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Estimulación cognitiva: pacientes con demencia viven la Navidad

La celebración de estas fiestas logra que un grupo de personas en una fase avanzada consigan comunicarse entre ellas

La celebración de la Navidad es una magnífica vía para estimular cognitivamente a los pacientes con demencia. En este artículo, te explicamos cómo Pilar Alcalá, terapeuta ocupacional del centro residencial Sanitas Alcorcón, utilizó los villancicos, las panderetas y los adornos propios de estas fechas para remover las emociones de un grupo de residentes, que se encuentran en la fase severa de la enfermedad, y lograr así que se comunicaran entre ellos, que volvieran a sonreír e, incluso, a bailar.

Hay ocasiones en las que la vida nos regala pequeños milagros. Y, a veces, se producen en Navidad. No me creéis ¿verdad?

De acuerdo, pues permaneced atentos, y cuando acabéis de leer la historia que os voy a contar, ya me diréis con sinceridad si no se trata de un hecho extraordinario que os ha dejado con la boca abierta. Porque eso… eso es un milagro.

Un día frío y húmedo, como tantos

Hoy es uno de esos días grises de invierno. El ambiente está húmedo, con esa humedad que se va abriendo paso sigilosamente a través de la ropa, sin importar cuántas capas te hayas puesto, hasta que penetra en la carne y, entonces, tu cuerpo se sacude con un escalofrío.

Uno de esos días anodinos, que lo único que quieres es quedarte arropado con una mantita, ya sean las 10.00 h. de la mañana o de la noche.

En la sala Ática, del centro residencial Sanitas Alcorcón, un grupo de residentes acaba de desayunar. Este salón siempre está atendido. Las personas que permanecen ahí nunca pueden estar solas.

En esta habitación, con grandes ventanales, se reúnen pacientes con una demencia muy avanzada. Algunos se han instalado en otro tiempo. Viven en la infancia, cuando su padre y su madre los cuidaban. Otros tienen muy afectada su capacidad para comunicarse. Contestan con un “sí” o con un “no” o te sonríen o te ponen una cara rara u optan por hacer sonidos guturales.

La mayoría apenas mantienen unos minutos su capacidad de atención. Eso se puede observar, por ejemplo, durante la comida, que es una de las pocas actividades que algunos conservan.

Mientras se llevan la cuchara a la boca, a lo mejor, escuchan un ruido. Entonces miran hacía donde se ha producido el sonido, lo buscan, y cuando vuelven a la actividad, es decir, a la comida, ya han olvidado lo que estaban haciendo. Para que vuelvan a comer, hay que volver a recordarles todo el proceso.

La comida se convierte entonces en una experiencia llena de continuas interrupciones. De principios y finales.

Estas deficiencias les impiden, además, conectar entre ellos. Pueden estar toda la mañana sentados unos junto a otros, y no tener ningún contacto.

Otros residentes practican la marcha errante, es decir, no paran de andar.

Pero esta mañana algo va a pasar…

La Navidad llega a Ática

Pilar Alcalá, terapeuta ocupacional del centro, llega cargada de panderetas, espumillón y otros adornos. De fondo, se escucha, suavecita, la música de un villancico.

Flory y Lourdes, dos gerocultoras que están a cargo de la sala, la han visto llegar.

-“Ay, qué bien, ha llegado la Navidad”, exclama Flory animada mientras sigue preparando los zumos.

Los residentes permanecen adormilados en los sillones.

No todos. Valentina y Delia, que se tratan entre sí como primas, aunque en la vida real son consuegras, se han sentado juntas. No pierden de vista la puerta. En cuanto se despisten las auxiliares, se acercarán rápidamente y se escaparán. Lo tienen todo calculado.

Mercedes, otra residente, que, además de alzhéimer, tiene una deficiencia visual, permanece en una esquina, separada del resto. Ajena a lo que sucede, acaricia un pañuelo de seda rojo que lleva en el cuello.

