Cuídate

Leve 5 noviembre de 2020

Por qué me fui a vivir a una residencia

Los centros residenciales de Sanitas nos muestran cómo mantener un envejecimiento activo, mediante un plan de actividades diseñado para estimular física y cognitivamente

Todo lo que no se ejercita se va perdiendo. Esta es una máxima que todos deberíamos grabar en nuestra mente y que tendría que guiar nuestra vida. Especialmente si pretendemos mantener nuestras capacidades a medida que vamos envejeciendo. Por ello, los centros residenciales de Sanitas han desarrollado programas para estimular física y cognitivamente a los adultos mayores. Juan Luis Vera, psicólogo del centro residencial Carabanchel, nos explica en qué consisten estas actividades y Juana, residente, cómo las disfruta.

Juana es una mujer de 87 años con una gracia natural para contar historias. Incluso sus achaques los describe con humor. “No oigo muy bien y la vista también la tengo mal. Tengo algo de corazón, pero la razón por la que estoy aquí es porque tuve una depresión muy fuerte. Pero no tengo nada de importancia. Yo me veo muy bien y me digo: ‘uy, si parece que estoy la que mejor de todos”.

Hace ya dos años que Juana decidió irse a vivir al Centro Residencial Sanitas Carabanchel. Hasta entonces, vivía sola. Su marido tuvo que ingresar antes en una residencia tras sufrir un ictus. Estuvo seis años acudiendo a un centro de día, pero con el tiempo se volvió agresivo, y sus hijos tuvieron miedo por su madre.

Por eso, Juana se quedó sola, en un piso “muy hermoso” con una terraza que le daba la vida. Un piso que ella mantenía limpio como una patena. “Siempre me ha gustado tener la casa arreglada y hasta que no estaba todo bien, no salía a comprar”.

Pero una Nochevieja, mientras esperaba que sus hijos llegaran para llevarla a cenar, algo pasó por su cabeza y estuvo a punto de perder la vida. “Mi hijos me vieron muy mal y me llevaron al hospital. Y allí estuve un mes. ¿Sabe lo que es un trastorno bipolar? Pues eso es lo que tuve. Y, por eso, me intenté quitar la vida. Fíjate, una pena, pero con lo que yo soy, con lo alegre que siempre he sido. No sé lo que me pudo pasar”.

Después de aquello, Juana no podía volver a vivir sola. Sus hijos se encargaron de buscar una residencia y a ella la idea le agradó desde el principio.

Cómo se pasan las mañanas en una residencia

Por la mañana, Juana se ducha, se arregla y espera que le traigan a la habitación el desayuno. “Antes, desayunábamos en el comedor, pero desde que ha aparecido el dichoso virus, lo tomamos aquí”.

Después comienzan las actividades. Primero hay fisioterapia, terapia ocupacional y animación. La fisioterapia comienza a las 9.00 h, y los residentes van llegando, poco a poco, al gimnasio a lo largo de la mañana. Su objetivo es mantener las capacidades físicas de los residentes..

Luego llega el turno a las actividades de terapia ocupacional, enfocadas a estimular cognitivamente y a mantener la capacidad de la persona de llevar a cabo las actividades diarias. Es lo que Juana llama “clases de memoria”, en las que se activa el recuerdo, la atención y el lenguaje, entre otras muchas capacidades. Para ello, se utilizan refranes y ejercicios para completar frases o asociar imágenes.

Muchas mañanas hacen gerontogimnasia en el jardín, a partir de las 11.00 h, una actividad que les permite activar todos grupos musculares.

También practican la reminiscencia, una actividad que les encanta porque reavivan sus recuerdos mediante canciones, películas y personajes de su época, que no solo les evocan los hechos que han vivido, también sus emociones.

Y luego suele haber algo de animación, como el bingo o la musicoterapia. A Juana le encanta jugar al bingo debajo de los pinos. “Sí que me gusta sí, porque pasamos un ratito entretenido y porque me gusta ganar, aunque no ganamos dinero, solo caramelos”.

La tardes se reservan a actividades de estimulación cognitiva pero con un enfoque lúdico

Por tardes tienen lugar las actividades que organiza Juan Luis Vera, psicólogo del centro. “Mi objetivo es entrenar sus capacidades cognitivas para que no se pierdan y si se pierden, que lo hagan lo más lentamente posible”, explica.

Entre las múltiples actividades que organiza se encuentra los “memories”, un ejercicio de asociación de imágenes por parejas; la músicoterapia con un enfoque complejo, porque se tiene en cuenta no solo la canción, también la letra, el autor y lo que pasó en esa época; el análisis de las emociones, un taller que fue especialmente útil cuando acabó el confinamiento; las clases de relajación o el desarrollo de habilidades para convivir mejor.

Pero de todas ellas, la actividad estrella son las Historias, otra de las favoritas de Juana. “Nos cuenta historias para que pensemos. A mí me gustan las difíciles porque así le das a la cabeza”.

