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Leve 31 julio de 2019

Los talleres de reminiscencia aumentan la autoestima de los pacientes con deterioro cognitivo

Les ayuda a recordar eventos vinculados a su vida, lo que les proporciona un estado de bienestar que puede incluso reconducir trastornos conductuales

Los talleres reminiscencia son una forma de conectar a una persona con su pasado, con aquellas vivencias que han conseguido que esa persona haya llegado a ser quien es. Aquí contaremos la historia de Antonio, que gracias a ella ha aprendido a valorar todo lo que ha logrado en su vida.

Todo comenzó con una fractura de cadera.

“A mediados de septiembre estaba en mi casa, solo. Me había echado un rato a ver la tele, pero, cuando me fui a poner de pie, note que el pie derecho estaba totalmente dormido. Como si no tuviera pie. Me había fracturado la cadera. Después me llevaron al hospital, y tras un periodo, un día me dijeron: ‘en dos días te tienes que ir a casa’. Así que tuve que buscar una residencia”.

Y es así como Antonio Pérez Losa, un ayudante ingeniero jubilado, de 84 años, con problemas de memoria, cambió su domicilio por el de una residencia. “Encajé perfectamente. Nada más llegar me hice una amiga. Comenzamos hablar porque me dijo que era clavado a un hermano que tenía. Nos juntamos con alguno más que era de nuestro estilo, y nos apuntábamos a todas las actividades”.

Entre esas actividades se encontraban los talleres de reminiscencia que organiza Elena Gil Quero, terapeuta ocupacional del Centro Residencial Henares.

La reminiscencia es una técnica que utiliza objetos antiguos, fotografías, olores, música y sabores como facilitadores de recuerdos. De este modo, podemos conseguir o no que las personas rememoren vivencias y emociones del pasado. Pero si lo hacen, esta experiencia les facilita un estado de bienestar y felicidad que, en fases moderadas o avanzadas de la enfermedad, puede incluso reconducir trastornos conductuales asociados a la demencia”, aclara Elena Gil.

“Con los talleres de reminiscencia” -continúa- “lo que conseguimos es pasar un buen rato con la familia y los residentes investigando y reviviendo sus historias de vida. Los mayores se sienten importantes, reconocidos porque son los protagonistas, y sus familias descubren datos desconocidos mientras los acompañan en este viaje por sus vidas. Se viven momentos muy especiales. Todos los datos y fotografías que el residente elige terminan reflejados en un mapa de vida, un ‘collage’ que se coloca en su habitación. Esta información nos ayuda a los cuidadores porque con solo un vistazo conocemos los datos más relevantes de esa persona y podemos proporcionarle un servicio más personalizado”.

A Antonio esta actividad le llevó a reflexionar sobre la vida que había llevado.

“Siempre había pensado que había tenido una vida un poco sosa, y me he dado cuenta de que no, de que ha sido una vida estupenda. Creía que mi vida no había merecido la pena, pero he visto que no es así”.

A través de los talleres de reminiscencia ha regresado a sus dos matrimonios y los ha analizado. Qué es lo que no funcionó y cuál había sido su papel en esas relaciones. Pero también a valorar los momentos buenos. Esas cartas tan bonitas que le escribía su primera mujer. Lo orgullosa que ella se sentía de él. Su papel como voluntario visitando a enfermos, colaborando estrechamente en su parroquia.

Un ejercicio que también ha facilitado que se comunique más fácilmente con su entorno. “Nunca me ha gustado opinar de nada porque si emitía un opinión tenía que tener un conocimiento profundo sobre un tema, pero aquí, en la residencia, me fluían los pensamientos, no me importaba opinar”, comenta Antonio.

Probablemente, el momento estrella de la sesiones de reminiscencia lo ocupa la parte dedicada a la musicoterapia. La selección de las canciones que marcaron la generación de los años 50 pone a los participantes los pelos de punta. Los temas de Los Panchos, de Machín, de Antonio Molina o Lucho Gatica es como montar en un tren de alta velocidad a través del túnel del tiempo y llegar hasta la época en la que tenían veinte años. Las imágenes se vuelven tan nítidas que se puede sentir el olor, la luz, la textura de la tela de los trajes, el sabor de la comida… se huele a juventud, su juventud.

“Con la música, me quedaba con una cara… Me recordaba cuando mi padre alquilaba un picú (tocadiscos) para los guateques, para las fiestas, y yo le ayudaba. Eran unos maletones enormes, y yo me encargaba de poner la música. Por eso, me suenan todas las canciones de mi época. Y en ese tipo de reuniones fue cuando conocí a mi mujer”.

“Nuestro objetivo es utilizar esta técnica sin que parezca que hacemos terapia. No se trata solo de ejercitar la memoria, usamos esta técnica para hacer una revisión de la vida. Y, a veces, esa revisión lleva a solucionar conflictos que estaban latentes. Abordarlos puede ser una forma de llegar a un acuerdo con estas situaciones y poder cerrarlas. Cada persona es un caso distinto. Lo que sí hemos comprobado es que se refuerza la autoestima, también la comunicación, porque los residentes explican a los demás su vida, y se estrechan lazos entre ellos y los cuidadores. También trabajamos cómo aprender a neutralizar los pensamientos negativos. Cómo aprender a vivir el momento. Les damos herramientas para hacerse amigos de sí mismos. El pensamiento positivo es una tarea diaria que vale la pena”, explica Elena.

Para Antonio, su vida en la residencia le proporcionó un periodo para reflexión en el que empezó a apreciar su vida, tal y como viene, sin anticipar los problemas.

“Yo tengo una parte positiva y otra negativa. En la parte negativa destaca mi dificultad para afrontar los problemas. A mí los problemas me hunden, incluso, los menos importantes, como organizar, por ejemplo, unas vacaciones. Tanto es así, que una de mis nietas le dijo a mi mujer: ‘abuela ¿qué le pasa al abuelo que siempre está enfadado?’ Pero en la residencia, al tener todo resuelto, afloraba la parte positiva porque no tenía que tomar ninguna decisión”, explica.

En ese periodo, que él define como un retiro, aprendió a neutralizar los pensamientos negativos.

“Recuerdo que un día, eché de menos las visitas. Comencé a sentirme triste y empecé a pensar que cuando necesitas a los amigos, siempre te fallan, y que realmente no puedes contar con nadie. No me dio tiempo a seguir dando vueltas a estos pensamientos, cuando pensé que las visitas hay que verlas como un regalito. Y los regalos son un sorpresa, no se puede planificar cuando los recibes. Así que cuando se tiene una visita hay que disfrutarla y pensar que si no la tienes es porque esa persona no ha podido venir a verte”.

Esa actitud positiva, trabajada en los talleres, ha guiado a Antonio a diseñar su propio plan de vida. Un plan que cuenta con sus propios mandamientos.

  1. Aceptar lo que hay, y aprovechar el tiempo lo mejor posible.
  2. No importa dónde te encuentres, participa en todas las actividades y haz amigos, no te quedes arrinconado.
  3. Cuando cuidemos a un ser querido cambia “tengo que hacer por quiero hacerlo”.

1 Comentarios

  • Felicidades.Me parece una excelente idea y técnica para ayudar a nuestros mayores,especialmente a aquellos con deterioro cognitivo.Realmente lo de la música funciona.

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