. Para ganarme su confianza, se me ocurrió decirle que iba a escribir su historia como guardesa de la casa museo Cervantes”, afirma.

Después todo vino rodado. La relación entre ellas, poco a poco, se fue desarrollando, y ahora Elena, la terapeuta, es una amiga que visita a Elena, la paciente. La forma de trabajar de Elena facilitó que creciera este vínculo porque las sesiones que lleva a cabo no las enfoca como una terapia clásica de estimulación cognitiva.

“Yo soy una amiga que viene a charlar con ella. Y a lo largo de esas charlas voy introduciendo actividades. El otro día estuvimos trabajando la memoria con los refranes. Por ejemplo, comienzo con un refrán y ella tiene que terminarlo. Si ese refrán le recuerda algo, entonces, hablamos sobre ello. De esta forma también trabajamos el lenguaje”.

Mucho más difícil fue incluir de una forma natural ejercicios de cálculo, pero Elena lo consigue. “A mí no me gusta sacar una ficha de sumas y restas. Además, con esta paciente no funcionaría. En cambio, sé que a ella le gusta mucho cocinar. Entonces, le pregunto por una receta. Ella me la explica, y luego le pregunto sobre qué ingredientes tendríamos que comprar para llevarla a cabo, y ahí le propongo hacer un ejercicio de cálculo: le digo con 3.000 pesetas, qué cosas podríamos comprar, y mediante este ejercicio de simulación trabajamos el cálculo”.

Otras veces incide en la orientación a la realidad. “El otro día, por ejemplo, era el día de Santiago, pues le pregunté cómo lo celebraba ella cuando vivía en Galicia. Esa sesión, de hecho, se le quedó grabada. Cuando nos volvimos a ver esa semana, Elena se acordaba de que lo habíamos hablado hacía dos días. En cualquier actividad que hagamos es muy importante buscar la parte emocional para que las actividades se queden grabadas”.

En esta fase moderada del alzhéimer, la hija de Elena ha observado que su madre está comiendo de forma muy caprichosa. “Ella dice que no le apetece comer, pero luego se toma varios yogures seguidos porque le gustan mucho. Hay que guiarla para que mantenga una dieta equilibrada”.

Cuando termina la sesión, es justo cuando la cuidadora está preparando la comida. Así que las dos se van a la cocina para ver qué hay de comer ese día. La cuidadora les explica lo que ha cocinado y lo prueban; se trata de que comiencen a actuar los jugos gástricos para estimular el apetito de Elena.

Estar en casa con la paciente también le ha llevado a Elena a observar algunos problemas que surgen entre la cuidadora y la propia paciente. “Intento enseñar a la cuidadora cómo tiene que manejar determinadas situaciones que se suelen producir con una persona que tiene alzhéimer”.

Elena nos propone varios sencillos consejos que pueden facilitar mucho la convivencia.

  1. El enfrentamiento no conduce a ninguna parte. Así que hay que evitarlo siempre.
  2. No hay que recordar al paciente qué es lo que no puedo hacer. Por ejemplo, en un momento en que el paciente no se acuerda de algo, no hay que decirle: ‘pero no te acuerdas, si te lo acabo de explicar’. Si le decimos esto, el paciente se sentirá agredido y se enfadará.

La sesión ha terminado y Elena Gil se levanta. Elena, la paciente, la acompaña a la puerta y le dice: “Hasta el jueves”, y, en un tono más bajo, le susurra: “Ya tengo ganas de que llegue”.

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