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Severa 26 mayo de 2022

Envejecimiento activo: cumplir 103 sin olvidar dar las gracias

Conoce el caso de Concha y las terapias que, junto a su naturaleza, han logrado que siga siendo una magnífica narradora

Pocas personas tienen la enorme suerte de cumplir 103 años, pero llegar a esa edad siendo divertida, cariñosa y muy entretenida, eso todavía es más difícil. Para lograrlo hay que poner de nuestra parte y no dejar toda la responsabilidad a nuestros genes. Un envejecimiento activo no es más que estimular nuestras capacidades para no perderlas. De esta manera, lograremos seguir disfrutando de aquello que más nos gusta. Aquí te explicamos cómo se ha logrado que Concha, que ha cumplido 103 años, se sigua manteniendo activa, lo que le permite, por ejemplo, ser una excelente narradora. Algo que a ella le divierte y a nosotras nos entusiasma.

Preparando el cumpleaños de Concha

 -“¿Me podéis repetir el programa? Porque a mí no me queda del todo claro. ¿Yo cuando entrego las flores?”, pregunta Inmaculada, una auxiliar del centro residencial Sanitas Alcorcón.

-“Que no, que no, que ya no tienes que entregar las flores. Que ayer lo cambiamos”, le explica Pilar Alcalá, terapeuta ocupacional del mismo centro.

-“Ah, no”, responde Inmaculada arrugando un poco el ceño y dejando patente que el cambio no le ha hecho mucha gracia.

-“Disculpa, Inmaculada, pero es mejor que le entreguemos las flores cuando estemos todos en la sala de terapia. Además, a esas horas, Concha estará más tranquila, habrá desayunado y estará más orientada”, precisa Pilar.

Hoy, el punto fuerte de la reunión de seguimiento, que el equipo del centro organiza todas las semanas para evaluar la evolución de los residentes, lo ocupa Concha Pérez, que en unos días cumplirá 103 años.

Todos se sienten muy orgullosos de que una persona tan longeva viva en este centro, pero es que, además, Concha es una de las personas más queridas, no solo por las personas que trabajan aquí, sino también por el resto de los residentes.

Sus compañeras de mesa, por ejemplo, siempre están pendientes de ella, de que no le falte de nada: de llenarle el vaso de agua o de que la carne guisada esté desmenuzada para que ella se la pueda comer sin problemas.

Ahora, entre todos, le están preparando una fiesta. La cocinera ya tiene todos los ingredientes para la tarta, que se decorará con un impresionante 103. Ya se ha encargado el ramo de flores, que se le va entregar sobre las 11.00 h, cuando estén todos en la sala donde se imparten las terapias.

Pero, primero, ambientarán el momento. Ese día, la sesión de musicoterapia comenzará con un vídeo en el que se mostrará el Madrid castizo de esa época: aparecerá el Rastro, donde nació Concha, más concretamente, en la calle Carlos Arniches, recuerda ella con orgullo. Luego, la Iglesia de La Paloma, donde hizo la comunión y, finalmente, se casó. También la iglesia de San Francisco el Grande, porque su colegio estaba muy cerquita.

“Doña Pilar Villegas, así se llamaba la directora. Me quería mucho. Mi padre, un hombre muy educado y muy buena persona, siempre que me iba a buscar, subía a saludarla. “Hombre Pérez”, le decía. “Hay que ver esto y lo otro”, recuerda Concha.

“Ahí me he criado, en ese barrio. La fuentecilla, el Rastro, todo eso me atrae mucho”, continúa.

Por eso, Pilar, entre las canciones que ha seleccionado para la sesión de ese día, ha elegido los temas más conocidos de La verbena de la Paloma. Con estos detalles, todos pretenden homenajear a Concha, para que se sienta querida, para que el cariño se introduzca por cada uno de sus poros y alimente ese espíritu tan jovial que sigue manteniendo.

Conozco a Concha

Cuando Pilar me habló de Concha, yo quise conocerla. 103 años, cómo sería cumplir esa edad, me preguntaba. Tenía muchísima curiosidad. ¿Qué conversación podríamos mantener? Pilar organizó la videollamada, y enseguida conectamos.

Cuando la vi a través de la pantalla, me sorprendió su piel, luminosa, sin muchas arrugas. Y sus manos, pintaditas de rosa, que ella movía con elegancia. Pero lo que más me cautivó fue su forma de hablar. Animosa, desenvuelta, con una gracia innata para contar anécdotas. Su forma de narrar, con un casticismo refinado, me envolvió. De Madrid, sí, pero su gracejo no resulta arrogante. Siempre con una palabra amable, incluso para mí, que me acababa de conocer y a través de una tablet.

Me encantó cómo me fue narrando su vida. A veces de forma directa, respondiendo a mi curiosidad y otras, hablando de ella misma en tercera persona. Diciendo la verdad, sin edulcorar la realidad ni dramatizándola, tal cual, llamando al pan pan y al vino vino.

Así me habló de lo guapa que había sido de pequeña, del concurso de belleza que ganó con solo cuatro años, y de que tan mona, tan mona que era, el adjetivo se transformó en nombre y desde entonces la conocen como La Moni. Que cuando creció era guapa, pero no tanto como había sido de niña. Que su padre era joyero y le llamaban El Plata, un hombre tan honrado que solo cobraba los arreglos si tenía la certeza de que a sus clientes las piezas les iban a durar. Guapo también, como ella.

