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La rehabilitación de un ictus que se topó con el coronavirus

Emilia, una paciente, nos cuenta su caso, un ejemplo de superación que nos emociona

La rehabilitación de un caso de ictus, de por sí, no suele ser fácil. Pero, si a ese proceso, se suma una complicación muy seria de salud y el COVID-19, la situación se vuelve mucho más difícil. Aquí te contamos la historia de Emilia, todo un ejemplo de superación, que encontró en el centro residencial Sanitas La Moraleja un nuevo hogar y un equipo que luchó con ella, codo con codo, por su recuperación. Hoy, después de superar tantas tribulaciones, sigue manteniendo su ilusión por vivir cada día al máximo.

Este artículo comenzó con la idea de mostrar cómo puede ser el proceso de rehabilitación de una persona tras sufrir un ictus. La importancia de comenzar cuanto antes y de no desanimarse, incluso, cuando se sufre a una edad avanzada.

Pero, como os decía, esta era la idea original. Sin embargo, los casos están protagonizados por personas, que amablemente abren su puerta y te dejan entrar. Y una vez dentro, pasas del recibidor al pasillo y de allí al salón que está, justo al lado de su alma.

Y escuchas, escuchas atentamente, y entonces, como me ocurrió esta vez, descubres a una persona que ha pasado de puntillas por la vida, no porque no haya dejado huella ni porque sus pisadas no hayan sido hondas, sino porque nació con la discreción pegada a su sombra. Se envolvió en ella, y jamás reclamó atención.

“Una persona normal y corriente”, me dice. Y yo no tengo el valor de interrumpirla ni de quitarle esa idea de la cabeza, a pesar de lo mucho que su historia me enseña. El valor, el coraje, la fortaleza de una mujer que, como muchas de su generación, jamás han reclamado nada, pero a las que debemos tanto y tanto…

Ella es Emilia, 88 años, especializada en cuidar de cuatro hijos, cinco nietos y un marido. A la que le encantan las labores, y de ello hizo su profesión: profesora de canastillas, por las mañanas, en la Sección Femenina, y, por la tardes, bordadora de manteles, servilletas, juegos de cama y cualquier cosa que cayera en sus manos.

Hasta que se casó, y su marido le pidió que se quedara en casa y abandonara su profesión. Antes era así, y de esto no hace tanto tiempo.

Y en eso estaba aquel día, cuando la vida decidió ponerla de nuevo a prueba. Esa noche, sus cuatro hijos habían estado cenando en su casa. Cuando se marcharon, le dijo a su marido, que le gustaba cenar tarde, que le iba a preparar la comida un poco antes, que quería acostarse pronto porque no se sentía bien.

“No hice más que salir del comedor y en el pasillo me caí de bruces. No sabía por qué pero, en ese momento, noté que me había dado algo porque la boca se me torció. No podía hablar ni llamar por el móvil a mis hijos. Lo que me salvó fue que llevaba la medallita de la Comunidad. Llamé, y ellos se dieron cuenta de que no podía hablar. Saqué serenidad no sé de dónde y tranquilicé a mi marido como pude. Los del servicio se presentaron en seguida y me llevaron a La Princesa”.

Una vez allí, la situación se complicó. Uno de los medicamentos que le pusieron, le hizo reacción y tuvieron que trasladarla a La Paz. Estuvo ingresada cinco días en la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos). Cuando su situación estuvo estabilizada, la enviaron al Hospital Cantoblanco para que comenzara su rehabilitación.

“Allí estuve muy bien atendida. Hacía todo lo que me mandaban. Sacaba fuerzas porque yo lo quería era salir de todo eso”, comenta.

Pero se dio cuenta de que el ictus le había pasado factura y que la recuperación iba a ser larga. “Veía que en las condiciones que estaba no podía ir a mi casa a cuidar de mi marido. Y allí, decidí, yo sola, que lo mejor era irme a una residencia. Hablé con mi hija, que está de supervisora aquí [centro residencial Sanitas La Moraleja] y le pregunte: ‘¿Tenéis sitio en tu residencia? Si tienes, me voy donde estás tú, y si no, me voy a otra’.

Emilia se lo dijo antes a su hija y que a su marido. Nunca dudó, a pesar de que los doctores y otros profesionales que la trataron entonces le recomendaran que volviera a su casa y que contratara a una cuidadora. “Pero yo me veía cómo estaba, y decidí que no. Cuando se lo dije a mi marido, él lo aceptó bien”.

Ingreso en el centro residencial Sanitas La Moraleja

La adaptación fue sencilla. Pronto este lugar se convirtió en su nuevo hogar. Estaban los dos juntos en la misma habitación, y por allí pasaban sus hijos y sus nietos. “Como lo decidí yo, no me costó nada adaptarme. Estaba contenta”.

Quizá ese ánimo también le dio fuerzas para ser tan constante en su proceso de rehabilitación. Así es como lo recuerda Emilio Fisac, fisioterapeuta del centro y quien se encargó de diseñar su programa. “Vino fastidiada, pero vino con mucha fuerza de voluntad. Tenía muchas ganas de mejorar”.

“Cuando llegó al centro no tenía una sensibilidad fina en las manos, no tenía destreza, sobre todo, en la mano derecha. Le costaba una barbaridad ponerse de pie, aguantaba muy poco tiempo y no era capaz de deambular. A su mano, le tenía que volver a enseñar a hacerlo todo otra vez, sobre todo, a la derecha, como, por ejemplo, llevarse la cuchara a la boca”, explica Fisac.

