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Dora, una terapia para pacientes con alzhéimer

La terapia asistida con animales logra tranquilizar a pacientes con alzhéimer

Uno de los momentos más tristes por los que Maribel ha pasado fue cuando tuvo que dejar a su marido en un centro residencial: se sintió tan culpable. Antes de llegar a esta situación, Maribel lo había intentado todo.
 
Luis, un profesor de universidad jubilado, sufría alzhéimer en fase avanzada. Desde que a su marido se le diagnosticó la enfermedad, Maribel siempre había estado a su lado, pero estos dos últimos años casi pueden con ella. Y en especial los últimos meses, cuando a Luis le dio por arrancar las cortinas. Cuando Maribel se acercaba y le pedía que parara, Luis se volvía y la miraba de forma agresiva. La última vez, se apartó justo a tiempo de evitar un tortazo. Aquel incidente, le empujó a tomar la decisión. Ella ya no se veía capaz de atenderle en casa.
 
“Luis se comportaba así porque no sabía lo que estaba pasando. Cuando su mujer se acercaba y le preguntaba alterada qué le ocurría, él no la reconocía, y se sentía agredido por su tono de voz. No sabía lo que pasaba, y reaccionó de esta manera porque intentaba defenderse. Él interpretó la situación de una forma completamente distinta. Por eso, cuando aparecen alteraciones de comportamiento, es muy importante que nos mantengamos serenos. Hay que estar tranquilos y hablarles con un tono suave. De esta manera, intentaremos reconducir su conducta”, explica Sara Rivera, psicóloga del centro residencial Sanitas Las Rozas (Madrid).
 
Cuando Luis ingresó en el centro, su actitud no mejoró: siguió tirando de las cortinas. Comenzó, entonces, un proceso de observación por parte de los profesionales del centro. Intentaban averiguar qué provocaba esa actitud y qué le motivaba. “Un día –continúa Sara– probamos con la terapia asistida con animales. En este caso, utilizamos a Dora, un labrador. Vimos que, cuando la perra se acercaba, él la sonreía. Luego, cuando le colocábamos su mano sobre su lomo, terminaba moviéndola lentamente. Al acariciar al perro disminuía su agresividad. Está comprobado que esa actividad baja la frecuencia cardiaca y la tensión arterial”.
 
Tras hablar con los familiares, descubrieron que Luis nunca había tenido perros y que le gustaba mucho salir a la calle. Con él nos marcamos dos objetivos: reducir su agresividad y mantener su autonomía.
 
A Luis, ahora, le cuesta mucho caminar. Por eso, el ejercicio que tiene que realizar es mantener los paseos. Las actividades se deben adaptar a la etapa en la que se encuentra el paciente. Hay días que Luis, por ejemplo, es capaz de dar una vuelta; otros días, en cambio, necesita a dos personas para poder andar. “Pero hay que intentarlo todos los días, hay que seguir manteniendo la actividad física porque es un elemento muy importante”, insiste Sara.
 
La razón por la que Sara hace hincapié en este punto es porque sabe que muchas veces, cuando la demencia avanza, los cuidadores piensan que para qué van a levantar a este tipo de pacientes. Creen: “mejor le dejo en la cama, como no hace mucho”. Sin embargo, para estas personas es fundamental que las levanten, que las aseen, que las vistan y que desayunen en una posición diferente de la de estar tumbado.
 
Dora, la perra que ha cautivado a Luis, ha conseguido que siga caminando. “Son perros muy adiestrados, como los que emplea la ONCE, dirigidos por un terapeuta que es quien se encarga de marcar el ritmo al perro. Gracias a Dora hemos conseguido que Luis se tranquilice y que siga paseando ”, precisa Sara.
 
Luis no es el único caso que se ha beneficiado de la presencia de este perro labrador. Dora ha conseguido que otros residentes fueran capaces de comer por sí mismos. “Tenemos pacientes a los que les cuesta mucho mantener la movilidad de los brazos. Pero cuando les hemos explicado que tenían que dar el pienso a Dora, que esa era su comida, ellos se han esforzado muchísimo por conseguirlo. Creo que sin esa motivación, no hubieran sido capaces de levantar el brazo y de darle de comer”, comenta Sara con orgullo.
 
Una vez fijados los objetivos con cada paciente, el siguiente paso es planificar las sesiones con el terapeuta experto en perros. Si lo que se busca es que el paciente tenga más movilidad en su brazo y aumente su rango articular, les comentan que tienen que preparar la comida a Dora. Pero, para dársela, se la tienen que situar a una determinada distancia. Así, ellos se esfuerzan sin darse cuenta. Estos ejercicios también los podrían hacer en una sesión de fisioterapia, pero de esta manera, no son conscientes del esfuerzo que hacen y, además, cuentan con una motivación extra: ver cómo se relame Dora, un perro bonachón que les mira fijamente con unos ojos que parecen dos enormes lagrimones.
 
El perro se convierte en un facilitador de todas las tareas. Además, permite mejorar el estado de ánimo del paciente y aumentar su autoestima. Carmen, otra residente con demencia en fase intermedia, gracias a Dora ha dejado de ser una persona que solo recibe cuidados a ser también capaz de cuidar. Esta responsabilidad le hace sentirse necesaria. Y, por eso, saca fuerzas para seguir untando a Dora el paté para perros. O para cortar las salchichas y ponérselas sobre el pienso, como si se tratara de una cara sonriente, porque “Dora” –dice Carmen– “come mejor cuando se le prepara un plato bonito”.
 
Con este tipo de terapia también se consigue que los pacientes no olviden actividades básicas de la vida diaria, como abrocharse la ropa o peinarse. Incluso, estimula sus conductas sociales y emocionales: vuelven a acariciar, a abrazar.
 
Algunos de estos ejercicios fueron los que tuvo que practicar Carmen cuando le pidieron ayuda para poder llevar a Dora a un concurso de disfraces. Era carnaval, y ella se encargó de vestirla. Cuando terminó, Sara se acercó para felicitarle por su trabajo. “Mira qué guapa la has dejado. Con lo sucia que estaba. ¿Has visto? Vamos a hacerle una foto”.
 
“Es muy importante –aclara Sara– que reciban ese refuerzo positivo. Esas palabras de aliento. Hay que reconocerles su trabajo, hacerles sentir que son importantes, útiles”.
 
En la habitación de Carmen, junto a la foto de su boda y la de la comunión de su nieta, se encuentra ahora Dora, un labrador negro, vestido con una capa roja y una extraña lazada, pero con una expresión tan tierna, que entiendes por qué Carmen hará lo posible y lo imposible para devolverle todo ese cariño. La demencia no contaba con Dora. Ahora, lo tendrá más difícil.

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