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La mejor manera de ayudar es no haciéndolo

Estimulación cognitiva

Cuando llega la hora de la merienda, Emi tuerce la boca. A su hijo Manuel le cuesta Dios y ayuda convencerla para que se acabe el yogurt de fresa. Pero a las seis de la tarde, a Emi se le cambia la cara. Después de arreglarse, se convierte en otra persona; ella sabe que va a salir y que, tras la terapia, irán a una cafetería: todo un planazo. Aunque, desde hace un tiempo, ha ido olvidando cosas, como el día en el que vive, todavía mantiene la ilusión por algo que siempre le ha gustado: salir.
 
¿Qué es la estimulación cognitiva?
Un conjunto de actividades, instrucciones, pautas y formas de realizar las actividades de la vida diaria dirigidas a potenciar las capacidades cognitivas (orientación, atención, memoria, lenguaje, percepción, praxias -ejecución deliberada de movimientos para conseguir un fin- y las funciones ejecutivas -que nos permiten planificar acciones, supervisarlas y llevarlas a cabo con éxito anticipando los posibles problemas- ) de una persona con el objetivo de enlentecer la progresión del deterioro provocado por la demencia o el alzhéimer y mantener así el mejor nivel de funcionamiento posible.
 
La terapia cognitiva que sigue Emi se basa en cuatro pasos:
 
1. La estimulación cognitiva en sí. Un profesional evaluará cuáles son los puntos fuertes y débiles de su funcionamiento cognitivo. En función de ese análisis, se le propondrán unas tareas concretas para potenciar sus fortalezas y compensar las partes más débiles.
2. Las interacciones sociales. Cada vez hay más estudios que muestran que la gente más aislada se deteriora más rápidamente. Si la persona tiene un círculo de amigos con los que queda, responsabilidades que cumplir… se evita que las “células malas del cerebro” progresen  (los depósitos de proteína y los ovillos neurofibrilares) Actividades como la lectura, jugar a las cartas, visitar museos, escuchar música y ver la televisión tienen un efecto terapéutico muy beneficioso.
3. Ejercicio físico. Moverse, estar activo, mejora la atención y las funciones ejecutivas en personas sanas. Es decir, que el ejercicio estimula las funciones que hacen que seamos capaces de medir las consecuencias de nuestras acciones, a corto y largo plazo, o de planear sus consecuencias. En personas con demencia o alzhéimer no hablamos de mejorar estas funciones, pero sí de frenar su deterioro.
4. Las actividades de la vida diaria. Realizar una actividad cotidiana, como comer o vestirse, requiere atención. Luego, en la vida diaria hay miles de oportunidades para estimular a la persona con demencia. 

Una vez diseñado el plan que mejor encaja en las capacidades que todavía conserva Emi, el siguiente paso es diseñar una rutina diaria: que cada día sea igual que el anterior. Estas rutinas conseguirán que Emi no tenga que pensar qué tiene que hacer, y cuando su cerebro empeore, sus hábitos se convertirán en su “nuevo perro guía”.
 
Hasta entonces, la mejor manera de ayudarla es no ayudándola; consiguiendo que sus familiares no hagan por ella lo que todavía es capaz de realizar. Y no privándole de tener responsabilidades. Con todo ello, conseguiremos que Emi sea Emi durante más tiempo.
 

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