Cuídate

Leve 24 marzo de 2021

Una residente se prepara para su nueva vida tras ser vacunada

Isabel espera ansiosa recuperar parte de la actividad que tenía antes de que apareciera la pandemia

Muchos de los residentes, que ya han sido vacunados contra el coronavirus, esperan ansiosos retomar parte de la vida que tenían antes de que la pandemia apareciera. Una de ellas es Isabel, una mujer de 88 años, ex locutora de RNE, que vive con ilusión cada día. Una ilusión que contagia a todos. En este artículo te mostramos cómo es su día a día en la residencia de Sanitas La Moraleja.

Isabel es una mujer atractiva, elegante, coqueta, vivaz, con una conversación entretenida, con la que tienes que estar muy atenta porque si le repites algo, en seguida te responde con un “pero si esto ya te lo he contado antes”, sorprendida de que no lo hayas captado a la primera.

Isabel tiene 88 años y ha elegido vivir en una residencia. ¿Por qué es necesario añadir esta información? ¿Por qué nos sorprendemos cuando nos enteramos de la edad que tiene? ¿Por qué cuando la vemos tan activa, tan independiente, tan orgullosa de haber tenido una profesión como locutora, con tantas ganas de volver a sus actividades, a las que llevaba a cabo antes de la pandemia, nos llama la atención?

Quizá es que todos no hemos forjado una idea muy equivocada de cómo son los mayores. Y, sin embargo, tenemos tanto que aprender de ellos. Entre otras cosas, de la entereza con la que han vivido la pandemia; de su solidaridad, cuando aceptan las reglas sin rechistar por el bien de todos, incluso, cuando esas reglas les suponen un gran sacrificio.

Isabel acaba de recibir la segunda dosis de una de las vacunas contra la Covid-19. Ahora, le toca esperar a que le hagan el test de Inmunidad Adquirida Covid, basado en la proteína Spike, la que permite que el virus entre en las células humanas. Esta prueba muestra la cantidad de anticuerpos que ha generado la persona y, por lo tanto, su capacidad para neutralizar el virus.

Ella está deseando que ese tiempo pase volando para retomar la vida que tenía antes de la pandemia. Si no a toda, por lo menos a una parte.

El regreso a la nueva normalidad

Isabel anhela volver a dar esos largos paseos por un parque precioso que está junto a la residencia. O irse al centro comercial a comprar todos los encargos que le hacen otros residentes: que si una crema que se ha acabado, que si unas pilas para radio.

Quiere que regresen esos fines de semana en los que no paraba. Que si se iba con un hijo a comer o si hacía una excursión con otro. O cuando acudía al teatro a ver musicales como Cats.

“Es que ya estoy notando que me siento un poco claustrofóbica. Vemos en televisión que los mayores entran y salen, pero, claro, igual han empezado antes que nosotros con la vacunación. Tenemos que adaptarnos a lo que digan las autoridades”, dice con cierto tono de resignación.

Y mientras ese momento, que cada vez está más cerca, llega, Isabel se entretiene con las actividades que diariamente se organizan en la residencia.

“Por la mañanas”, me explica, “comenzamos con media hora de ejercicios. Los realizamos con la fisioterapeuta. Luego hacemos en grupo terapia cognitiva con la neuropsicóloga. Llevamos a cabo muchas actividades. Algunas son para ejercitar la memoria. Memorizamos, por ejemplo, capitales de países o hacemos juegos, como el Pasapalabra. Esas son las actividades que más me gustan. Como se me dan bien, participo mucho. Otras veces, ponen música y cantamos. Luego salgo a darme algún paseíto por el jardín”.

“Por las tardes”, continúa Isabel, “se organizan talleres de manualidades, pero yo no suelo asistir. Me gusta más quedarme en mi habitación leyendo un libro o haciendo crucigramas o viendo algún programa en mi habitación. O haciendo las actividades que nos manda por la mañana la neuropsicóloga. Son ejercicios muy variados. Como yo he tenido una profesión en la que he tenido que memorizar mucho, mi cabeza funciona bastante bien”.

Activación de las capacidades cognitivas y emocionales

Alfonsy Díaz, neuropsicóloga del centro y responsable del diseño de este programa de estimulación cognitiva, busca con sus actividades dos objetivos fundamentales: trabajar las capacidades cognitivas y emocionales de las personas que atienden a sus sesiones. Pero lo hace de la forma más natural posible, utilizando actividades cotidianas, para que los asistentes no lo perciban como un trabajo.

“Por la mañana suelo hacer actividades de orientación y para ello ponemos las noticias que están ocurriendo en ese momento. Luego, trabajamos la memoria y la atención. El lunes, por ejemplo, les puse un vídeo sobre la enfermera Isabel Zendal, sobre quién era y por qué han puesto su nombre a un hospital. Otro día, trabajamos la percepción auditiva y la atención porque es importante escuchar. Y las trabajamos mediante canciones. Les quito parte de las letras y ellos tienen que completar la frase. También ejercitamos la memoria semántica, es decir, el recuerdo que tenemos sobre los conceptos que hayamos aprendido. Esta actividad es importante porque recordar les da mucha seguridad a los mayores”, explica.

