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Moderada 16 diciembre de 2021

Cuento de Navidad escrito por algunas personas con deterioro cognitivo

Estas tres historias nos muestran cómo se vivían estas fechas en la España de los años 20 y 40

Este Cuento de Navidad está escrito con los recuerdos de cuatro mujeres, algunas de ellas con deterioro cognitivo. Sus experiencias se han agrupado en tres historias que nos muestran cómo se vivían estas fechas en la España de los años 20 y 40.

Moni descubre que es guapa

24 de diciembre en un Madrid frío y tranquilo. La mayoría de las familias están recogidas en casa preparando la Nochebuena. Son los años 20, una época dominada por la pobreza y la incultura. En este periodo, la mayoría vive al día.

Esa tarde, antes de que anocheciera, la madre de Moni la había preparado para salir juntas. Hacía un frío que pelaba, pero Moni, apenas lo notaba. Iba muy bien protegida con su abriguito azul marino, las botitas, la capotita blanca y una bufanda anudada en la nuca que la tapaba la nariz y casi no le dejaba respirar.

Iba de la mano de su madre, que no la soltaba. Avanzaban a paso ligero, pero, a veces, Moni cogía una bocanada de aire, que se mezclaba con la pelusa que desprendía la lana de la bufanda, y daba un pequeño saltito.

Caminaban por una calle estrecha, tan estrecha que cuando venía alguien de frente, ella se tenía que poner delante de su madre para que la otra persona pasara. Su madre la llevaba bien sujeta, y Moni, que sabía las reglas, había desarrollado una gran destreza en sus movimientos. Un golpe de mano era la señal, y ella rápidamente se situaba delante.

-“Madre ¿queda mucho?”, le preguntó Moni.

-“Ya casi estamos”, la respondió.

En cuanto pisaron la plaza de Tirso de Molina, su madre señaló un local con el dedo.

–Mira, ahí está la tienda de fotografía “Alfonso”.

Cuando llegaron, las dos se quedaron mirando fijamente el escaparate.

-Has visto Moni, ésa es tu foto. Tenía razón tu tía: la han seleccionado para ponerla en el escaparate.

Moni se quedó mirando su imagen. Estaba sentada en una sillita, con la cabeza ligeramente ladeada y sujetando con las manos un ramillete de flores.

¿Sería verdad que era guapa?, pensó. Ella se llamaba Conchi, pero todos la llamaban Moni porque decían que era muy mona.

Era la única niña de la familia, y eso le encantaba porque en Reyes recibía regalos de sus padres, de sus tíos y de alguna que otra vecina. La mimaban, la mimaban mucho.

Su madre, que era todo corazón, invitaba a casa a todas las niñas del barrio para que jugaran con sus juguetes. Y si sabía que alguna no tenía, le daba alguno de los suyos.

Después de ver su retrato, su madre se convenció y le dijo que mandarían su foto a un concurso de belleza. Moni la miró y asintió con la cabeza.

En realidad a Moni eso le daba igual. Ella estaba deseando llegar a casa de su abuela Petra, una madrileña castiza con mucho salero.

Hoy era Nochebuena, y en su casa les esperaban sus tíos y sus primos.

“Seguro que mi padre ya habrá ido a buscar el cordero a la panadería”, pensó Moni.

Como su abuela no tenía horno, ellos se encargaban de asarlo. Después de la cena, se iban todos a la Misa del Gallo.

A Moni le gustaba sentarse con los gemelos, unos primos un poco mayores que ella que siempre la estaban armando. El año pasado estuvieron sembrados. Se sentaron en los bancos del final de la iglesia, y mientras las mujeres entonaban los cánticos, ellos, con unos imperdibles, les ataron las faldas. Cuando se acabó la misa se montó una buena. Una señora tirando para un lado y la otra viendo que la falda se le marchaba para el lado contrario. Todavía nos reímos cuando nos acordamos. Pero aquel día les regañaron mucho, y a punto estuvieron de quedarse sin participar en la comida de Navidad.

Después de la misa, regresaremos a casa para continuar con la fiesta. Cantaremos villancicos y mi abuela tocará el almirez.

