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Árboles en flor, la mejor terapia para la demencia

Tener un jardín cerca ayuda a los pacientes con alzhéimer

Esther recuerda que cuando iba a visitar a su madre al centro residencial siempre se topaba con Don Miguel, un hombre fuerte, dicharachero, especialmente con las mujeres jóvenes, que no paraba de sorprenderla con sus conocimientos sobre los árboles. A Don Miguel le encantaba sentarse en el jardín y observar el olivo y el manzano que tenían. Leía en ellos con tanta facilidad. Esther siempre pensó que era una desperdicio que sus conocimientos no fueran aprovechados de otra manera. Hubiera sido fácil organizar un huerto urbano, en el que Don Miguel podría haber disfrutado tanto trabajando… Y con él, muchos otros residentes.  Qué orgullosos se habrían sentido recogiendo los tomates que luego la cocinera podría haber utilizado para hacer el gazpacho de ese día.
 
Pues Esther no andaba descaminada. Su sentido común le había conducido hasta la terapia hortícola, un tratamiento estudiado en el estudio What is the evidence to support the use of therapeutic gardens for the ederly (Qué evidencia apoya al utilización de los jardines con fines terapéuticos en los mayores). Según este trabajo, que hace un repaso minucioso de los estudios científicos relacionados con este tema, los centros residenciales que cuentan con jardines promueven la autonomía, la estimulación sensorial y mejoran la calidad de vida de las personas que viven allí.
 
Los jardines proporcionan a los mayores un lugar en el que hacer ejercicio y estimular sus sentidos. Generan recuerdos positivos y estabilizan los ritmos biológicos, por los que se duerme y se permanece despierto. Estar expuesto a la naturaleza se ha asociado también con una mejora en la atención y un descenso de los niveles de estrés. Además, algunos trabajos han señalado que tener acceso a zonas en que se está al aire libre reduce la agitación, el consumo de medicamentos y las caídas en los residentes con demencia.
 
La terapia hortícola y la exposición a los jardines también tienen efectos positivos en las personas con alzhéimer. El desarrollo de actividades en los jardines interiores ha demostrado ser efectivo para mejorar el sueño, la agitación y el conocimiento. En la intervención cognitiva, la terapia hortícola puede ser empleada como una herramienta útil para ayudar a las personas a mantener sus capacidades. Esta técnica ha conseguido mejorar la memoria, la atención, el sentido de la responsabilidad y la interacción social. Además, también se ha observado que reduce el estrés, aumenta los estados de calma y relajación y mejora la autoestima.
 
Los jardines diseñados para personas con alzhéimer deberían contar con caminos continuos para animarles a hacer ejercicio. También podrían incluir un huerto con plantas, supervisado por un cuidador, para que utilicen sus propias manos o herramientas que sean seguras para excavar. No deberían utilizar pesticidas y asegurarse de que cualquier planta, si se come, no provoque ningún daño.
 
Un jardín les incita a caminar al aire libre, lo que mejora su capacidad de atención. En uno de los estudios analizados se observó que existía una correlación entre ambas actividades. Después de pasar 40 minutos, tras completar una tarea que requería mantener la atención, los individuos que caminaron por un parque mejoraron su humor y cometieron menos errores en una prueba de lectura, que las personas que acompañaron estas tareas con un paseo urbano o que se sentaron en una habitación sin ventanas a escuchar música o a leer una revista.
 
La ansiedad y el miedo puede contribuir a que las persona con alzhéimer tengan trastornos en sus comportamientos. Dado que las personas con esta enfermedad en fase avanzada tienen una capacidad limitada para comunicar sus necesidades y pensamientos, tener comportamientos inapropiados puede indicar que sufran ansiedad y depresión. Mather, Nemecek y Oliver señalaron que la terapia con jardines reducía la incidencia de comportamientos inapropiados en pacientes que vivían en centros residenciales en Canadá. Ellis, otro autor, encontró que hacer un ejercicio suave, provocado por una terapia que utiliza el jardín, reducía los comportamientos disruptivos. Y que, además, la luz natural aumentaba la producción de Vitamina D y ayudaba a equilibrar las ritmos circadianos (ritmos biológicos) de los residentes.
 
Namazi y Johnson comprobaron que proporcionar a los residentes una sensación de libertad reducía los comportamientos inapropiados. El hecho de tener la opción de poder salir del centro y visitar un jardín reducía su agitación y los comportamientos negativos hacia otros residentes y sus cuidadores. Otros estudios han sugerido que tener la posibilidad de observar árboles y flores calma y disminuye la agresividad y promueve la recuperación.
 
Detweiler, en un estudio observacional prospectivo (las observaciones se recogieron desde el inicio del estudio hacia delante), mostró que los comportamientos inadecuados de los residentes que visitaban el jardín más frecuentemente disminuyeron, mejoró su humor y calidad de vida y también bajó el consumo de las medicaciones que tomaban. Los pacientes que más se beneficiaron de esa mejoría fueron aquellos que podían caminar sin ayuda.
 
Así que la idea de Esther, de que Don Miguel tuviera un huerto que cuidar en el jardín, era una  buena idea. El problema ahora era ponerla en marcha. Mientras, Esther se sigue ocupando de su madre. Todos los días se turna con su hermana para pasearla por la mañana y por la tarde. Su madre sufre demencia, una enfermedad que no le impide exclamar “qué bonito” cuando ve los árboles en flor. Y a Esther se la llena el corazón cuando la escucha.
 
 
 
 

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