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Qué sentí tras la muerte de mi madre (revisitando el dolor)

Las cinco etapas que acompañan al duelo y una más: el significado

Hace mucho tiempo que escribí este artículo y, desde aquel día, han pasado muchas cosas: grandes y pequeñas.

Hoy releyéndolo, ha vuelto a mí cada escena; han vuelto con la misma viveza que cuando las sufrí por primera vez, pero sin la carga de dolor extrema que sentía en aquellos momentos.

Sin embargo, el sentimiento de ausencia, de que algo irreparable se perdió con la muerte de mi madre permanece intacto. Hay días que apenas lo noto, atareada con esto y aquello. Pero otros, vuelve a mí inmenso, y no hay caricia ni beso ni palabra tierna que lo haga más pequeño. Está ahí, y entonces me siento como una niña pequeña olvidada en la puerta del colegio.

Cuando lo escribí me escondí tras un nombre, Isabel. Ahora vuelvo con la fuerza que me han dado todos vuestros comentarios, en los que me he reconocido, y con los que he llorado. Ahora, no me importa compartir mi verdadero nombre: Marisol. Así me llamaba mi madre, y así la escucho cuando alguien me llama.

David Kessler, uno de los mayores expertos en duelo, asegura que compartir el dolor puede ayudar. “Publicar una foto de tu madre en el aniversario de su muerte puede conectarte con amigos y familiares que también están de duelo. Tenemos la necesidad de que nuestro dolor sea presenciado. Nuestra mente no quiere que seamos una isla de dolor. Nos necesitamos unos a otros, y el dolor es un conector universal”, asegura.

El artículo comenzaba con estas palabras:

Muchas veces, me había imaginado la muerte de mi madre. Ella tenía una demencia en fase severa, y ya me había dado muchos sustos, así que intentaba prepararme para ese momento. Pero cuando llegó el final, supe que nadie puede prepararse por mucho que lo intente. El dolor, cuando amas a una persona, es tan fuerte, que deja en nada cualquier simulación previa.

Me enfrentaba a una de las situaciones más difíciles que me podían ocurrir en la vida, y no sabía cómo hacerlo. La experiencia me llevó a comprobar que es cierto lo que muchos expertos dicen sobre cómo las personas afrontan ese dolor: no existe una fórmula, cada uno lo hace como puede.

Sin embargo, es conveniente conocer lo que dicen los expertos. La psiquiatra suiza Elisabeth Kubler-Ross fue la primera que observó que había un patrón que se repetía en las emociones que sentían los pacientes terminales cuando conocían que iban a morir. Ese modelo fue presentado por primera vez en su libro “On Death and Dying”, publicado en 1969.

Posteriormente, David Kessler, trabajó con ella para adaptar este modelo al duelo. Este trabajo quedó recogido en el libro “On Grief and Grieving”.

Ellos establecieron cinco etapas en este proceso: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Estas etapas son respuestas que muchas personas tienen cuando experimentan una pérdida, pero, como no se cansa de repetir Kessler, no hay una respuesta típica a la pérdida, porque cada dolor es único.

Con este modelo, ellos desarrollaron unas herramientas que pueden ayudar a identificar las emociones que una persona siente cuando se enfrenta a la muerte de un ser querido.

No se trata de introducir las emociones en cajitas y poner un orden. Cada una de estas etapas puede encerrar otros muchos sentimientos. No hay una forma lineal de moverse a través de ellas. Una persona puede llegar a una etapa y luego retroceder y situarse en una anterior. Habrá casos en los que se experimenten esos sentimientos y otros no. En otros, una persona se puede quedar atrapada en una etapa y no ser capaz de avanzar.

Negación.

Esta reacción inicial es la forma que la persona tiene para protegerse. Le acaban de comunicar que la persona que más quiere ha muerto, negando esa realidad está ganando tiempo para adaptarse a un nuevo estado que le resulta profundamente doloroso. Es la forma que tiene nuestro cuerpo de avisarnos de que no pueda con todo, que necesita ir poco a poco.

Negando esa noticia, dejas de sentir, detienes el sufrimiento. En esos momentos, no estás viviendo la realidad actual, estás viviendo en una realidad preferible. La negación, la conmoción y el aturdimiento nos ayudan a sobrellevar la situación.

