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Leve 23 marzo de 2022

Cómo rehabilitar una cadera sirvió para reforzar la identidad

Mediante un programa de ejercicios y de estimulación se logró que una mujer de 91 años no solo recuperara su movilidad, sino también su humor y las ganas por vivir

La rehabilitación de una fractura de cadera pasó de ser un proceso doloroso y desalentador a convertirse en un camino que llevó a desarrollar una habilidad, fortalecer la identidad de nuestra protagonista y permitirle crear un nuevo grupo de amistades.

Y todo gracias a un equipo, que siempre vio en María Antonia a una joven de 91 años que debía encontrar el modo de mantener su autonomía, su genio y su ironía. En definitiva, su forma de vivir

Todo comenzó con una fractura de cadera

María Antonia ingresó, en el centro residencial Sanitas La Moraleja, en una silla de ruedas tras ser operada por sufrir una fractura de cadera. El plan estaba claro: rehabilitación y vuelta a caminar.

Pero, a veces, las cosas no suceden cómo se han planeado o, más concretamente, con la rapidez con las que uno piensa que van ocurrir. A veces, surgen piedras que entorpecen nuestro camino y que, incluso, nos llevan a pensar que nunca conseguiremos lo que pensábamos que íbamos a lograr.

Eso fue precisamente lo que le ocurrió a María Antonia. Una mujer independiente, que siempre había trabajado y a la que no le gustan nada los cambios.

Pues, a sus 87 años, fecha en que se inició este proceso, tuvo que enfrentarse a muchos, y cada uno abría la puerta a otros más.

La fractura le impidió continuar en su casa. Tuvo, además, que abandonar sus rutinas, rutinas que durante años había ajustado metódicamente con la precisión de un relojero suizo.

Le esperaban dos meses de rehabilitación, y “a correr”, es decir, a poder dejar la silla de ruedas y a volver a caminar por su propio pie.

Pero María Antonia no contaba con el dolor, la hinchazón, la artritis y su propio miedo. Miedo a caerse y a romperse otra articulación, miedo a no recuperarse, a quedarse en la silla de ruedas para siempre, miedo a depender de los demás.

Cada vez que intentaba hace los ejercicios, la pierna le dolía mucho y se le hinchaba. Los avances eran muy lentos, apena veía progresos. Comenzó entonces a deprimirse, a pensar que ya no iba a poder hacer nada por sí sola. Aquellos pensamientos la consumían.

“Le dolían mucho las manos porque se apoyaba constantemente en las barras, y eso le impedía coger el andador. También le dolían las rodillas debido a la artrosis”, comenta Emilio Fisac, fisioterapeuta del centro, y quien se encargó de diseñar su programa de rehabilitación.

Su recuperación fue muy lenta. Si habitualmente una operación de reemplazo de cadera suele necesitar dos meses de rehabilitación, en el caso de María Antonia se necesitó cuatro.

Y su evolución no siempre iba hacia delante. “Daba dos pasitos para adelante y uno para atrás. Así estuvimos bastante tiempo”, recuerda Emilio.

Esos reveses afectaron a su carácter. Cuando se le animaba a hacer los ejercicios, María Antonia sacaba su genio y se quejaba de que “siempre estaban tras de ella y de que no le dejaban en paz”.

Sin embargo, si Emilio se entretenía un poco con otro residente y se retrasaba con la sesión, María Antonia le recriminaba su trabajo: “¿Es que no quieres que haga nada?”, decía.

A fuerza de trabajar los músculos inferiores y de conseguir mover la cadera, sus piernas fueron respondiendo. Poco a poco, fue ganando en estabilidad y pudo permanecer más tiempo de pie. Después volvió a caminar, aunque siempre tenía que ir acompañada.

Tras cuatro meses, María Antonia estaba lista, y ya se podía manejar sola con el andador por la residencia. De hecho, después de volver a sentirse libre para poder moverse, cambió su carácter. Se volvió más abierta, más sociable.

Fue quizá en esa época cuando eligió un sitio para sentarse, que se convirtió “en su sitio”.

Así, accidentalmente, comenzó a hacer su grupo de amigas, cuatro mujeres que, como a ella, también les gustaba sentarse en la misma zona del salón.

Una cosa llevo a la otra, y terminaron haciéndose muy amigas. A María Antonia, debido a sus problemas de espalda, no le gusta sentarse en los sofás, por eso elige siempre una silla y, para estar más cómoda, siempre lleva su cojín. Sus amigas, que lo saben, cuando la ven le acercan la silla, y le ayudan a acomodarse.

Sara Madrigal, terapeuta ocupacional del centro, que se encarga de organizar las actividades de estimulación cognitiva que tienen lugar todas las mañanas, buscó desde el primer momento la forma de conectar con María Antonia. Descubrió que le gustaban mucho las manualidades, pero cuando Sara le invitaba a participar siempre se negaba. “Me decía que, como le dolían las manos por la artrosis, no podía hacer nada”.

Llega el confinamiento y surge una recortadora

Pero llegó el confinamiento, y todo el equipo buscó la forma de mantener entretenidos a todos los residentes. “A unos les llevábamos fichas, a otros pasatiempos o sopas de letras, pero, a los que no les gustaban estas actividades, les dábamos recortables. Yo les solía decir que eran para mis hijas”, explica Sara.

Fue así como María Antonia superó el dolor de sus manos y se dedicó a recortar. La práctica y su amor propio le llevó a desarrollar una gran habilidad. Sus dedos, al principio torpes, se convirtieron en herramientas precisas que alcanzaban los ángulos más difíciles. Y ahora se encarga de recortar todo lo cae en sus manos: letras para los carteles con los que anuncian las fiestas, recortables para los hijos de las personas que trabajan en el centro y broches que luego venden en el mercadillo solidario.

Lo hace con tanta minuciosidad, que finalmente se ha encargado de coordinar a sus amigas. Todas forman parte del grupo de «recortadoras» del centro y a sus manos llega cualquier material que requiera ser pasado por las tijeras.

“Recorta muy bien. Es muy perfeccionista. De hecho, ha recortado todas las manualidades que se hicieron estas Navidades para ser vendidas en el mercadillo solidario. El dinero obtenido se donó, luego, a las víctimas del volcán de la Palma”, explica Sara.

Pero esta actividad no solo ha servido para que María Antonia recuperara la movilidad de las manos y descubriera una habilidad sorprendente, también le ha conducido para que, a sus 91 años, se siga sintiendo útil. “Cuando se pone con esta actividad, notas en su rostro que está disfrutando”, explica Sara.

Esta ocupación ha conseguido que la relación con sus amigas se estreche todavía más y hayan encontrado otras formas de pasar las tardes. Ahora, cuando no tienen nada que recortar, organizan partidas de dominó. Se buscan y se ponen a jugar. Se acabó aquello de sentarse y no hacer nada.

Todo ha funcionado como si la vida fuera una sorprendente partida de billar. Recuperar la movilidad golpeó la bola que condujo a la socialización, de ahí se pasó a desarrollar una habilidad, la habilidad reforzó el sentido de utilidad y la identidad, la bola siguió moviéndose y dio paso a la amistad, y como resultado de estos golpes los días siguen teniendo sentido y los ojos de María Antonia no han ni el brillo ni la picardía… y todo comenzó con una fractura de cadera.

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