Por ejemplo: “Un hombre entra corriendo en un bar y le pide al camarero un vaso de agua. El camarero le apunta con una pistola en la cabeza, el cliente le da las gracias y sale del local”.

“Mediante preguntas, ellos tienen que adivinar lo que ha pasado. Y son buenísimos, lo averiguan enseguida. Ésta es de las fáciles, la sacaron rápidamente”, explica Juan Luis.

“¿La solución?”, se ríe Juan Luis. “No sé si dártela. Igual tienes que venir alguno de nuestros talleres. La solución es que el hombre había entrado en el bar con un ataque de hipo. Entonces pide un vaso de agua, el camarero le da un susto y se le pasa el hipo”.

En la residencia, todas las actividades están planificadas para lograr unos objetivos:

  1. Mantener la autonomía el mayor tiempo posible.
  2. Mantener las capacidades cognitivas en el mejor nivel.
  3. Cuidar el estado emocional del residente: que esté estable, tranquilo, que sea positivo.
  4. Fomentar la máxima socialización e inclusión en un grupo social. “Que tenga amigos, que se lo pase bien y que se sienta a gusto”, concreta Juan Luis.

“Lo que, además, se busca”- continúa – “es establecer unas rutinas estables. Que las personas estén activas, que no estén sin hacer nada, que tengan actividades”.

A Juana también le gusta el huerto, en el que siembran lechugas, tomates, zanahorias y calabacines. “Tenemos un peral y un mandarino”, me cuenta con orgullo.

A Juana el huerto le recuerda a su infancia en Valdeobispo, un pueblo extremeño que está cerca de Plasencia. Ella y su abuelo, al que siempre estuvo muy unida, se encargaban de plantar habas, hierbabuena, poleo… “Todas las cosas que se tienen en los pueblos. A mí me gustaba mucho, la verdad, además lo hacía con mi abuelo, le quería tanto…”

Quizá, por eso, es frecuente verla en el jardín junto a una amiga. Ambas buscan un rincón tranquilo, a la sombra, para entonar las canciones de verano que les han acompañado durante su juventud, canciones como “María Isabel” de Los Payos, que enseguida se arranca a cantármela.

Coser es otra de sus tareas favoritas. Ha hecho calcetines para muchas de las personas que trabajan en la residencia, “tantos que me dan ganas de poner un puesto en el mercadillo”. Y, ahora, está terminado unos amarillos para uno de sus nietos que vive en Francia. Uno de los que observa desde el retrato que tiene en su habitación. “Cuando como, les miro y ellos me miran”, me dice con cariño.

Pero una de las actividades que más echa de menos es cocinar. Reconoce que la ensaladilla y las patatas con carne de la residencia son dos de los platos que más le gustan, y las cremas que sirven por la noche, pero añora sus sopas de ajo, con su pan frito y su jamoncito.

De lo que más se acuerda es de los papones de su madre. “La pobrecita, qué joven murió. Esta receta me la enseñó mi madre. En la romería ponía una manta en el suelo y en una olla, que se trajo de Francia y que era muy honda, hacía papones para todos. ¿Qué no sabes lo que son los papones?”, me pregunta con asombro. “El otro día, mi cuñada me trajo un tazón y me los comí más a gusto”.

“Tienes un lápiz a mano, pues toma nota que te voy a dar la receta. Tienes que hacerlos y mandarme una foto. A ver si es verdad que los haces”, me dice.

 “Papones al estilo de Juana”

  1. Comienza batiendo un huevo y luego le añades migas de pan. El pan no puede estar muy seco porque si no los papones pueden quedar duros.
  2. Mueves y mueves el huevo y las migas de pan.
  3. Pones a calentar una sartén con aceite, pero el aceite no puede estar muy caliente.
  4. Con una cucharadita pequeña coges un poco de la masa que se ha formado con las migas y el huevo y lo fríes. Primero por un lado y luego por el otro.
  5. En otro cazo pones la leche a calentar y la endulzas con un poco de azúcar, y echas los papones.
  6. En invierno se toman calientes y en verano, fresquitos, y están riquísimos.

He seguido, paso a paso, la receta de Juana. Para que me quedaran los papones redonditos, como no tengo mucha maña en la cocina, he utilizado el filtro de metal que tengo para el té. Menos mal que Juana no me ha visto hacerlos. Pero, al final, me han quedado muy aparentes: doraditos y crujientes. Luego los he echado a la leche caliente y me los he tomado para desayunar. Estaban muy ricos. Pero lo que más me ha gustado es el olor que queda en la cocina: olor a aceite y a pan frito. Olor a hogar.

PUBLICIDAD

Mejoramos las residencias
para proteger a nuestros mayores

¿Quieres que te informemos gratis sobre
los centros de mayores?

Quiero información

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

1 × 2 =

* Campos obligatorios

Artículos relacionados