Cuando me avisaron de que mi madre había fallecido pedí al personal de la funeraria que esperaran a que llegara para llevarse el cuerpo. Necesitaba ver a mi madre muerta. Necesitaba volver a besarla y acariciarla. Cantarla. Cuando la toqué y sentí que estaba fría, me fue más fácil aceptar que se había marchado. Aun así, todo lo que vino después lo recuerdo como algo ajeno, como si lo estuviera organizando para otra persona.

Mi madre, cuando todavía estaba bien, muchas veces me había preguntado: “¿cómo será mi funeral?”. Así que, cuando todo terminó, me imaginé volviendo a casa y contándole todos los detalles.

Según los expertos, ese entumecimiento por el que se atraviesa puede ser de gran ayuda para conseguir pasar por todos los trámites que acompañan la muerte de un ser querido: ponerse en contacto con los familiares, organizar el funeral…

Es muy doloroso ver cómo entierran a la persona que más has querido en tu vida, pero, a veces, es conveniente porque, cuando el tiempo pase, puede producirte un profundo pesar no haber estado presente.

Pero esto, como todo, lo debe decidir cada persona porque no hay una forma correcta de actuar.

Enfado.

La ira. Aunque la muerte no suele ser culpa de nadie, a veces, uno se siente enfadado con los médicos, a los que responsabiliza de no haber hecho lo suficiente, o con los familiares y amigos que no estuvieron cerca. En ocasiones, uno se siente resentido con la persona que se ha ido por haberle dejado solo.

Si se es creyente, es probable que se enfade con Dios, que cuestione su fe. Si Dios me ama por qué no ha protegido a mi ser querido, por qué ha dejado que esto pasara.

La ira es una etapa necesaria en el duelo. La ira te conecta con la realidad. La vida de la persona que ha perdido a su ser querido se ha hecho añicos y no hay nada sólido a lo que pueda aferrarse, la ira se convierte entonces es un puente que le vincula con lo que está ocurriendo. Te sientes solo, pero la ira te conecta nuevamente con las personas. Es un sentimiento al que te puedes agarrar para mantenerte a flote. La ira es solo otro indicio de la intensidad del amor que has sentido.

Los expertos dicen que no es saludable reprimir la ira. Es una respuesta natural y quizás, posiblemente, necesaria. Cuanto más sientes la ira, antes comenzará a disiparse y estarás más cerca de la curación.

Yo no sentí ira. Quizá, aunque no lo quería reconocer, sabía que ese momento estaba cerca.

Quizá sentí envidia de todas las personas que tenían todavía a sus madres. Quizá sentí rencor porque el mundo, al menos el más próximo, no se paró.

Negociación.

Antes de una pérdida, harías cualquier cosa para evitar que eso sucediera. Puede que comiences a rezar aunque nunca antes lo hayas hecho. Diseñas rituales para impedir que lo que más temes suceda. Si rezo tantas oraciones… si se lo pido a Dios con fuerza…

Cuando se produce la pérdida, la negociación puede tomar la forma de una tregua temporal. Qué pasa si cambio de vida, entonces ¿todo volverá a ser como era antes?

La culpa es una sensación común de esta etapa, es una “compañera de la negociación”.

Cuando tu ser querido muere, hay imágenes que acuden a tu cabeza. Y recuerdas todo aquello que te hubiera gustado decir, pero que no dijiste. Las actividades que podrías haber realizado y que no llevaste a cabo. Las veces en que perdiste la paciencia, los besos que no diste. Te puedes llegar a sentir culpable por seguir viviendo ahora que tu ser querido ya se ha ido. Nadie puede tener la muerte bajo control. Es preciso aprender a aceptarla.

Hay personas que se sienten aliviadas cuando su familiar muere porque llevan mucho tiempo cuidándole, luchando contra una enfermedad. Y ese pensamiento, les hace sentirse culpables. Sin embargo, esa sensación es natural.

Depresión.

Después comienza el dolor. Se da paso a una profunda tristeza. En ocasiones, se siente desesperación, anhelo, soledad.