Jesús, que suele permanecer encerrado en su propio mundo, apenas habla. Para lograr que participe en alguna actividad, necesita mucha estimulación.

Luis pasea por la sala con una marcha errante, como Carmen. Son los dos andarines del grupo. Pero a Luis, además, le gusta ir de un sitio a otro cogiendo cosas. En un bolso del pantalón lleva una cuchara y el otro está lleno de servilletas.

Acaba de fijarse en el pañuelo de Mercedes. Ese color rojo intenso ha llamado su atención. En cuanto se descuide, se acercará por detrás y se lo quitará.

Pero esta mañana, estos planes van a verse interrumpidos.

Comienza la reminiscencia

Flory y Lourdes se han acercado a Pilar y entre las tres están sacando todos los adornos.

Cada una ha cogido una pandereta distinta: una es verde, otra amarilla y la tercera es azul. Compiten entre ellas por ver quien la mueve con más gracia.

Lo hacen con ritmo, sin brusquedades, no quieren alterar a los más adormilados. Se acercan a ellos suavemente.

A los que permanecen con los ojos cerrados, primero les despiertan con una caricia, y cuando reaccionan, les muestran las panderetas.

-“Mira lo que traigo”, le dice Pilar a Encarna mientras le dedica una amplia sonrisa.

Encarna, que todo se lo lleva a la boca, hace el gesto de saborear la pandereta, pero la deja enseguida. Debe pensar: qué sosa, no sabe a nada.

Otros no hacen caso. En cambio, hay algunos que sonríen, les gustan los adornos. Cada uno interactúa como quiere.

Luis, a quien le encanta la música, enseguida ha empezado a hacer ruidos, a seguir el ritmo y se ha hecho con una pandereta.

Pilar se acerca a Valentina y a Delia. Ninguna de las dos quiere participar en la actividad porque las están esperando en casa.

Pilar, que no deja de sonreírlas, les pide permiso para sentarse junto a ellas. Ambas le hacen un hueco, pero le dejan claro que no tienen tiempo para jugar ni para hablar.

-“En casa nos están esperando, y en cualquier momento nos vendrán a buscar”, dice Valentina.

-“Eso”, afirma Delia.

-“Tú no te preocupes, Delia. Que si tus padres no llegan, te vienes con los míos”, le aclara Valentina.

Delia asiente con la cabeza, ya más tranquila.

Después de escucharlas con atención, y de decirle a Valentina que no se preocupe, Pilar comienza a entonar un villancico.

“Pero mira como beben, los peces en el río, pero mira como beben por ver al Dios nacido”.

Entonces Valentina continúa: “Beben y beben y vuelven a beber, los peces en el río”, aquí se para. Y Pilar continúa por ella: “los peces en el río por ver a Dios nacer”.

Valentina ya se ha animado y comienza a contarle a Pilar cómo eran las Navidades cuando era niña. “A mí me gustaban mucho, salíamos los chicos y las chicas en grupo, todos juntos, para pedir el aguinaldo, aunque no tuviéramos la misma edad”, comenta Valentina mientras toca la pandereta siguiendo la melodía.

“Lo pasábamos muy bien”, recalca mientras su cara se transforma. Sus ojos ya se han olvidado de la puerta, ya no están fijos en un punto, ahora su rostro se muestra relajado y su mirada brilla.

Delia, que permanece atenta, añade: “Pues claro”, y con un gesto invita a Flory a que se siente a su lado.

Valentina continúa: “A veces nos daban dinero, poca cosa, porque en las casas no había mucho, y otras nos daban un chorizo”.

Delia no para de reírse. Lo del chorizo le ha gustado.

Pilar las invita a que se animen a pedir el aguinaldo al resto de los residentes. “Igual nos dan algo”, dice con picardía.

Ahí se forma la comparsa. Pilar en el medio, y Valentina y Delia agarradas a cada brazo. Con las manos libres van tocando las panderetas y entonan, bastante bien, por cierto, los versos que cantaban cuando eran pequeñas:

– “Dame el aguinaldo, carita de rosa, dame el aguinaldo, no me seas roñosa”.