A su madre, la señora María, le encantaba repartir los juguetes de su hija Moni, la única niña de la familia, tanto por parte de padre como de madre. Así que sus Reyes, no eran Reyes, eran un bazar, que su madre luego distribuía entre los niños del barrio que no tenían tanta suerte. “Uy, criatura, que no has tenido Reyes pues sube a casa que tengo una cocinita para ti. Y, claro, la niña subía”, me explica.

Concha recuerda esas escenas con naturalidad. El hecho de que su madre dispusiera de sus juguetes le parece lo más normal. Adónde iba una niña con tanto.

Luego se casó con un señor 12 años mayor que ella. Concha tenía 22 y el 34, cuando me lo cuenta no duda, lo recuerda perfectamente.

Le pregunto por la diferencia de edad, y ella me comenta que a esa edad no se notaba. “Además”, me dice, “mi marido no era de esos gruñones. Cantaba muy bien flamenco, qué bien cantaba, le hacían corro y todo. En las bodas, en los bautizos. ‘Pedro, oye, Pedro’, recuerda.

-¿Y fue eso lo que la enamoró?, le pregunto.

-No. Me enamoré porque le veía mucho. Vivía cerca de mi abuela, y de tanto Hola Conchita, Hola Conchita, que la Conchita se casó con él. Era muy bueno. Y tuve dos hijos.

-¿Tan guapos como usted?, continúo.

-Mis hijos no son feos, pero tan guapos como yo fui, no. Yo estoy muy orgullosa de mis hijos, son muy buenas personas. Más que nada eso, buenas personas.

Envejecimiento activo: mantener el lenguaje, la conversación fluida, el cálculo

Concha mantiene una conversación fluida, el cálculo y la memoria autobiográfica, y para ello, en el centro se encargan de estimular sus capacidades. Participa en un programa de terapia cognitiva individual. Cada día hace una ficha: un día trabaja el cálculo, otro el razonamiento, otro el lenguaje. Concha, aplicada, va a haciendo lo que le toca.

También le gustan las sesiones de musicoterapia, en las que se trabajan la memoria, se despiertan las emociones, incluso, la psicomotricidad. “Ahora, que ha comenzado la primavera, recordamos canciones en las se hablan de flores como, Amapola, La Zarzamora, Un ramito de violetas. Luego se las pongo en la tele y las intentamos cantar. Es un buen ejercicio de memoria. También seguimos el ritmo con las palmas, y los que se pueden mover más salen incluso a bailarlas”, explica Pilar.

Pues Concha en esas sesiones piropea a todo el mundo. Es lo opuesto a la crítica. Siempre se fija en lo bien que baila esa señora, en el tipazo que tiene esta otra, en el vestido tan bonito que luce aquella.

Pilar tiene su propia teoría sobre por qué mantiene un espíritu tan jovial. “Ella se muestra agradecida con todo el mundo. Es muy agradable y a todo el mundo le dice cosas bonitas. Ella da mucho, pero también recibe mucho. Es un espíritu que se retroalimenta”.

Si algún día se muestra más apagada sin ganas de colaborar en alguna actividad, Pilar sabe cómo estimularla. “Te sientas cinco minutillos con ella a charlar y notas como recarga las pilas. Concha es muy cariñosa, y si te muestras cercana y cálida con ella, ese poquito de cariño le vuelve a activar”.

Para trabajar sus problemas de orientación, Pilar siempre utiliza las rutinas. Después de la ducha, le deja cerca el cepillo de dientes y el peine, y ella misma se arregla el cabello y se lava la boca. “Mediante estas rutinas, se orienta, sabe que hay un horario de mañana y de tarde”, comenta Pilar.

Envejecimiento activo: ejercicios para mantener la agilidad

Cuatro días a la semana, Concha hace un tipo de gimnasia adaptada a sus limitaciones. Con estos ejercicios se busca que mantenga la movilidad de los miembros superiores, “Los brazos y las manos los mueve bien. Le cuesta llevar a cabo actividades que requieren destrezas finas, como cortar o pelar. Para eso necesita ayuda. Hay días en que se encuentra mejor y puede dar algunos pasos en las paralelas, pero luego se suele quejar de que le duelen las caderas”, afirma Pilar.

Concha es consciente de sus limitaciones y cuando le pregunto por ello me responde: “De lo que he sido a lo que soy… he sido una persona activa, trabajadora, lo que es ser una mujer joven, pero vamos que no me puedo quejar porque tengo la suerte, la gran suerte, de tener personas que me ayudan”, me confiesa.

Y en ese momento, se vuelve a Pilar, quien nos ha estado ayudando a mantener esta videollamada, y le dice: “Tú eres una nena muy buena. Con esa carita tan risueña a mí me das la vida. Porque esa forma de ser tan agradable te sale de aquí [y señala el corazón ] y eso es lo que a mí me llega dentro”.

Y lo dice con un sentimiento tan sincero, que noto que Pilar se emociona, y me emociono yo, observando el cariño entre dos mujeres que se ayudan, cuidada y cuidadora; cuidadora y cuidada.

Las palabras de Concha dan sentido al trabajo de Pilar, un sentido que transciende el deber. Dejan un sabor que se deposita en su alma y le calientan por dentro, como si por ese instante todo cobrara sentido. Todo ese cariño que Pilar le ha dedicado y que Concha, a final, le ha devuelto.

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