Afortunadamente, Emilia no pasó ni un solo día sin rehabilitación. En cuanto estuvo estabilizada, comenzaron los ejercicios en Cantoblanco y luego continuó su programa en el centro de La Moraleja. “Cuando se sufre un ictus, el paciente debe recibir rehabilitación desde el día uno. En cuanto la persona está estable hay que ponerse con ella porque cuanto más tiempo dejes al nervio adormilado más tiempo te va a costar volver a recuperarlo. Además, hay un margen de tiempo. Si no tratas ese nervio, esa musculatura, en seis meses, ya no la rehabilitas de ninguna manera”, continúa Fisac.

En esta primera etapa, Fiscac se ocupó, sobre todo, de que movilizara las piernas, de que se pusiera de pie y comenzara a andar un poquito. De esta forma, podrían dejar de utilizar la grúa cuanto antes. “Para una persona como Emilia, que cognitivamente está muy bien, verse colgada no es agradable. Cuanto antes se pueda poner de pie, antes podrá utilizar el baño por sí misma. Nuestro primer objetivo era que fuera capaz de hacer lo básico, y eso lo logró en seguida”.

La rehabilitación se ve interrumpida

Pero Emilia sufrió una recaída debido a un broncoespasmo (proceso por el que los músculos de las vías respiratorias se tensan y se reduce el flujo de aire) y a otras complicaciones que la llevaron de nuevo al hospital. Su estado era tan grave que se temió por su vida.

“Me tuvieron que poner respiración asistida. Ese momento, en el que avisan a mi hija y la veo llorando, lo tengo grabado. Entonces me dije: ‘Mi hija no tiene que llorar por mí. Tengo que luchar para salir’. Y salí, no sé cómo, pero salí”, explica Emilia.

Tras un largo periodo, volvió de nuevo al centro residencial de la Moraleja, pero cuando regresó había perdido todo lo que había avanzado. No era capaz de mantenerse sentada, no tenía control postural, no tenía fuerza ninguna. Pero contaban con un factor importante, a nivel neurológico no había sufrido ningún daño.

Verse en este estado le pesaba mucho a Emilia. Le pesaba no poder ayudar. “Yo la veía abochornada por la cantidad de personas que teníamos que estar con ella. Para poder levantarla, necesitábamos estar tres personas. Y, cuando comenzó con las paralelas, éramos tres o cuatro con ella”, precisa Fisac.

“Lloraba mucho a escondidas porque no era capaz de hacer lo que me mandaban. Me enfadaba conmigo misma”, recuerda Emilia.

De nuevo tuvo que aprender a sentarse, a andar. Pero llegó un día en que fue capaz de recorrer toda la distancia que marcaban las paralelas. “Para mí fue el día de mi vida de más gozo porque vi que ya podía hacerlo. Entonces, cuando terminé, les pedí que me dejaran recorrerlas otra vez”, comenta con orgullo.

Emilia cree que para su recuperación fue muy importante la confianza. “Yo confié muchísimo en ellos, y les estoy agradecida, y lo estaré toda la vida porque me exigían mucho, pero lo hacían porque sabían que podía hacerlo”.

Emilia llegó al 2020 siendo capaz de ponerse de pie, de ir con un andador de un sitio a otro, pero la vida le tenía preparada otra sorpresa: surgió el COVID, y el día de San José amanecieron infectados, tanto su marido como ella.

Ella no lo paso mal, pero a su marido lo tuvieron que ingresar, y ya no lo volvió a ver. Era la época más dura de la pandemia, así que no puedo despedirse de él. No pudo ir al velatorio ni estar presente cuando sus cenizas se depositaron en el nicho.

“Estoy muy agradecida a todos los que trabajan en la residencia, desde la persona que está más arriba hasta la persona que está más abajo, porque cuando murió mi marido no me dejaron sola. Me he sentido muy acompañada. Incluso, cuando le incineraron, la psicóloga, Alfonsi, estuvo conmigo. A mi marido, le echo de menos cada día, pero aquí me siento muy acogida”.

Emilia reconoce que la vida es una lucha, y que cada día es un nuevo combate, pero, por eso, sabe que cada día es único. “El tiempo pasado, pasado está, y ya no vuelve; el futuro no sabemos cómo va a ser. Cada día lo intento vivir al máximo, porque es una oportunidad, y no sé si la tendré durante muchos días más”.

Emilia ha recuperado las manualidades. Y ahora se ha apuntado a un nuevo grupo, en el que hacen ejercicios para activar la memoria y practican la aritmética. Al principio le daba miedo no poder seguir el ritmo, como ella misma dice, porque “pensaba que iba saber menos que los demás”, pero pronto se dio cuenta de que no era así. “Ahora estoy muy metida con las fichas. Intento trabajar la memoria para no envejecer, que ya envejecemos bastante”.

Termina la conversación confesándome un deseo, un deseo que a mí me pone la carne de gallina, pero que demuestra, una vez más, como esta mujer mira a la vida a los ojos, fijamente, sin pestañear. “Lo único que pido es que no quiero morirme en un hospital. No tengo nada contra los hospitales. Pero yo quisiera morirme aquí, en la residencia. Ése sería el final que me gustaría».

28 abril de 2022

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