Nos sentimos deprimidos porque nuestra atención se ha trasladado al presente. Se siente como si esta etapa fuera a durar siempre. Nos retiramos de la vida, preguntándonos si tiene sentido seguir solos. Pero no hay nada malo en ello, es la respuesta adecuada a una gran pérdida.

La depresión se suele ver como algo antinatural, un estado que hay que arreglar, del que hay que salir. David Kessler asegura que si el duelo es un proceso hacia la curación, entonces la depresión es uno de los pasos necesarios en el camino.

Comienza la tristeza, el retiro y el silencio. En cualquier momento, surgen manifestaciones de dolor. Situaciones desencadenadas por personas, lugares, objetos que reavivan los recuerdos.

Incapaz de controlar sus sentimientos, muchas personas se sienten tentadas por mantenerse alejadas de su entorno, que no entiende su dolor ni lo comparte. Sin embargo, los expertos recomiendan volver a realizar las actividades normales.

Yo no terminaba de entender que mi madre se había ido para siempre. Esperaba encontrármela otra vez. Me metía en su cama, en busca de su calor, como si las sábanas pudieran abrazarme. Pero solo encontraba vacío, un hueco que no llenaba nadie. Llorar a solas es lo que más me aliviaba. No tenía que justificarme ni explicar nada, solo llorar. Ese llanto me hacía compañía.

No soportaba salir con mis amigos, pero, en seguida, volví al trabajo. Mantener mi cabeza ocupada me ayudaba, era una forma de escapar.

La pérdida de una persona importante en tu vida puede producir una serie de temores. Puede provocar hasta ataques de pánico. Su muerte recuerda tu propia muerte y el miedo a enfrentarte a la vida sin lo que más quieres.

Yo sentí un enorme vacío, un pozo al que me daba miedo asomarme. Estaba perdida, como si me hubieran cortado las raíces. Tenía miedo de no ser lo suficiente fuerte como para afrontar las dificultades. Toda esa fuerza que mi madre me proporcionaba, había desaparecido.

Síntomas físicos. El dolor no solo es un proceso emocional, también conlleva problemas físicos: fatiga, náuseas, el sistema inmunitario se deteriora, aumento o pérdida de peso, dolores, molestias e insomnio.

Tras la muerte de mi madre, era incapaz de comer, perdí mucho peso. Y por la noches me era muy difícil conciliar el sueño. La oscuridad me aterraba.

Aceptación.

Se trata de aceptar la realidad de que nuestro ser querido se ha ido físicamente y que se ha ido para siempre. Esta aceptación no quiere decir que nos parezca bien lo que ha ocurrido, pero lo aceptamos. Aprendemos a vivir sin lo que más queremos, aprendemos a vivir con el dolor.

Se repasan los buenos y malos momentos que se vivieron juntos. A mí me gusta sentarme y recordar los primeros días del otoño, cuando sacaba a pasear a mi madre y todavía hacía calor. Cierro los ojos y ahí está.

Nuestra vida no será igual que antes, nos tenemos que adaptar al gran cambio que se ha producido. A veces, la aceptación puede ser solo que hay más días buenos que malos.

Como explica Kessler, la aceptación no significa que hemos llegado al final del camino. “Estoy encontrando un poco de aceptación. Se acabó el dolor, pero el dolor no ha terminado”.

A medida que pasa el tiempo, se aprende a vivir con él. Es posible pensar en otras cosas e, incluso, mirar hacia el futuro. Sin embargo, esa sensación de haber perdido una parte de uno mismo nunca desaparecerá del todo.

Cuando volvemos a vivir, a menudo sentimos que estamos traicionando a nuestro ser querido. Nunca lo reemplazaremos, pero podemos establecer nuevas relaciones, podemos evolucionar. Pero no podremos dar este paso hasta que hayamos dado tiempo al dolor.

Me gustó descubrir esta etapa del proceso. Si algo me horrorizaba era imaginar que sería capaz de olvidar a mi madre. Olvidarla sería desprenderme de una parte importante de mí misma. Yo no quería olvidar, quería aprender a convivir con la ausencia de mi madre, con su recuerdo. Me gusta tenerla presente cada día.

Una nueva etapa se añade al duelo: el significado.

David Kessler también ha vivido el dolor extremo en primera persona. No solo es un experto, también ha tenido que enfrentarse a él.

