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Severa

La morfina y la desconfianza que provoca

Cuidados paliativos

Cuando aquel día Sofía llevó a su madre el desayuno a la cama, supo que algo raro le pasaba. Su madre tenía una demencia muy avanzada en su última fase, y ya apenas hablaba, pero, afortunadamente, no había perdido el apetito. Tomaba el desayuno con auténticas ganas, y a Sofía le encantaba ver cómo se lo comía. Pero esa mañana no mostró ningún interés por él. Más tarde, intentó darle un vaso con agua con espesante, de sabor a naranja  -el que le gustaba- y tampoco funcionó. Sus ojos se mantenían abiertos, mirando a un punto fijo del techo. 
 
Al cabo de unas horas, la enfermera entró en la habitación. Le tomó las constantes y le comentó que le notaba muy débil. “A ver si en la comida se anima y se toma un puré suavecito”, le dijo para animarla. Pero nada. Cuando se lo acercó para que lo oliera, no reaccionó.  Por la tarde, parecía como si le costara respirar, y cuando la exploró el médico, le comentó que la enfermedad estaba tan avanzada, que le generaba una gran dificultad respiratoria. El doctor le comentó la posibilidad de sedar a su madre con morfina para paliar los síntomas de la disnea –sensación de ahogo–.
 
Aquel comentario le sacudió el estómago. Sintió que la angustia se apoderaba de todo su cuerpo. ¿Significaba eso que el final había llegado? Ojalá Sofía, en vez de dar rienda suelta a sus fantasmas, se hubiera atrevido a preguntar al médico por qué había decidido administrar morfina a su madre. Si lo hubiera hecho, habría sabido que la morfina es la mejor manera de proporcionar confort al paciente. Nada más.
 
¿Por qué se teme tanto a la morfina?
 
Cuando una persona sufre una enfermedad avanzada, y deja de comer y de beber, generalmente es una señal de que su cuerpo se está apagando. Si el resto de los signos y síntomas nos indican que eso es así, nuestra máxima preocupación debería ser que el paciente no sufriera y que se encontrara lo más relajado posible. En caso de que el paciente sufra dolor, la clave es no empezar demasiado tarde, cuando éste ya es difícil de controlar. La morfina es un medicamento potente, de la familia de los opiáceos, que se utiliza para tratar el dolor intenso, para mejorar la respiración y evitar la sensación de falta de aire y para ayudar a controlar la ansiedad. Es un medicamento efectivo para proporcionar confort a los pacientes terminales. Si esto es así ¿por qué produce tanta alarma?
 
Muchas personas creen que la morfina acelera la muerte. Según la publicación, End of life. Helping with confort and care (El final de la vida. Ayuda al cuidado y el confort) del National Institute on Aging (El instituto Nacional del Envejecimiento de EEUU) la morfina no acerca el final. La mayoría de los expertos aseguran que esta idea es poco probable. Especialmente, si el aumento de dosis se realiza con cuidado y de manera escalonada y progresiva. De hecho, los estudios sugieren que la utilización de opioides para tratar el dolor o la dificultad en la respiración ayuda a los pacientes terminales a vivir un poco más. Al final, su fortaleza y su energía se encuentran muy mermadas, por lo que tiene sentido que tratar estos síntomas les ayude a alargar un poco su vida, asegura The Canadian Virtual Hospice (El Servicio Virtual Canadiense para Cuidados Paliativos)
 
Cuando a una persona no se le ha administrado morfina previamente, las dosis iniciales deben ser muy bajas. Y, generalmente, el medicamento actúa rápidamente, sin demasiados efectos secundarios. La dosis se aumentará gradualmente solo para mantener el confort del paciente.
 
Puede ocurrir que, en esta última fase, la persona ya no pueda tragar. Entonces, la medicación se administrará por una vía distinta, pero la dosis será la misma.
 
Sin embargo, los estudios demuestran que las personas con demencia reciben un tercio menos de medicamentos para el dolor que aquellos que no tienen deterioro cognitivo. Más aún. Las estimaciones calculan que en Estados Unidos hay ocho millones de personas afectadas de demencia. En 2011, solo 132.000 personas diagnosticadas con esta enfermedad recibieron cuidados paliativos, lo que representa el 1,65% de este tipo de pacientes. Jamie Wilson, en su estudio Dementia Palliative Care, and End of Life: Are we doing it right? (Cuidados paliativos en demencia y el final de la vida: ¿Lo estamos haciendo bien?) apunta dos factores para explicar esta situación:
 
-La incapacidad para comunicarse que tienen muchos pacientes con demencia en la última fase.
-La falta de formación en demencia de muchas personas e instituciones que se ocupan del cuidado de estas personas. 

Pero siempre hay una última dosis. Por eso, muchas personas asocian la morfina con la muerte de su ser querido. Para enfrentarnos a nuestros temores, existe una forma de distinguir si el paciente ha fallecido de muerte natural o por un exceso de morfina. Cuando la persona ha recibido demasiada morfina, generalmente no se puede despertar. Su respiración es muy lenta y regular. A veces, una o dos respiraciones duran un minuto. El paciente parece calmado y tranquilo.
 
Tras la morfina, la madre de Sofía parecía en paz. Llegó la noche y, sin albergar ninguna esperanza, empezó a darle un yogur. Una cucharada siguió a otra, y así hasta que casi se lo acabó. A la mañana siguiente, se tomó el desayuno como siempre. Todavía no había llegado su momento, y Sofía lo agradeció tanto. 

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