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Alzhéimer: cómo manejar un síntoma conductual

Lo primero es sacar a la persona de su entorno, después validar sus emociones y evitar la confrontación

Entre las personas con alzhéimer u otro tipo de demencia son muy frecuentes los síntomas conductuales provocados por la propia enfermedad. En este caso, la psicóloga Silvia Moratalla nos explica cómo manejar un delirio de una persona que le llevó a mantener una actitud agresiva. Ella nos muestra qué debemos hacer y por qué.

Silvia estaba en su despacho terminando unos informes, cuando Lucía, una auxiliar, le pidió que la acompañara al comedor.

-“Pero ¿qué pasa?”, preguntó.

-“No lo sé. Agustí está muy alterado. Está gritando y diciendo que no piensa pagar. Hemos intentado calmarle, pero no lo conseguimos”, le explicó Lucía.

Era la hora de la comida, cuando todos los residentes se encuentran en un salón repartidos en mesas de cuatro.

Esa misma la mañana, Silvia, psicóloga del centro, se había cruzado con Agustí y habían hablado un ratito. Entonces, él estaba tranquilo.

Agustí lleva un año viviendo en el centro residencial Mas Camarena. Tiene alzhéimer y, además, le han diagnosticado un síndrome de ansiedad que, en momentos puntuales, le provoca una sensación de peligro, lo que da lugar a que tenga reacciones desproporcionadas ante hechos cotidianos. Hace años le tuvieron que extirpar un tumor en el cerebro. Esa afección le produjo un mayor deterioro cognitivo y físico.

Cuando Silvia acudió, lo primero que hizo fue sacarle del comedor. Lo que ella denomina “tiempo fuera”. “Cuando una persona tiene una alteración y le apartas de ese entorno, en el que hay un estímulo que le está provocando malestar, lo que haces es eliminar lo que la está alterando. A veces, con solamente bajar y salir al jardín, el nivel de excitación baja y ya se tranquiliza”, explica.

El siguiente paso fue ocuparse de sus emociones y evitar la confrontación. “Tienes que validar lo que siente, de lo contrario la persona se enfadará más y no podrás conectar con ella. En este tipo de situaciones lo típico es decirle: ‘¿por qué te pones así? No tienes que ponerte nervioso, no debes alterarte”. “Sin embargo” -continúa- “con estas palabras lo que hacemos es minimizar lo que esa persona está sintiendo, cuando lo que debemos transmitirle es que comprendemos por lo qué está pasando. Hay que decirle que estamos ahí para apoyarle. Por una parte, hay que validar sus emociones y, por otra, transmitirle que le vas a ayudar. Cuando nos comportamos así, el mensaje es: para mí, tú eres importante”.

Una vez que la persona se ha tranquilizado y siente que puede confiar, Silvia pone en marcha la siguiente estrategia: la distracción. “Hay muchos recursos para lograrlo. Nosotros utilizamos la historia de vida porque es una forma de conectar con su pasado, con sus recuerdos positivos. Y, además, nos permite enlazar un tema con otro”, comenta.

En el caso de Agustí, lo que había ocurrido en el comedor es que él había tenido un delirio (falsa idea o creencia), que le llevó a pensar que estaba en un restaurante y que tenía que invitar a todos los residentes. Él se rebelaba contra esta situación porque no la había provocado. Sabia que no les había invitado, así que no entendía por qué tenía que pagar.

Silvia, tras llevarle al jardín, logró reducir su ansiedad. Luego, cuando estuvo más tranquilo, ya pudo transmitirle confianza. A partir de ese momento, conectó con él. Le habló del barrio de Ruzafa en el que Agustí había crecido. Silvia iba mucho a comprar al mercado, igual que Agustí. Comenzó entonces una conversación que los hizo conectar. Y, a partir de ahí, se obró el milagro.

Agustí llegó a reconocer que su reacción había sido excesiva. Pasó de una alteración conductual, provocada por un delirio que había originado su enfermedad, a ser capaz de comprender su reacción y ponerse en el lugar de sus compañeros. En él, el alzhéimer le lleva a vivir situaciones imaginarias como si fueran reales, pero no le impide reconocer los trastornos que su actitud pueda provocar en determinados momentos.