Un día, mientras se encontraba dando unas conferencias, su hijo mayor le llamó para decirle que David, el pequeño, había muerto de una sobredosis.

Él vivió todo el sufrimiento, y cuando dejó que todo ese dolor saliera y fue capaz de aceptar la muerte de su hijo se preguntó: ¿qué viene después de esto?

Fue entonces cuando se dio cuenta de que vivir después de una tragedia requiere más que aceptación. Quiso encontrar un sentido, algo que le proporcionara la posibilidad de poder descubrir algo significativo en su dolor.

“No se trata de encontrar un significado en la muerte, porque no hay un significado allí. De lo que se trata es de encontrar un sentido a la vida de la persona que ha fallecido, de cómo conocerla nos influyó. Tal vez la forma en que murió puede ayudarnos a hacer un mundo más seguro para los demás”, explica.

Encontrar un significado trata sobre averiguar qué pueden hacer las personas que sufren la pérdida de un ser querido, sobre cómo pueden permitir que la vida de la persona que se ha ido cambie su propia vida.

“Su muerte”, dice Kessler, “es algo que no podemos cambiar, pero sí podemos cambiar cómo vivimos el ahora sin ellos”.

“El significado no quita el dolor, pero nos permite saber que hay más que solo dolor”, asegura.

“Todos renunciaríamos, en un abrir y cerrar de ojos, al crecimiento que hemos experimentado, si con ello pudiéramos traer a nuestro ser querido de vuelta. Pero es lo único que no podemos hacer. Tenemos que recordar que la persona que se ha ido hubiera querido que encontráramos un sentido a nuestra vida gracias a ella. Mi hijo estaba orgulloso de lo que yo hacía, y también estaría contento de saber que mi trabajo ha encontrado una nueva dimensión gracias a él”, explica.

En mi caso, la muerte de mi madre me enseñó a amar a todas las personas mayores. Me gusta mirarles a los ojos, porque su mirada me recuerda a la de mi madre.

Disfruto escuchándoles porque sé que mi atención es como una caricia en un mundo lleno de prisas y de soledad. La mía también. Cuando estoy con ellos busco volver a sentir ese calor que me daba mi madre cuando paseaba con ella, cuando empujaba su silla de ruedas, cuando le cogía la mano y ella me la apretaba.

Referencias:

What the death of a parent can teach us, if we’re willing to learn

The Five Stages of Grief

https://www.psycom.net/depression.central.grief.html

 

27 octubre de 2021

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164 Comentarios

  • El día de ayer 12 de Octubre 2019, falleció mi madre frente a mi y mi hermana, quienes estuvimos desde el comienzo de su cáncer hasta el final. Tenia un adenocarcinoma etapa 4 con metástasis al hígado, estomago y pulmón. Parecía estarse recuperando, pero de un momento a otro empezó a tener una fiebre y luego a botar sangre. El 11 de Octubre comenzó a defecar y vomitar grandes cantidades de sangre sin control hasta quedar casi drenada. Comenzó a fallar su pulmón, luego su presión y su corazón. Estuvo horas agonizando y oramos mucho. Le pedí a Jesús que la sanara pero si no era su voluntad, que por lo menos se la llevara sin dolor. Derrepente, dejo de agitarse y comenzó a respirar muy lentamente hasta dejar de respirar.

  • Ella fue muy previsora en su vida y entre sus previsiones estuvo su enfermedad cubierta por servicio pago de acompañantes lo que no me significó una gran demanda en tiempo de acompañarla ni cuidarla.
    No fui cariñosa con ella y le dí lo que necesitó pero ella me enseñó a ser así. Siempre advirtió su pudor ante las demostraciones de afecto que con mi hermana y yo no tuvo y nosotras tampoco logramos con ella.

    Vivió hasta los 97 años con bastante buena calidad de vida hasta que comenzó a deteriorarse.

    El momento puntual era esperado hacía unos cuantos días y fue el fin de un proceso previsto.

    Al principio me sentí un tanto confundida por las decisiones a tomar cumpliendo con sus exigencias pos muerte hasta lograr hacer todo lo que ella había pedido.
    Luego sentí un gran alivio. Me sentí libre e independiente como nunca.

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