Mi abuela pone mucho empeño, tanto que el moño se le deshace por los lados por el ritmo que lleva. A mí me gusta ponerme junto a ella para seguir sus canciones con una pandereta muy grande, que casi abulta más que yo. Un duro me dijo mi padre que había costado.

Pero lo mejor de ese día es que me dejan quedarme a dormir con mi abuela. Yo con ella soy feliz.

El muñeco del feriante

Esa misma noche, un poquito más al Sur, en la provincia de Toledo, en el pueblo de Huecas también se están preparando para celebrar la Nochebuena. Aurelita y su hermana Lorenza se han acercado sigilosamente a la despensa. Saben que si su madre las pilla les puede a caer una buena.

Ella, que es la mayor y, por lo tanto, más alta, se pone de puntillas para alcanzar el paquete de café del Gato Negro.

-“Ya lo tengo”, le dice Aurelita a su hermana.

Con el paquete escondido entre el jersey, se dirigen al cuarto donde duermen con el resto de sus cuatro hermanas. Afortunadamente, su madre está ocupada preparando la cena.

-“Venga, escupe un poco”, le decía Aurelita a su hermana pequeña.

Lorenza la mira y cuando va a escupir, se para y le pregunta: ¿pero dónde escupo?

-“Espera, espera, no vaya a ser que me escupas en la cara. Voy a buscar un trapo y lo mojo con un poco de agua”.

-“Que no te vea madre porque como nos pille nos podemos preparar”, dice Lorenza.

-“No me verá. Está con el cardo”, responde Aurelita.

Al rato vuelve con un trapo blanco. Se sienta en el suelo y pone sobre sus rodillas el paquete de café, retira el envoltorio con cuidado y moja el papel con el trapo humedecido. Enseguida, el trapo se tiñe de rojo.

-“Ven, Lorenza, ven, que ya lo tengo. Cierra los ojos que, así, te lo extiendo mejor. Y con el trapo le frota un moflete y luego el otro. Ahora tú. ¿Ya sabes cómo tienes que hacerlo?”

-“Sí. Déjame. Primero te lo froto en un lado y luego en el otro. Cierra tú también los ojos”.

Y así, pareciendo dos pequeñas peponas, se miran en un espejito.

-“A que estamos guapas”, dice Adelita.

-“Guapísimas”, confirma su hermana.

Y se van al armario paran ponerse el vestido de los domingos.

“Ves”, exclama Aurelita. “Ya estamos preparadas para la cena”.

Pero esa noche, su abuelo llegó a casa antes de lo esperado.

-“¿Dónde está Aurelita?”, le pregunto a su hija.

-“No sé, por ahí anda, con su hermana, hace tiempo que no las oigo”, respondió.

-“Aurelita ven aquí”, gritó su abuelo.

Aurelita aparece en la puerta toda emperifollada y con las mejillas como dos granadas.

– “Pero niña ¿estás bien?. Estás toda roja. A ver si vas a tener fiebre”.

– “No abuelo, que estoy bien.”

– “Bueno, pues si estás bien, coge una tinajilla y vete de una carrera a comprar un poco de cazalla a la casa de la tía Luciana. Toma, aquí tienes el dinero. No lo pierdas y tráeme las vueltas”.

-“Sí, abuelo”.

Aurelita se pone un mantón encima del vestido de los domingos y se dirige corriendo hacia la casa de la tía Luciana. Pero, ya de regreso, decidió cambiar la ruta y pasar por la Plaza del pueblo.

Entonces, en el centro, descubrió a un feriante. Se acercó y vio que en el carromato tenía un muñeco. Era el muñeco más bonito que había visto nunca. Estaba vestido con un traje rojo y llevaba una corbatita a rayas.

-“Hola niña”, le dijo el feriante

-“Hola”, respondió Aurelita.

-“¿Te gusta el muñeco?,” le preguntó el feriante

-“Mucho”, dijo Aurelita.

-“Pues si me compras un boleto, puede ser tuyo”.

Aurelita apretó las monedas que le habían sobrado. No lo pensó dos veces. Cuando se quiso dar cuenta ya estaba pagando el boleto al feriante.

