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Leve 22 enero de 2020

Cómo gestionar la dependencia emocional de tu ser querido

Hay que explicarle el problema y luego establecer una rutina que terminará “hablando” por sí misma

El proceso de envejecer lleva asociado la pérdida de capacidades, como, por ejemplo, las cognitivas. Esta nueva situación puede provocar que nuestro ser querido desarrolle una dependencia emocional hacia el cuidador principal. Una dependencia que, en casos extremos, como el que describimos a continuación, puede provocar que la relación entre el paciente con un deterioro cognitivo y el cuidador se vuelva insoportable. El psicólogo Juan Luis Vera nos enseña cómo gestionarla.

Son la ocho de la tarde y Magdalena espera el autobús sentada en la parada. No deja de pensar en su madre y en lo que le acaba de decir: “Hija, llévame contigo”. Su madre hace un mes que vive en una residencia, y según le cuenta, no acaba de integrarse. Esas palabras, para ella, son como cuchillos. Se siente tan culpable… pero la situación anterior era insostenible. Cada vez que la recuerda, se vuelve a crispar. “No, no”, se dice a sí misma. “A esa vida no puedo volver. No solo por mí, también por mi marido y por mi hija. No sería justo”.

Pero recordemos cómo era la situación un año antes…

Felisa, su madre, tiene 85 años muy bien llevados. Hace y deshace. Cuenta con una pequeña afectación del corazón que está bajo control y un leve deterioro cognitivo. Eso es todo. Para cualquiera que la observe, Felisa goza de una salud envidiable. Pero cualquiera no es ella. Felisa no se siente así, se ve más torpe. A veces las cosas se le olvidan, como los números de teléfono que antes recitaba de corrido sin confundirse. Pero ya no, ahora tiene que buscarlos en la libreta.

Estas pequeñas dificultades, que hacen un poco más difícil la vida a Felisa, la asustan. Tiene miedo, miedo a sentirse indefensa, a que nadie le ayuda, un miedo irracional que no comparte con nadie, ni siquiera con su hija, pero que ahora domina su vida.

Fue ese miedo lo que le llevó a convencer a su hija de que lo mejor es que se fuera a su casa a vivir con ella. Y así fue. De esto hace algo más de un año. Pero lo que en principio pareció una buena solución, acogida con cariño por el marido y la hija de Magdalena, terminó en una pesadilla.

Magdalena recuerda uno por uno los conflictos que se sucedieron y que estuvieron a punto de volverla loca. Tardó tanto en aceptar que su madre tenía celos… ¿Celos de quién? De todos.

Celos de su marido…

Magdalena no es una persona que salga mucho, pero, a veces, como a cualquier esposa le gusta salir con su marido. Aquella noche, salieron a cenar. Nada especial. Se fueron a las nueve de la noche y regresaron sobre las once y media. No hicieron más que entrar por la puerta y dejar las llaves, cuando su madre salió a recibirles echándoles en cara que habían llegado tardísimo, que ella se encontraba fatal y que no había tenido a nadie para que la cuidara. A su hija le dijo, mirándola a los ojos, qué cómo podía tener la cara de estar por ahí, divirtiéndose, mientras a ella, su madre, le podría haber pasado cualquier cosa. Magdalena no daba crédito a lo que estaba presenciando. Había salido una noche con su marido en tres, cuatro meses… ni tan siquiera lo recordaba.

Celos de su hija, su nieta…

La hija pequeña de Magdalena tiene una enfermedad que les exige ir a hospital con frecuencia para hacer los controles que ha solicitado el médico. Estas visitas conllevan que se ausenten de casa unas cinco horas, una vez cada dos semanas.

Cuando regresaron, Felisa no las hablaba. Al servirle la cena, comenzó una sucesión de recriminaciones. El discurso variaba muy poco del anterior: la poca vergüenza que tienen por dejarla sola toda la tarde, lo poco que la cuidan, lo sola que se siente.

 Celos del gato…

Cuando su nieta llegaba del colegio y se ponía a jugar con el gato, Felisa buscaba a su hija para reprenderla sobre la forma en que estaba educando a su hija, que antes de estar con ella, su abuela, prefería pasar la tarde con el gato.

Magdalena se sentía fatal. No había ni un día que no hubiera un conflicto en casa. Y su madre no paraba de repetirle lo enferma que se encontraba: depresión, problemas del corazón, dolores. Pero cuando iban al médico, las pruebas no indicaban que su salud hubiera empeorado. Durante la consulta, el médico les dijo que Felisa era hipocondriaca, a lo que su madre respondió que no volvería jamás a esa consulta.

Magdalena solo pensaba en cómo podía arreglar esa situación. Así que durante unas vacaciones, convenció a su marido y a su hija para que se fueran unos días juntos con los padres de su marido, mientras ella se quedaba sola con su madre. Era la forma de demostrarle que estaba equivocada, que quería estar con ella.

Pero aquello tampoco fue suficiente para Felisa. Ahora las quejas no se dirigían hacia dónde o con quién estaba, ahora las quejas eran sobre la forma que tenía de hacer las cosas. Que si picaba mal la cebolla, que por qué no limpiaba mejor el baño.

