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Severa 2 junio de 2022

Alzhéimer: Claves para manejar los trastornos de conducta

Cómo se logró integrar a una mujer con demencia que no paraba de escaparse del centro

Los trastornos de conducta son uno de los síntomas más frecuentes que sufren las personas con alzhéimer. Aquí explicamos cómo el equipo del centro residencial de Sanitas Alcorcón logró que nuestra protagonista dejara de “escaparse” y descubriera nuevas actividades que la han logrado tranquilizar y dotar de sentido a su nueva vida.

Hoy, hay un poco de lío en la recepción del centro residencial Sanitas Alcorcón. Una hija ha venido a traer un paquete para su madre y, de paso, quiere verla. Un proveedor se ha confundido y pretende dejar la mercancía en la puerta principal, y el teléfono no para de sonar.

Ana, la encargada de recepción, se ocupa de todo sin perder el control. Y en ese momento, Rocío, una residente de 78 años, aprovecha y se fuga por la puerta. Pero a Ana no se le escapa nada, ha desarrollado una visión periférica que ni un campeón de ajedrez.

Sin alterarse, marca la extensión del despacho de Laura Uribe, la supervisora del centro.

-“Laura, se acaba de escapar Rocío”, le avisa.

-“No te preocupes, yo me ocupo”, contesta.

Laura agarra una chaqueta al vuelo que tiene ya preparada y sale corriendo hacia la puerta. Cuando la atraviesa, ve a Rocío. Camina detrás de ella, tranquila, con aspecto despreocupado. Rocío se gira y la ve.

-“¿Por qué me sigues? Qué no me sigas. ¿Me has oído?”, le grita Rocío.

-“No te sigo, Rocío. He salido a despejarme porque estoy harta de estar dentro. ¿Te apetece dar un paseo conmigo?”, le pregunta Laura.

Rocío no contesta ni se vuelve, pero Laura ha notado que ha reducido la velocidad. Ésa es la señal. Entonces, aligera el paso y aprovecha para alcanzarla. Laura tiene bien estudiados sus comportamientos y sabe que cuando Rocío sale como un toro Miura es mejor dejarla andar hasta que se canse y su ansiedad desaparezca.

Laura le habla de lo bonito que está el parque, de lo frondosos que están los árboles, y comienza a tirarle de la lengua.

-“Rocío, a ti te gusta mucho andar. ¿Tú andabas mucho de pequeña?”, le pregunta.

Entonces, Rocío comienza a hablar de su Málaga natal, de cuando tuvo que ponerse a trabajar, con tan solo ocho años, repartiendo las botellas de la lechería de su abuela, quien la crió y a quien quiso con toda su alma.

En cuanto comienza a tirar de sus recuerdos, Rocío empieza a calmarse. Mientras hablan, se cruzan con un perro. Rocío se acerca acariciarlo y entablan otra conversación con el dueño.

Rocío adora a los animales, en su casa siempre tenía alguno, a veces, varios. Ella recuerda cómo su perrita siempre la esperaba para que la sacara a pasear.

Luego, se sientan un rato, y mientras descansan, Laura utiliza el entorno para estimular la capacidad cognitiva de Rocío. Le comienza a preguntar por las personas a las que ven.

Tal y cómo le ha enseñado Pilar Alcalá, terapeuta ocupacional del centro, le pide que le describa cómo van vestidas, de qué color llevan la ropa, qué clase de prendas visten, si van o no abrigados.

Todas esas preguntas, que Laura disfraza como si fuera la típica conversación entre dos “marujillas”, sirven para orientar a Rocío sobre en qué época del año se encuentra y en qué mes vive, y para estimular su expresión verbal y recordar vocabulario.

Dan otra vuelta, y hacen lo mismo con las plantas, otro de los temas que le encanta a Rocío.

Cuando Laura observa que su compañera de paseo ya se ha calmado, le propone regresar al centro.

-“¿Te duelen las rodillas?”, le pregunta.

-“Pues sí, un poquillo”, responde Rocío

-Pues vamos dentro, a ver si encontramos a Ángel para que te ponga un poco de calor.

Y así, poco a poco, tirando de su historia de vida, recuperando sus recuerdos y las cosas que le gustan, Laura ha logrado, una vez más, con cariño y paciencia, reconducir a Rocío.

Rocío ingresa en el centro residencial

Rocío, antes de trasladarse, hace ya unos dos años, ya lo conocía. Su marido, ciego y en silla de ruedas, fue el primero en llegar. Ella ya no podía hacerse cargo de él. Fue ahí donde nació la amistad con Laura.

Rocío venía todas las tardes a visitar a su marido y Laura enseguida conectó con ella.

Más adelante, Rocío enfermó. Tras sufrir una encefalitis, estuvo ingresada muy grave en el hospital. Sus hijas llegaron a pensar lo peor.

Cuando, finalmente, se recuperó e ingresó en el centro, Rocío estaba muy desmejorada, sufría alzhéimer y su deterioro cognitivo había avanzado. En estos momentos, ya está en una fase severa.

La enfermedad le impedía recordar dónde estaba, aunque las caras de las personas que trabajan allí, como la de su amiga Laura, le sonaban.

