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Leve 3 junio de 2020

El coronavirus también puede afectar a otros órganos como el corazón o el riñón

Aunque la principal batalla se libre en los pulmones, este virus puede dañar otras zonas del cuerpo, agravando el estado del paciente

Este es el viaje que emprende el coronavirus desde que logra introducirse en el cuerpo humano. A partir de ese momento, comienza una batalla que, en el caso de las personas mayores con patologías previas, puede ser feroz. Un viaje que afectará a los pulmones, el corazón, el riñón, el cerebro, el sistema nervioso central y el intestino y que pondrá en riesgo la vida del paciente.

Todo comienza de una forma tan inocente que ni la más perversa de las mentes podría imaginar como esa situación inicial tan cotidiana podría terminar desencadenando una batalla tan dura y, a veces, con un desenlace fatal.

Como decíamos al principio todo comienza de una manera sencilla. Imaginemos a una persona, probablemente, un amigo o un familiar, que no lleva puesta la mascarilla, mientras habla con nosotros o mientras nos canta nuestra canción favorita, lo que le permite expulsar unas gotas cargadas con el nuevo coronavirus, denominado SARS-CoV-2.

Nosotros, que no podemos sospechar que esta persona, a la que queremos y con un aspecto tan saludable, pueda ser un portador asintomático, inhalamos tranquilamente esas gotitas que salen de su boca. Esa gotitas pasan a un nuestra nariz y a nuestra garganta y allí encuentran un hogar confortable en el que instalarse.

Una nueva casa llena de células en cuya superficie hay una enzima convertidora de angiotensina 2, ACE2, que, a su vez, es un receptor funcional, es decir, que actúa como un cerradura en la que el nuevo virus puede encajar sus proteínas S, es decir, puede introducir su llave.

Una vez que el virus ha realizado esta operación, la puerta de nuestras células se abre y el virus se introduce dentro de nuestras células y secuestra su maquinaria, obligándola a hacer innumerables copias del virus. Estos componentes crean nuevos virus que salen de la célula y comienzan a infectar a otras células. Y la operación se repite innumerables veces.

Si nuestro sistema inmune, en esta fase inicial, no neutraliza al virus, éste baja por la tráquea para atacar a los pulmones, donde puede volverse mortal. Las ramas más delgadas y distantes del árbol respiratorio de los pulmones terminan en pequeños sacos de aire, denominados alvéolos. Cada uno de estos saquitos está revestido de una capa de células que cuentan con receptores ACE2 (las cerraduras que se abren con la llave que tiene el nuevo coronavirus).

En una situación normal, el oxígeno llega a los alvéolos, el lugar en el que los pulmones y el torrente sanguíneo intercambian dióxido de carbono y oxígeno a través de los capilares, pequeños vasos sanguíneos. Desde allí, el oxígeno se transporta al resto del cuerpo.

Pero como el virus ya está atacando a los pulmones, la situación no es normal. En realidad, lo que allí se está viviendo es una verdadera batalla, en la que los glóbulos blancos (que ayudan a combatir las infecciones) liberan moléculas inflamatorias, denominadas quimiocinas, pequeñas proteínas encargadas de movilizar y activar a los glóbulos blancos. Y, como en todas las batallas, los enfrentamientos dejan un reguero de restos compuesto por células muertas y pus, que dificultan que el intercambio de oxígeno se produzca y, por lo tanto, que el paciente pueda respirar.

Esta batalla, en realidad, es lo que conocemos como neumonía y que en el paciente provoca tos, fiebre y respiración rápida y superficial. Algunos pacientes con SARS-CoV-2 se recuperan tras recibir solo el apoyo de oxígeno inhalado.

Sin embargo hay otros en los que su situación se agrava de una forma repentina y desarrollan un síndrome de dificultad respiratoria aguda. Los niveles de oxígeno en su sangre caen en picado y los pacientes luchan cada vez más para poder respirar. Estos pacientes necesitan la ayuda de los respiradores para garantizar la llegada de oxígeno a la sangre y muchos, a pesar de ellos, mueren.

Los pulmones son la zona cero de este nuevo virus, es decir, el lugar en que se sufre con más intensidad la infección, pero el virus o la batalla que provoca a su paso por nuestro cuerpo puede dañar muchos otros órganos.

Algunos expertos sospechan que el empeoramiento de muchos pacientes se debe a que su sistema inmunitario reacciona de una forma exagerada contra este enemigo. Esta reacción se denomina tormenta de citoquinas y también puede ser desencadenada por otras infecciones virales.