El delirio y sus síntomas conductuales desaparecieron y dejaron paso a los recuerdos positivos de su infancia.

“Una persona con alzhéimer no pierde la empatía. A lo mejor no es capaz de entender la situación, pero conserva esa empatía social. Ese día, cuando Agustí se calmó me dijo: ‘Sé que tengo un carácter muy fuerte. La verdad, soy bruto. Pero, en el fondo, soy buena persona’. Él es capaz de conectar contigo a ese nivel”, recuerda Silvia.

Esa capacidad para reconocer las cosas, junto con su coherencia y su profundidad, es lo que hace que sea tan querido en el centro. “Es muy reflexivo, con unos valores muy humanos”, añade.

En otras ocasiones, si Agustí sufre un episodio de agitación, Silvia opta por llevarle a tomar un café con el resto de los compañeros. Cuando termina, se muestra tan agradecido, que es imposible que no te toque el corazón. “Siempre nos da las gracias. Nos dice: ‘esto no lo hace nadie y, a veces, nos lo ha dicho con lágrimas en los ojos”, recuerda.

“Detrás de esta estrategia hay una teoría”, explica Silvia. “El ser humano”-aclara- necesita sentirse querido, valorado, ser un miembro destacado del grupo. Lo que ocurre es que las personas con demencia tienen graves problemas para comunicarse y crear relaciones con otras personas. La persona se frustra porque no es capaz de expresar lo que necesita. Pero cuando tú le transmites que es valiosa, que es importante, que la respetas, esos fantasmas desaparecen”.

Hay una herramienta que le ayuda mucho a conectar con los pacientes: la historia de vida.

¿Qué es la historia de vida y cómo se puede utilizar para abordar síntomas conductuales de una persona con alzhéimer?

Se trata de un documento en el que se recoge el pasado de la persona: lo que le interesa, sus gustos, qué personas son importantes y por qué.

Para hacerlo, Silvia se reúne con la familia del paciente y les explica por qué es importante redactar este documento y cómo tienen que llevarlo a cabo. Luego, los familiares se juntan con su ser querido y van completando un modelo que previamente les han facilitado.

“Les comentamos que este documento no solo nos sirve para actuar en un momento concreto, también es útil para prevenir los síntomas conductuales y para reforzar positivamente a la persona”.

Entre todos van conversando y haciendo un repaso de la vida de su ser querido. Además, pueden añadir fotografías y recrear el momento en que fueron tomadas.

Una vez terminado, este cuaderno se encuentra accesible para que cualquiera del equipo del centro pueda consultarlo cuando lo necesite. Es una guía que les sirve para poder establecer una conversación y poder conectar con los residentes.

“Existen muchas plantillas en el mercado. Lo que he hecho es adaptarlo y seleccionar los aspectos más importantes. No se trata de tener un libro de diez páginas, sino de recoger cuatro anécdotas que nos van a servir para recordarlas”.

Fue así como Silvia y sus compañeros conocieron la historia de Agustí. Hijo de pescadores, comenzó a trabajar de botones en una gran empresa. Con el tiempo fue pasando por distintas posiciones hasta que terminó dirigiendo una de las oficinas locales.

“Cuando le preguntas: ‘Agustí ¿cómo lo has logrado?’. Él te explica cómo se fue formando. Siempre me dice: con trabajo y esfuerzo llegarás donde quieras”, afirma Silvia.

Cuando tras los síntomas conductuales de una persona con alzhéimer se esconde una causa física

Pero no siempre todo sale bien. Hay veces que esta estrategia fracasa y no hay forma de conectar con el paciente. Es esos casos, detrás de ese síntoma conductual puede haber una causa física.