Al llegar a casa, le dio a su abuelo la tinaja de cazalla y las pocas monedas que todavía le quedaban. Su abuelo cogió las vueltas y, con el lío de la cena, no las contó. Aurelita respiró aliviada.

A eso de las nueve, cuando ya se disponían a comer el cardo, llegó su tío. Mientras le servían un vaso de vino, empezó a contar que el feriante estaba buscando al ganador del muñeco, pero que no aparecía.

-“Yo he comprado un boleto con unos ahorros que tenía”, dijo Adelita mintiendo.

-“Dame el número”, dijo su tío.

Se marchó corriendo hacía la plaza con el boleto en la mano. Se fue tan deprisa que salió en mangas de camisa.

Al poco, volvió con una caja.

-“Toma, Aurelita. Es para ti”, me dijo mi tío.

Tenía tantos nervios que casi no atinaba a abrir la caja. Cuando lo logré, me quedé mirando el muñeco, mi muñeco. Era precioso. Era un muñeco de cartón-piedra, pero tenía una cara tan bonita.

Lo guardé durante muchos años. Incluso, ya de mayor, cuando me fui a trabajar a Inglaterra le pedí a mi madre que lo cuidara y que no dejara que nadie lo tocara. Me lo guardó hasta que regresé.

Cuando los Reyes casi me pillan

En Ceuta, donde nació Loli, muchas familias regresan a la península para pasar las Navidades. Pero su familia prefería reunirse allí.

Son los años 40, una época situada en plena posguerra. En esos años en los que llegar a fin de mes significaba tener lo justo para comer.

Pero en el hogar de Loli, a pesar de las estrecheces, estas fechas se viven con alegría.

Tres días antes de Nochebuena, en su casa ya están liados con los preparativos. Hacen los dulces entre todos. Los hombres también colaboran.

“Lo que más hacíamos eran pestiños”, recuerda Loli. “Era muy trabajoso porque había que alisar bien la masa para luego cortarla en tiras y hacer con ella unos lacitos. Después se freían y se les echaba miel o azúcar. Estaban buenísimos”.

Loli recuerda que en esa época la muñeca más famosa era la Mariquita Pérez. Esa muñeca de cartón piedra, ojos fijos, mofletes sonrosados y boquita de piñón era la más desea por las niñas en la década de los 40.

La más deseada sí, pero muy pocas pudieron conseguirla porque, por entonces, costaba 85 pesetas, y el salario medio de un trabajador era de 150 pesetas.

Loli se la pedía a los Reyes todos los años, pero nunca se la traían.

Pero un año, Loli se levantó y se dirigió a la ventana en la que dejaba los zapatos.

“Encontré que en el suelo había unas huellas. Intrigada las seguí. Llegaban hasta el baño y allí estaba, con su vestidito de rayas rojas y blancas, allí estaba mi Mariquita Pérez”.

Una de las razones por la que gustaba tanto esta muñeca era por su exquisito vestuario. Constantemente salían nuevos trajes.

A Loli, cada año le regalaban un nuevo modelo para su Mariquita. “El caso es que cuando se los ponía, a mí las telas me resultaban familiares, pero nunca imaginé que las diseñadoras eran mis tías, que cosían que era un primor. Ellas los hacían con los retales que había por casa”.

“Un año, me quedé levantada porque quería pillar a los Reyes”, comenta Loli.

“Escuché voces en el salón, así que me acerqué despacito y cuando iba abrir la puerta oí algo así como un especie de grito que decía: ´jamalajá´.

Loli se asustó tanto que regresó corriendo a su habitación. Se metió en la cama y se tapó toda entera con las mantas.

“Ese día, del susto, me hice pis en la cama”, recuerda.

Si quieres leer el cuento de Navidad del 2020 puedes encontrarlo aquí

 

 

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1 Comentarios

  • Me han encantado los cuentos de navidad. Son tan tiernos y tan genuinos que a la vez me han hecho sonreír y traído lágrimas a mis ojos. Muchas gracias Aurelita, Loli, Moni.

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