Cuando existe un número muy elevado de citoquinas, que aumentan la actividad del sistema inmune, es posible que el sistema inmunológico no pueda detenerse. Entonces, las células inmunes, además de atacar a las partes infectadas del cuerpo, también dañan los tejidos sanos. Los vasos sanguíneos gotean, pero también se forman coágulos y la presión sanguínea baja. Pero esta teoría todavía se tiene que demostrar.

El coronavirus también golpea al corazón

El modo en que el SARS-CoV-2 ataca al corazón y los vasos sanguíneos todavía es un misterio, pero, según un artículo publicado en la revista JAMA Cardiology, un 20% de los 416 pacientes hospitalizados en la ciudad de Wuhan, China, presentaban daño cardiaco. En otro estudio, también realizado en Wuham, el 44%, de los 36 pacientes ingresados en la UCI, tenía arritmias.

Parece ser que la infección también afecta a la sangre. En una UCI holandesa, el 38% de los 184 pacientes que tenían este virus, casi un tercio, presentaba coágulos, según un artículo publicado el 10 de abril en la revista Thrombosis Research.

Estos coágulos pueden desprenderse y viajar hasta los pulmones, bloquear una arteria y provocar una embolia pulmonar, lo que podría producir la muerte de muchos pacientes. En otras ocasiones, estos coágulos pueden llegar hasta el cerebro y provocar un ictus.

La infección también podría producir una constricción de los vasos sanguíneos. Esta es la causa de que muchos pacientes experimenten una reducción del flujo sanguíneo en los dedos de las manos y de los pies, lo que termina provocándoles dolor, hinchazón y la muerte de los tejidos.

Este estrechamiento de los vasos sanguíneos podría explica por qué algunos pacientes, que tienen niveles extremadamente bajos de oxígeno en la sangre, no presentan problemas para respirar.

Los expertos creen que es posible que este virus altere el equilibrio de las hormonas que ayudan a regular la presión sanguínea y estreche los vasos sanguíneos que van a los pulmones.

El nuevo virus afecta al riñón

Otro de los objetivos de este virus es el riñón, dotado de receptores ACE2. Aunque el pulmón sea el principal campo de batalla, una fracción del virus posiblemente también ataca al riñón. Y, como en cualquier guerra, si dos lugares son atacados al mismo tiempo, cada uno empeora aún más.

Un 27% de los 85 pacientes hospitalizados en Wuhan presentaban insuficiencia renal. El 59% de las personas hospitalizadas en las provincias chinas de Hubei y Sichuan tenían proteínas en la orina y el 44%, sangre, ambos indicadores sugieren daño renal.

El cerebro y el sistema nervioso central también son sus objetivos

Se ha observado que muchos pacientes han llegado al hospital desorientados o confundidos o estaban mareados o tenían dolores de cabeza o, incluso, convulsiones. También se ha visto que otros experimentaban problemas con el gusto o el olfato.

Los pacientes mayores, muchos de los cuales sufrían otras enfermedades crónicas, tenían un mayor riesgo de sufrir problemas neurológicos relacionados con el COVID-19.

El Dr. Rafal Ortiz, jefe de cirugía neuro-endovascular en Northwell Health Western Region, en la ciudad de Nueva York y Westchester, ha asegurado a WebMD que estos datos podrían relacionarse con la participación directa del virus en el cerebro, el tronco encefálico y los nervios periféricos.

Un estudio realizado en China encontró que los casos de ictus, la alteración de la consciencia y otros problemas neurológicos eran relativamente comunes en los casos más serios de la enfermedad COVID-19.

Tras analizar los 214 casos graves de coronavirus, tratados en la ciudad de Wuhan, los médicos informaron que el 36,4% de los pacientes mostraban síntomas neurológicos.

Y algunos de estos síntomas aparecieron sin que los pacientes mostraran los típicos síntomas asociados con el coronavirus, como la fiebre, la tos y la diarrea.

Según el Dr. Bo Hu, un neurólogo del Hospital Union de Wuhan, los médicos deberían considerar la infección del coronavirus como una de las posibles causas del problema. De esta manera, asegura, se evitaría un retraso en el diagnóstico o proporcionar un diagnóstico equivocado.

El coronavirus llega al intestino

Parece ser que este coronavirus puede infectar el revestimiento del tracto digestivo inferior, en el que abundan los receptores ACE2. El ARN del virus se han encontrado en las heces de muchos de los pacientes analizados.

Estudios recientes sugieren que hasta la mitad de los pacientes experimentan diarrea, asegura Brennan Spiegel del Centro Médico Cedars-Sinai en los Angeles.

En cuanto a si el virus podría transmitirse a través de las heces, los expertos aseguran de que no tienen evidencias de que esto se pueda producir, dado que aún no está claro que las heces contengan el virus infeccioso intacto o solo su ARN (en el que se transporta la información genética del virus) y proteínas.

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