“En ocasiones la distracción no funciona. Si, además, observamos que se trata de una conducta que persevera en el tiempo, hablamos con la enfermera y con la doctora para descartar que esa actitud no se deba a una causa orgánica. Comprobamos si va bien al baño. Si puede tener algún tipo de infección. Si el análisis de sangre está bien. Si bebe lo suficiente y está bien hidratado. Si hay alguna úlcera en la piel. Si puede sufrir dolor. Muchas veces las personas con demencia que experimentan dolor no se quejan ¿Cómo lo manifiestan? A través de su conducta. Hay que observar la respiración, sus gestos… Cuando una persona con demencia está muy agitada, siempre hay que analizar primero cuál puede ser la causa antes de darle un tratamiento”, dice.

Otros casos de síntomas conductuales

Cada día, Silvia se enfrenta a otros muchos trastornos de conducta, y aborda cada uno de ellos de forma diferente. “Tienes que lograr entrar en el mundo de esa persona y, para ello, debes encontrar lo que funciona con ese individuo en concreto”.

Recuerda un señor al que era muy difícil asearle. Además, tenía una úlcera y había que limpiarla, lo que le provocaba mucho dolor. Sabían que era un apasionado de las motos. Cada día, la coordinadora de enfermería y ella iban a verle. La clave era hablarle de motos, enseñarle fotografías.

“Comenzaba contándole, por ejemplo, que me acababa de comprar una moto, y le llevaba una foto para que la viera. Le preguntaba por las dudas que tenía, le pedía consejo y, mientras, mi compañera le aseaba. No se quejaba ni cuando le limpiaba la herida. Antes, sin embargo, no paraba de decir que le dejáramos en paz”.

Otro caso muy habitual es cuando la persona repite la misma pregunta una y otra vez.

“Un día, mientras estaba trabajando con el ordenador, entró una señora”.

-“Disculpa, me llamo Monfort, y es que tengo que irme a casa”.

-“Ah, muy bien. Y usted, dónde vive”, le pregunté.

-“En el Carmen”.

-“Pues no se preocupe que ahora llamo a un taxi”.

Muchos de los residentes, que están en el centro y tienen demencia, no recuerdan que ya no viven en su antiguo domicilio. Por eso, creen que tienen que regresar a su casa. Para evitar la confrontación, se les da la razón porque en unos minutos volverán a olvidarse.

Sin embargo, en esta ocasión, la señora volvía una y otra vez, y repetía siempre lo mismo.

Silvia notó que cada vez se marchaba más triste.

La tercera vez que regresó, Silvia abordó la situación de una forma distinta.

-“Hola señora Monfort. Cómo se encuentra”, le dijo nada más verla aparecer por la puerta.

-“¿Usted me conoce?”, dijo ella.

-“Claro, usted se apellida igual que yo y vive en el Carmen”.

-“Ah, pues sí”.

-“Le gustaría sentarse conmigo un ratito”.

-“¿No le molesto?”.

-“No, claro que no”.

Y la señora Monfort se quedó tranquila el resto de la tarde.

“A veces, están aburridos o inquietos, y necesitan un poco de atención. Necesitan recibir cariño, hacerles sentir que te importan. Cuando lo experimentan, ya se quedan tranquilos. Lo que nunca puedes hacer es enfadarte porque esa persona no va a entender tu reacción. Si te enfadas es porque no sabes manejar esta situación. Tienes que darte cuenta que no tiene sentido que le expliques a esa persona con deterioro cognitivo que ha ido siete veces porque no lo recuerda”.

Otras veces lo que funciona es estimular los sentidos. “Recuerdo otro caso de una señora que le encantaba el café y el chocolate. Cuando se agitaba, le preguntábamos si quería tomarse una tacita. Pues en cuanto sentía el olor… ya se tranquilizaba”.

Ahora, Agustí permanece tranquilo en un saloncito del centro. Lee un cuento de Jorge Bucay, un cuento cortito que, probablemente, encierre alguna metáfora. Después merendará. Ya no hay asomo de amenazas, solo una tarde tranquila. Hoy su cerebro no le jugará otra mala pasada.

Referencias:

-El libro de la memoria (Historia de vida)

Fecha de publicación: 20 marzo 2024

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1 Comentarios

  • Un artículo completo, asequible para ser comprendido por familiares y público en general sin formación en psicología. Muy profesional, directo y claro. Sin duda un trabajo bien hecho y respaldado por la ciencia. Enhorabuena.

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