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El cerebro también necesita ir al gimnasio

Case study: cómo se logró que una paciente que tenía fobia a los médicos recibiera terapia cognitiva

Paula hacía tiempo que veía que la demencia de su madre, Carmen, estaba progresando. El problema es que no había forma de llevarla al neurólogo. Se negaba en redondo. Y, últimamente, no solo eso, también se ponía agresiva. Finalmente, fue Paula quien visitó a la especialista. Tras contarle, sobre todo, los continuos problemas de memoria que tenía su madre, la neuróloga, que ya la trataba, le recomendó que contactara con un neuropsicólogo para que trabajara con ella una serie de ejercicios que estimularan su capacidad cognitiva.
 
-“¿Y cómo contacto con un neuropsicólogo?”, le preguntó Paula a la neuróloga.
-“Aquí tenemos un servicio muy bueno”, contestó la doctora.
– “Ya…”, respondió Paula. “El problema es cómo la convenzo para venir hasta aquí. Si no la he podido traer a la consulta, no sé cómo me las voy a arreglar para que reciba sesiones de terapia”.
– “Pide en Admisiones que te dejen hablar con Rubén Sebastián. Seguro que se le ocurre algo”, añadió la doctora.
 
Y fue así como Carmen llegó a la consulta de Rubén. “Lo primero que hice” –comenta Rubén– “fue quitarme la bata blanca”. Pero, aun así, a la familia le costaba mucho llevarla a las sesiones de estimulación cognitiva.
 
“Hemos conseguido que durante la terapia, Carmen esté muy a gusto. De hecho, una vez que entra, está encantada. Y se va deseando volver, pero claro se le olvida enseguida. Y la lucha comienza cada vez que viene”, explica.
 
Para evitar estas situaciones, Rubén ha ideado un sistema. Cada vez que Carmen tiene que acudir a terapia, su hija no debe mencionar que van a ir al hospital o a visitar al médico, sino que van a pasar un rato con Rubén. Además, en el momento que mencionan su nombre, deben enseñarle su fotografía porque, al verle, sí le recuerda. Para impedir que se le olvide dónde va, Carmen tiene que llevar la foto entre sus manos durante todo el trayecto.
 
Cuando llega, Rubén la agasaja.
 
-“¡Hola Carmen! Qué ganas tenía de volver a verte. Sabes que he hecho la receta que me diste la pasada semana. Me ha salido una paella riquísima. Bueno, seguro, que no tan buena como las que haces tú, pero no estaba mal. He seguido todas tus indicaciones, y a todo el mundo le gustó muchísimo”, le comenta Rubén. 
-“Sí, bueno, a mí es que la paella me sale muy rica, siempre me lo ha dicho todo el mundo. Me enseñó mi madre, que era de Valencia y, claro, pues yo aprendí muy bien. Pero ¿yo qué estoy haciendo aquí?”, le pregunta Carmen.
 -“Ejercicios para mantener la mente en forma. Igual que hay que caminar o ir al gimnasio para estar ágil, también hay que hacer estos ejercicios para tener la mente en plena forma. ¿Vale?”, le pregunta Rubén.
 -“Sí, sí, si yo contigo estoy bien. Eres un chico muy majo, me recuerdas a uno de mis nietos”.
-“¿Así que tienes nietos?, se interesa Rubén.
-“Claro, y muy guapos. Tengo una nieta preciosa, de dos años”, comenta Carmen.
-“¿No tendrás una foto?”.
-“¿Una foto? Pues no me acuerdo…”
– “Igual en el bolso”.
– “Ah, sí, en el bolso. Claro, en la cartera. Sí, voy a ver”.
– “Es guapísima, Carmen, yo creo que tiene tus ojos”.
– “¿Mis ojos? No sé…”
– “Yo tengo una hija de dos años que me tiene loco. ¿Quieres ver un vídeo de ella? Mira cómo baila. No sé a quién ha salido, porque a mí se me da fatal eso de bailar”.
 
Carmen no recuerda qué hizo ayer ni cuándo fue la última vez que estuvo con Rubén, pero siempre pregunta por su hija.
 
