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Cómo se pueden evitar las contracturas

El ejercicio ayuda a mantener el cuerpo y el cerebro en forma

Un buen día Amparo ya no se quiso poner de pie. A medida que el alzhéimer avanzaba, sus movimientos se fueron haciendo más torpes. Varías veces se cayó en casa, una vez en la calle, pero, afortunadamente, no se llegó a romper nada. Pero el deterioro físico fue avanzando y cada vez se sentía más insegura sobre sus piernas. Pasó entonces a utilizar el andador, y con él se mantuvo unas semanas, hasta que un día ya no hubo manera de convencerla para que se pusiera de pie. Desde entonces, la silla de ruedas se convirtió en su cochecito particular.
 
La nueva situación no preocupó a María hasta que, poco a poco, se fue dando cuenta de que su madre, que antes era capaz de subir la pierna hasta la altura del lavabo, cada vez estaba más rígida.  Por eso, había días que era muy difícil ponerla de lado, vestirla… Empezó a temer que su madre tuviera contracturas –pérdida de movimiento en la articulaciones producidas por un acortamiento de un músculo o del tendón–. En la última fase del alzhéimer, muchas personas se quedan con las rodillas y los codos doblados. María lo sabía, así que se propuso prevenir esa situación. Todas las mañanas, movía los codos, los dedos, las muñecas, los hombros, las rodillas y los tobillos de su madre para que la rigidez no aumentara. Todas las mañanas, durante unos 30 o 40 minutos. Todavía es demasiado pronto para observar cambios.
 
Según el estudio “El profundo efecto del Programa de Movimiento Especializado en las habilidades verbales de pacientes con demencia en última fase”, el ejercicio físico aumenta las habilidades cognitivas del paciente. Tras 20 minutos de terapia, los pacientes que formaron parte del ensayo mejoraron sus habilidades para hablar, sus conversaciones eran más organizadas. Los pacientes, antes de la terapia, casi no hablaban. Estos hallazgos apoyan los mismos resultados de otras investigaciones que se han realizado en la misma línea.  El estudio concluye que los resultados de esta investigación muestran que el ejercicio terapéutico proporciona profundos efectos en la recuperación de la memoria en pacientes que están en la última fase de demencia.

Aunque no existe una explicación clara sobre por qué el ejercicio parece afectar a la capacidad cognitiva y al comportamiento de estas personas, si hay distintas teorías. Una de ellas apunta a que el ejercicio físico, al aumentar la cantidad de endorfinas y los niveles de serotonina en el cerebro, aumente el funcionamiento del sistema nervioso central y las capacidades cognitivas. Otra señala que el ejercicio restablece el riego sanguíneo en las vasos capilares del tejido cortical, lo que podría revitalizar el funcionamiento del cerebro.
 
El deterioro físico que experimenta la madre de María no es una excepción. Los pacientes con demencia, además de experimentar un deterioro cognitivo, también sufren un declive físico. En la última etapa suelen sufrir una hipertrofia con una resistencia involuntaria y variable al movimiento pasivo. Este trastorno se denomina paratonia. El grado de resistencia varía en función de la velocidad del movimiento. La resistencia es menor si el movimiento es lento y aumenta si el movimiento es rápido.  
 
Andrés Collado, fisioterapeuta de Sanitas Residencial Puerta de Hierro, atiende a varios pacientes con una demencia en fase severa y asegura que prescribirles una tabla de ejercicios de gimnasia pasiva tiene efectos positivos en sus vidas. “Una persona con demencia tiene tendencia al inmovilismo. Si no es posible que haga los ejercicios por sí misma, entonces hay que hacerlos por ella. Debemos estirar los brazos hasta donde pueda. Cuando aparezca dolor hay que parar. Y luego hay que volver a repetir el ejercicio. También tenemos que ocuparnos de los miembros inferiores, que son los más importantes, porque si conseguimos fortalecerlos quizá el paciente pueda volver a andar o a ponerse de pie”, asegura.

Para obtener resultados hay que esperar como mínimo de tres a cuatro meses, y cada día hay que dedicar de 30 a 40 minutos.  Después, pueden aparecer los “milagros”. “Hay pacientes que han entrado en silla de ruedas y ahora caminan con andador. En mi centro tenemos una residente que tiene 107 años, es una de las personas más ancianas de la Comunidad de Madrid, pues todavía es capaz de ponerse de pie en las paralelas. Pero, para eso, es preciso no dejarla y realizar ejercicios con ella diariamente”, comenta con orgullo.

Andrés ha visto cómo sus pacientes han mejorado, no solo físicamente, también su estado de ánimo y los trastornos conductuales. En pacientes agresivos, debido a la demencia por cuerpos de Lewy, se ha conseguido reducir su nivel de agresividad.  “La pena –se queja Andrés– es que la familia tarda mucho en ponerse en contacto con un profesional. Deberían buscar ayuda en cuanto su familiar presenta los primeros signos de deterioro. Cuando ven que su madre o su padre comienza a caminar peor. Entonces, deberían pedir nuestra ayuda”, concluye.
 

María conoce estas prácticas, por eso sigue ayudando a su madre a hacer los ejercicios. Eso sí, también permanece muy atenta a cualquier manifestación de dolor o molestia. Pero tiene fe y espera que llegue su “milagro particular”: que su madre se apoye en sus propios pies cuando la pasa de la cama a la silla de ruedas.
 

 

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