Otro aspecto que le gusta trabajar a Alfonsy Díaz son las emociones. “Las emociones negativas salen muy fácilmente, pero las positivas hay que traerlas”. Por eso, un día a la semana le gusta trabajar la expresión de una emoción. “Ahora, hemos estado reflexionando sobre la gratitud, el deleite, es decir, las cosas que producen placer, el optimismo y la curiosidad”.

Una emoción en la que destaca Isabel porque le atrae todo lo nuevo. Vive cada actividad con mucha ilusión y, además, lo contagia. Hace todo lo posible por estar alerta, por no despistarse, por mantener sus capacidades en forma. Por eso, no le gusta que le den ejercicios fáciles, le gustan los difíciles. Es su forma de retar al tiempo.

Quizá fue esa mezcla entre sentirse querida, valorada, atendida, ocupada, acompañada y escuchada, lo que hizo que Isabel eligiera vivir en este centro.

Por qué decidí quedarme en la residencia

Isabel se trasladó a este centro cuando su marido, después de sufrir varios infartos, se quedó prácticamente ciego. “Cuando en el hospital le dieron el alta, decidimos venir aquí porque yo en casa no iba a poner atenderle sola. Y empezar a organizar sus cuidados con gente extraña me parecía un follón. Mi hijo mediano que, además, vive muy cerca de aquí, conocía este centro, y por eso nos instalamos aquí. Yo vine acompañando a mi marido porque no quise dejarle solo”.

Un día, hace casi tres años, su marido falleció, pero Isabel decidió permanecer en este centro porque ya se había convertido en su casa. “No quería empezar una nueva vida sola. Además, tendría que haber contado con gente extraña, a la que no conocía. Y ya no son edades para eso. Decidí quedarme porque me sentía más acompañada. Yo no me encontraba fuerte para afrontar ese cambio. Sin embargo, aquí, como éste ya era mi entorno y la convivencia era bastante buena, era distinto. Además, tengo a mis hijos y a mis nietos, que están constantemente conmigo”.

Isabel tiene una voz jovial, alegre, llena de energía, pero cuando más se percibe su belleza es cuando lee. En cuanto un texto cae en sus manos cobra vida, te transporta, sabe cómo extraer todo el espíritu que el autor le ha dado. Y tú, tú solo escuchas, absorta, deseando que no termine nunca.

No en vano ha formado durante muchos años del cuadro de actores que tenía Radio Nacional, en la que lo mismo conducía programas dedicados a la zarzuela que leía novelas. También ha grabado libros para ciegos en la Once o ha prestado su voz a muchos documentales. Y todo comenzó por casualidad, cuando a los ocho años decidió acompañar a una amiga a un ensayo de una audición infantil.

“Yo la acompañaba todos los días. Una vez, la directora se acercó y me preguntó: “ya que vienes todos los días ¿tú no querrías intervenir? Y sin preguntar a nadie, le dije que sí. Recuerdo la cara que puso mi madre cuando luego le comenté: ‘Mamá, este domingo debuto en el teatro Fontalba -uno de los primeros teatros que hubo en la Gran Vía de Madrid- . Ella no se lo creía”.

De las audiciones infantiles que organizaba Radio España (la actual Onda Cero), Isabel pasó a la emisora, como locutora. Primero haciendo voces infantiles y, luego, de todo. Y fue allí como conoció a su marido.

“Él se encargaba de montar la música de todos los programas de la emisora, pero, además, era guionista, actor y presentador. Además tenía una voz de tenor preciosa. Una voz que perdió por un problema laboral”.

El 23 F la pilló trabajando

Isabel siempre estuvo vinculada a la locución. La última etapa de su carrera profesional se desarrolló en Radio Nacional. De hecho, recuerda perfectamente que el 23 F la pilló trabajando.

“En ese momento estaba haciendo un programa, La Zarzuela y sus autores, cuando de repente entró en el estudio un compañero, a pesar de que en la puerta había un cartel que prohibía la entrada porque estábamos grabando. Pero él entró con un transistor en la mano, diciendo que estaban tiroteando el Congreso. Salimos todos corriendo. Al cuarto de hora, ya habían entrado los tanques. Si nos hubiéramos quedado un poco más, ya no hubiéramos podido salir en toda la noche”.

Isabel nunca estuvo en informativos, siempre le atrajo más utilizar su voz de una forma más creativa, pero ahora, sí que le gustaría dar una noticia. “La mejor noticia que se podría escuchar en radio y en televisión es: ‘Se ha puesto el punto final a la pandemia”. Ese sí que sería un notición. Yo no he hecho nunca informativos, pero si me lo propusieran, esa noticia la daba”, concluye.

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