Así que Magdalena tomó una decisión: probar en una residencia.

El principio no fue fácil. Felisa apareció con una cara que le llegaba hasta los pies. Juan Luis Vera, el psicólogo del centro, se encargó de su integración. Tras hablar con su hija y analizar su historia de vida, la presentó a un grupo con el que encajó. El grupo, que era muy participativo, la impulsó para que se introdujera en las actividades que se organizaban todos los días. Juan Luis se sentía satisfecho, y así lo reflejó en el informe que entregó a su hija. Así que su sorpresa fue mayúscula cuando su hija le miró y le dijo:

-“Esto no es cierto”.

-“¿Cómo? ¿A qué te refieres?, le respondió Juan Luis.

-“A lo que pone el informe. Mi madre me dice que quiere volver a mi casa porque aquí no hace nada. No habla con nadie”.

-“Lo siento, Magdalena, pero eso no es lo que está pasando. Mira se me ocurre una cosa, elige un día para venir a ver tu madre, pero no me lo digas ni a mí ni a tu madre. Cuando llegues, pregunta por mí”.

Al cabo de unas días, en recepción avisaron a Juan Luis de que Magdalena le estaba esperando.

-“Hola Magdalena. Vamos a ver qué está haciendo tu madre esta tarde”, le dijo Juan Luis.

-“Muy bien”, respondió seca Magdalena.

Se dirigieron a la sala de estar. Entraron por detrás, de forma que Felisa no podía verlos. Y ahí se quedaron mirando un buen rato. Magdalena no daba crédito. Su madre estaba sentada en una mesita con un grupo de señoras. Jugaban a las cartas. Su madre se reía, hablaba, barajaba, repartía las cartas.

Magdalena no sabía dónde meterse. Por un lado, se sentía avergonzada por no haber creído a Juan Luis y, por otro, estaba indignada con su madre. Todo aquella culpa que apenas le dejaba dormir, todo lo que había sufrido… Cuando por fin reaccionó se fue a ver a su madre. Ella se sorprendió, pero en seguida cambió de actitud y  le dijo a su hija que menos mal que había venido porque se sentía tan sola…

Magdalena no entendía por qué su madre se comportaba así, por qué le hacía esto.

Según Juan Luis, en este tipo de situaciones, que son más frecuentes de lo que imaginamos, lo primero que hay que hacer es investigar cuál es origen. “En este caso, descubrí que Felisa tenía otro hijo con el que no mantenía ninguna de estas actitudes negativas. Solo las tenía con su hija, que es la cuidadora principal”, asegura Juan Luis.

Pero ¿por qué actúa así?

Estas situaciones se producen porque existe entre ellas una relación de dependencia emocional. El miedo que tiene Felisa por haber perdido capacidades le hacen no dejar de dirigir a su hija continuas llamadas de atención. Y aunque su hija se desvive por darle respuesta, para su madre nada era suficiente.

Felisa intenta tener cerca desesperadamente a su hija. Y aunque el objetivo es bueno, el modo no es el adecuado. Sus formas provocan rechazo en su hija, ese rechazo hace que la madre se sienta más vulnerable y aumente sus llamadas de atención.

Ante esta situación, Juan Luis recomienda que el cuidador ponga un poco de distancia para romper el círculo vicioso que se ha creado. Si tu ser querido tiene una manera inadecuada de pedirte que estés cerca de él, hay que intentar que vea que existe otra más adecuada de satisfacer esta necesidad. El mensaje es: “No voy a ir a verte ocho horas al día porque entonces estamos creando una relación de dependencia entre las dos, pero tampoco me vas a perder. Voy a estar a tu lado, voy a preocuparme por ti, pero no voy a estar constantemente contigo. El resto del tiempo esta persona no va a estar sola, estará con otras con las que también se sentirá acompañada”.

Esta es la forma de abordar el problema. Primero explicarlo y luego establecer una rutina. “Siempre les recomiendo a los familiares que no se enreden en argumentos, que se lo expliquen una vez y luego establezcan una rutina. Son procesos lentos, que pueden tardar seis, ocho o doce meses. Hay que tener paciencia, pero al final la persona entiende que no está perdiendo a su hijo. Y, en ese momento, la relación se recupera. Hay que dejar tiempo al resto de las actividades para que la vida de la persona mayor no gire en torno a un pensamiento obsesivo”, continúa Juan Luis.

Si esta relación se crea cuando la persona vive en casa, lo que se recomienda al cuidador es que sea capaz de establecer ciertos límites. Nuestro ser querido se tiene que acostumbrar a que el cuidador tenga ciertos momentos para él. “Al final, cuando se marca una rutina, es la rutina la que actúa por sí misma» , concluye Juan Luis.

 

 

 

2 Comentarios

  • Me siento totalmente identificada con Felisa.
    Cuesta mucho cortar esa dependencia mútua que no beneficia a ninguna de las dos.
    Gracias por los consejos.

    • Me siento identificada con Felisa. Yo lo pasé con mi madre y ahora estoy igual con mi marido, es muy penoso pasar por todo esto.

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