Ella solía ir todos los días al despacho de Laura.

-“Ay, mis hijas que no vienen”, decía Rocío.

-“Pero, Rocío, si hoy es lunes, y los lunes no pueden venir”, respondía Laura.

-“¿Hoy es lunes?”, repetía incrédula Rocío.

“Se marchaba, y al rato venía con lo mismo”, asegura Laura.

Rocío ya no retiene la nueva información. Si le dices algo, después de un tiempo ya se le ha olvidado. Todavía reconoce a sus hijas, y es capaz de vestirse, de lavarse y de comer por sí misma. Pero para que pueda hacer todas estas actividades necesita que alguien la vaya guiando.

Tiene una rutina muy establecida, y eso le ayuda a poner seguridad en su vida. Se levanta, se asea, se viste, hace la cama y se baja a visitar a Laura, mientras una auxiliar, que hace de «Pepito Grillo», le va recordando cada paso. Eso, los días en que se encuentra bien, pero hay otros en los que se altera muchísimo y se empeña en que tiene que irse a su casa. En esos otros días, a la mínima, se escapa.

Buscando algo que la motive

Al principio, ninguna actividad del centro parecía despertar su interés. Por eso, Laura le proponía que fuera a visitarla a su despacho. Mientras ella trabajaba, Rocío le hablaba.

Fue así cómo descubrió que no sabía escribir.

Un día, Laura estaba atareada con el ordenador, cuando Roció llegó. Se sentó y, mientras la observaba, le dijo:

-“Yo te puedo ayudar en lo que quieras, pero con esto de escribir, nada de nada. Nunca he ido a la escuela. Estuve con las monjas un mes, y luego me tuve que ir a la lechería”.

Entonces, Laura sacó un folio y le puso las vocales. Y así empezó a hacer caligrafía.

“Es muy aplicada. Se sienta con el lápiz y el borrador, y si le sale mal porque le tiembla el pulso, lo borra y lo repite hasta que se queda satisfecha”.

Laura ha pegado su foto en una carpeta, su carpeta, y ahí guarda todos sus ejercicios.

-“Mira, Rocío, aquí tienes todas las fichas que has hecho. Mira lo que hiciste ayer”, le recuerda Laura.

-“¿Esto lo he hecho yo?”, pregunta Rocío.

-“Pues, claro, que lo has hecho tú”, responde Laura.

-“Si lo ven mis hijas, no se lo creen”, exclama con cierto orgullo.

La carpeta ya adquirido un volumen considerable.

“Tiene un dosier que no veas, con caligrafía, dibujos, cuentas. Todo hecho por ella”, confiesa Laura.

Poco a poco, Rocío ha ido adaptándose al centro. Ya se encuentra cómoda en el salón, y cuando Pilar viene con las carpetas, en seguida, pregunta por la suya.

¿Qué le ocurría a Rocío? ¿Por qué siempre se quería escapar?

Probablemente, ella ha observado cómo ha ido perdiendo el control sobre su vida. Muchas de las cosas que antes podía hacer, la evolución de la enfermedad le impide, ahora, llevarlas a cabo.

No recuerda el día en el que vive ni la época del año. A veces, tampoco sabe por qué ya no puede vivir en su piso. Todas esas sensaciones le provocan inseguridad, ansiedad, tristeza y angustia.

La falta de actividad es peligrosísima. “Intentar que una persona no haga nada, debido a la demencia, es inhumano. Las personas somos seres ocupacionales. Toda nuestra vida hemos hecho actividades o bien porque nos gustaban o porque eran necesarias”, explica Pilar Alcalá.

Por eso, había que encontrar algo que estimulara a Rocío. Los paseos, la caligrafía, los dibujos, las cuentas. Los vídeos sobre su Málaga natal en YouTube, la música de Manolo Escobar, los bailes con Laura, las conversaciones con ella y con Pilar. Todo ello ha vuelto a dar sentido a la vida de Rocío. Ahora ya sabe ocupar su tiempo con actividades que le gustan, que levantan su autoestima.

Para ello, ha sido necesario hablar con Rocío, con la familia y escarbar en su pasado. Con paciencia, cariño y humor todo un equipo ha descubierto qué escondían sus comportamientos, qué intentaba comunicar cuando se escapaba.

Cuando la memoria se diluye en el cerebro como un azucarillo, se desvanecen los logros, la profesión, lo que has sido, pero quedan los sentimientos, las sensaciones. El mundo se simplifica y se sostiene con todo aquello que ya no se puede falsear, queda el corazón en estado puro.

Un mundo más libre en el que las palabras pierden peso, se vuelven ingrávidas, pero en el que la verdad se abre camino.

Esa es la brújula que ahora guía a Rocío y que la conduce hasta Laura y Pilar. Ha sido el empeño de estas mujeres el que ha conseguido que Rocío, de ojos azules, preciosos, encuentre un nuevo hogar en que poder expresarse libremente, un lugar al que regresar, como cuando de pequeña volvía a la casa de su abuela, cansada, arrastrando las zapatillas después de repartir leche puerta por puerta.

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