Poco a poco, van acercándose a cada residente. Colocan la pandereta a modo de cestillo y les insisten: “A ver qué me das, qué me das”.

Unos pocos les responden, otros, debido a sus problemas de comunicación, no dicen nada, pero casi todos les sonríen.

Valentina, a veces, se queja en broma: “Pues mira éste, pues no me ha dado nada”.

Poco a poco comienzan a despertar

Al oírlas cantar, Carmen, la residente andarina, ha dejado su marcha errante, y en vez de ir de un lugar a otro, ha empezado a seguirlas. Ha disminuido el ritmo para acompasarlo al que llevan ellas. Mientras las sigue, las mira y sonríe.

A su paso, se han topado con Jesús, quien suele pasarse horas sentado en el sillón. Es muy difícil despertar su interés para que se sume a una actividad. Sin embargo, cuando las vio llegar cantando y con la pandereta, se levantó y se les unió.

Movía la cabeza intentando seguir los villancicos con sus murmullos, muy sonriente. Feliz.

Luis se ha olvidado del pañuelo rojo de Mercedes. Le apasiona la música. Siempre ha sido el que animaba las fiestas. Cuando escucha una melodía, su marcha errante se detiene y comienza a bailar.

En cuanto oyó las panderetas y los villancicos, algo en su cerebro se activó. Primero se hizo con el instrumento, para moverlo con brío, pero aquello era una reacción demasiado sosa para él, así que se puso la pandereta en la cabeza y comenzó a bailar como si fuera un pasodoble, con el culillo prieto y moviendo las caderas.

Pasaba por el lado de Flory y luego se volvía a hacia Lourdes, les guiñaba un ojo o les rozaba con el codo: seductor, pizpireto, como si estuviera en la verbena captando la atención de las chicas. En aquel momento, reaparecieron todas las “horas de vuelo” que tenía.

Mercedes, al no ser capaz de identificar lo que ocurre a su alrededor, suele estar siempre muy alterada. Cree que lo que escucha son amenazas contra ella. Si alguien la roza, piensa que algo malo le va a ocurrir. Sin embargo, siempre ha conectado con la música.

Cuando Valentina y Delia comienzan a cantar, ella continúa con su propia letra, haciendo sus rimas. “Pero mira como beben los peces de mi tío, pero mira como beben por ver tariro riro”.

La sesión está finalizando. A Pilar le espera otro grupo. Sin embargo, la sala Ática sigue de fiesta.

El largo efecto de la sesión

Durante esa mañana, los residentes estuvieron más alegres y activos. Mercedes no paró de cantar villancicos. Valentina y Delia se olvidaron de escaparse. Luis siguió bailando. Jesús salió de su mundo. Carmen disminuyó el ritmo de sus paseos.

Flory y Lourdes siguieron con las panderetas el resto de los días. Descubrieron, gracias a Pilar, que había otro modo de comunicarse con estos residentes y que, además, funcionaba mejor.

Se dieron cuenta de que podían ayudarlos a sentirse bien, y eso, les hizo sentirse mejor. Su trabajo todavía cobró más sentido y se hizo un poquito más liviano.

Pilar, nuestra Pilar, abandonó la sala sintiéndose orgullosa de lo que habían logrado. “Necesitas este tipo de experiencias para probarte que algo de lo haces está funcionando. Verlos sonreír, comunicarse, es un regalo.  Creamos un efecto que duró mucho más que una sesión. Permaneció en ellos y permaneció en nosotras. Se produjeron momentos y conversaciones, que, de no ser por esa hora, nunca hubieran ocurrido”, señala.

Instantes de felicidad robados a una enfermedad que no se detiene, pero a la que podemos poner palos para que vaya más lenta. Momentos llenos de sabor, de recuerdos. Pequeños milagros cotidianos que no solo transforman a nuestros seres queridos, sino que nos llenan a todos, porque todos estamos hechos de emoción.

Era o no era un milagro.

 

29 diciembre de 2022

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