Con estas conversaciones, Rubén intenta demostrarle a Carmen que ella es importante para él. “La escucho atentamente, me intereso por todo lo que cuenta, le hago comentarios… Todo para que ella se sienta valorada. Sobre las cosas que le gustan, como cocinar, le pido consejo. Sé que en un rato, Carmen olvidará de que hemos estado hablando, pero la sensación de que ha estado a gusto, de que se ha sentido valorada, permanecerá”, continúa Rubén.
 
Durante todo el tiempo que están juntos, Rubén elegirá actividades que le resultan agradables a Carmen. Los ejercicios no serán ni demasiado fáciles ni demasiado difíciles. Cuando encuentre dificultades, Rubén la guiará, le proporcionará alguna pista, de una forma discreta, para que lleve a cabo con éxito la actividad. Es muy importante reforzar su autoestima porque la mayor parte del día, los pacientes, como Carmen, observan como su propio deterioro les impide realizar con éxito las actividades que quieren llevar a cabo. El fracaso es una sensación que les acompaña continuamente. 
 
Uno de los ejercicios consiste en que Carmen encuentre determinados objetos que hay en la sala. Para lograrlo, primero tiene que recordarlos. Rubén le ha enseñado dos trucos para no olvidarse: repetir sin cesar el nombre del objeto o hacer una frase con ellos. “A ver, Carmen, dónde está el calendario”, le pregunta Rubén. Y Carmen repite mientras mira con atención las paredes de la habitación: “El calendario, el calendario, el calendario… ahí, está ahí, en la pared”. “Muy bien Carmen, y ahora, dónde está…tu bolso”. “Mi bolso está…” Esta vez, Carmen no lo encuentra, y al rato, le pregunta a Rubén: “Yo, ¿qué hago aquí?”. Rubén se acerca, y con un tono muy suave, le explica que todas la semanas pasan un rato juntos para entrenar su mente. “Es como ir al gimnasio del cerebro”. Carmen le mira y lo acepta.
 
Entonces, Rubén cambia la actividad. Ahora, tiene que contar el número de coches blancos aparcados que se ven por la ventana. Carmen, se asoma, obediente, y comienza a enumerarlos.
 
-Uno, dos… blancos ¿verdad?”, se asegura Carmen. “Pues, tres, tres coches blancos”, concluye.
-“Muy bien Carmen”, la anima Rubén.
-“Carmen ¿no quieres ir al baño? Porque yo tengo que ir”, le pregunta Rubén.
-“Pues sí”, dice Carmen.
– “Vale. Entonces nos vamos al baño. El baño está al fondo. Para recordar dónde está el baño lo mejor es que lo repitamos durante todo el camino”, recuerda Rubén.
 
Carmen, aplicada, repite su canción: “El baño está al fondo. El baño está al fondo”.
Carmen llega al baño, entra. Rubén la observa. Al cabo de un rato, Carmen sale satisfecha y regresa a la sala. Rubén está en la puerta, esperándola. Esta vez, Rubén se emociona. “Carmen lo has hecho perfecto. Muy bien. Eres una campeona”, la anima
 
Llevan varias semanas practicando este ejercicio y, por fin, le ha salido bien. Carmen sonríe. Está contenta.
 
“Siempre intento que se ría, especialmente, cuando la sesión termina y se va a marchar, para lograr que esa sensación se grabe en su cerebro”, aclara Rubén.
 
Se acerca la hora en que tiene que irse, pero antes, Rubén le propone un ejercicio que le encanta.
 
 “A ver Carmen, a ver si me enseñas los refranes”.
-“A quien buen árbol se arrima…”, comienza Rubén.
-“Buena sombra le cobija”, termina Carmen.
-“Un hora de alegría…”
-“Compensa diez malos días”.
 
Eso es lo que intenta Rubén todas las semanas. Que durante una hora, mientras estimula sus neuronas, Carmen se sienta importante, satisfecha con sus logros. Y busca que esa sensación de seguridad le acompañe durante toda la semana.
              

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