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Cómo duchar a una persona con alzhéimer sin que se altere

El primer paso es conocer los gustos del paciente con el fin de poder adaptarnos a sus preferencias

Duchar a una persona con alzhéimer o con otro tipo de demencia suele ser un momento difícil. Para llevarlo a cabo, lo más importante es conocer al paciente, adaptarse a sus gustos, ser flexible y no imponerle nada. En este artículo compartimos las recomendaciones de los expertos y el conocimiento adquirido por nuestros profesionales con su propia experiencia.

Irene teme el momento en que cada mañana tiene que duchar a su padre. Ha intentado todo, pero no hay manera, cuando le lleva al baño para lavarle, se resiste, y como todavía tiene mucha fuerza, lo tiene que dejar por imposible.

Su padre, Manuel, un hombre de 80 años, afectado de alzhéimer, que siempre ha practicado deporte y ha trabajado toda su vida, ahora depende de ella para todo.

A medida que la enfermedad ha ido avanzando, Manuel ha ido aceptando su nueva situación, pero la ducha se ha convertido en un campo de batalla, al que Irene no sabe cómo enfrentarse.

El caso de Manuel es bastante frecuente entre las personas con demencia. El baño es una de las actividades que más resistencia provoca.

Recomendaciones para lavar a una persona con alzhéimer

Paul Raia, un experto especializado en el campo de la Gerontología y la Psicología, que trabaja en la Asociación de Alzhéimer de Massachusetts, nos proporciona las siguientes recomendaciones:

– Ganarse la confianza del paciente. Para ello, propone pasar cinco minutos hablando con él antes de intentar comenzar con la higiene.

– Evitar preguntarles si les gustaría tomar un baño. Porque, probablemente, su respuesta sea no. En cambio, sugiere que el cuidador utilice la técnica de compartir con el paciente instrucciones sencillas, como “ven conmigo”, “desabróchate la camisa”, “saca un brazo”, “ahora, saca el otro brazo”.

– Tratar de bañar a la persona cuando se encuentra más tranquila y cooperadora. Analizar su comportamiento a lo largo del día y observar qué momento es el más adecuado.

– No verter el agua ni sobre los ojos ni sobre el resto del rostro porque les puede asustar. Es mejor lavar el pelo y la cara en otro momento, una vez que el baño haya finalizado.

– Comenzar a duchar al paciente por los pies e ir subiendo, poco a poco, parándose en el cuello.

El caso de Tom

En el artículo Habilitation Therapy in Dementia Care, publicado en Age in Action, Raia analiza el caso de Tom, un paciente de alzhéimer, de 53 años, que se mostraba agresivo cada vez que le intentaban duchar por la mañana.

Siguiendo los principios de la Terapia de habilitación, el caso se abordó de modo que el paciente no generara ninguna emoción negativa hacia el baño. Para ello, lo primero que hicieron fue hablar con la familia con el fin de averiguar qué actividades le calmaban, y descubrieron que los masajes, los coches deportivos de color azul y la música de los Beach Boys lo lograban.

El siguiente paso fue desarrollar una estrategia que incluyera estos elementos. Para respetar la intimidad de Tom, solo una auxiliar se encargaría de su aseo.

Por la mañana, ella se ocuparía de hablar con él durante cinco minutos. Luego le daría un masaje para conseguir relajarle. Después, le pediría que la acompañara. De camino a la ducha, las paredes se decoraron con fotos de coches deportivos de color azul.

El baño estaba bien iluminado y con una temperatura agradable. Y como música de fondo se escuchaba a los Beach Boys. Mientras cantaba con el paciente, la auxiliar le iba desvistiendo. Para respetar su intimidad, le cubrió con un albornoz. Otra opción, es dejar a la persona que se ponga un bañador mientras se lava.

Una vez en la ducha, comenzaba a lavarle por los pies con la ducha de teléfono e iba subiendo progresivamente hasta que llegaba al cuello, donde paraba. Siguiendo esta estrategia, la ducha dejó de ser un momento conflictivo. De hecho, ahora, asear a Tom no lleva más de cinco minutos.

Para poder implementar la Terapia de habilitación, cuyo principio es lograr que el paciente tenga un estado emocional positivo, es preciso que el cuidador se ponga en la piel del paciente y que intente averiguar cómo se siente.

Este actitud supone que el comportamiento de la persona no se puede cambiar directamente, sino de manera indirecta. Es decir, alterando el ambiente que rodea a la persona o cambiando la forma en que nos aproximamos a él.

Los comportamientos difíciles que muestran las personas con alzhéimer suelen ser el modo que utilizan para defenderse. Es la manera que tienen de compensar la confusión o el miedo que les produce un mundo que no reconocen. No saben dónde están ni identifican a las personas que les rodean, y eso les asusta, como nos pasaría a todos.

Hay que interpretar su actitud como el modo que tienen de comunicarse con nosotros. Algunas veces, el origen de ese comportamiento puede ser fácil de interpretar porque se debe a causas externas que podemos identificar. Pero, en otras, los desencadenantes son más difíciles de descubrir porque pueden ser provocados por razones internas, como delirios, alucinaciones o paranoia. O pueden deberse a causas de tipo físico, como dolor, hambre, deshidratación, infecciones, estreñimiento, fiebre o falta de sueño.

Los trucos de Nazareth, nuestra supervisora

Nazareth lleva más de 18 años ocupándose de pacientes con demencia en el centro residencial que Sanitas tiene en Alcalá de Henares. Ella también ha tenido que desarrollar sus propias habilidades para poder llevar a cabo su trabajo.

“A mí me gusta hablarles. Llego por la mañana, subo la persiana y les comienzo a contar historias. Aunque no me contesten, aunque hayan perdido la capacidad de comunicarse, yo les hablo. Y, poco a poco, con paciencia, me los voy ganando”.

Se guía por una máxima: adaptarse a lo que el paciente quiera. “Nunca hay que hacer nada por la fuerza. Si el paciente dice “no”, tienes que respetar ese no. Porque un día no le asees no pasa nada. O si tienes que hacerlo peor, no hay que agobiarse, ya lo harás mejor en otra ocasión”.

Nazareth cree que hay que asearles en el momento del día en que se encuentran más tranquilos. “Si ves que por la tarde está más colaborador, pues inténtalo por la tarde. Luego, cuando te hayas ganado su confianza, ya podrás cambiar la hora”, señala.

También es partidaria de que el paciente participe. “Si puede, es mejor que les dejes hacer algo. Por ejemplo, a Mercedes, una de las residentes, le doy la esponja y la voy dirigiendo. Le digo: venga Mercedes, tú por arriba y yo por abajo. Y ella lo hace. Todo lo que todavía pueda hacer el paciente, hay que potenciarlo”.

A Luis, un ex profesor con un alzhéimer en fase avanzada, que permanece en cama la mayor parte del día, le gusta que le hablen. Por la mañana, cuando Nazareth entra en su habitación lo hace con voz suave, con cariño, para que se vaya despejando poco a poco. Le habla despacito, dándole pistas para que sepa quién es ella.

También le gusta mirarle a los ojos para hacerle sentir importante, para que perciba que es el centro de toda su atención.

Poco a poco, Luis se va haciendo a la situación. Luego, Nazareth comienza a cantarle “Mediterráneo”, y antes de llegar al verso “Y ¿qué le voy a hacer? Si yo nací en el Mediterráneo”, ya le está lavando. Y Luis, tranquilo, se deja de hacer.

 

9 diciembre de 2021

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