Cuídate

Cómo aprender a manejar la frustración si eres cuidador

Conocer lo que implica la demencia y establecer unas expectativas realistas ayudarán al cuidador a saber gestionar este sentimiento

La frustración es un sentimiento negativo que puede hacer mucho daño al cuidador de una persona con demencia y a su ser querido. Para aprender a manejarlo es importante reconocerlo y saber qué pautas nos pueden ayudar a evitar que esa emoción se convierta en agresividad contra nuestro familiar y contra nosotros mismos. En este caso, María Victoria Fernández de Caleya, psicóloga del servicio de cuidados a domicilio bluaU Senior, nos enseña cómo reconducirla.

La frustración es un término común que todos utilizamos de forma cotidiana, pero ¿realmente sabemos lo que significa? Cuando nos quejamos ¿lo utilizamos correctamente?

 ¿Qué es la frustración?

Se trata de un sentimiento que surge cuando vemos que nuestros esfuerzos no dan el resultado esperado, cuando, a pesar de lo que hacemos, nada sale como pensábamos ni cómo desearíamos que fuera.

Hasta aquí, el trayecto ha sido sencillo. Pero la ruta se complica cuando tenemos que reconocerlo en nuestro día a día. Y el camino todavía se vuelve más empinado, cuando, además, debemos enfrentarnos a este sentimiento, buscar opciones para gestionarlo y, si es posible, acabar con él.

María Victoria Fernández de Caleya, psicóloga del servicio de cuidados a domicilio de bluaU Senior, lo observó de cerca cuando comenzó a trabajar con Emilio, un hombre de 78 años, que sufría demencia mixta (enfermedad de Alzheimer y, además, demencia vascular) y, recientemente, había tenido, además, otro ictus.

Su esposa, Elisa, una mujer resolutiva, cinco años más joven que él, se encargaba de cuidarlo.

Cuando Elisa escuchó el diagnóstico de boca del médico, le impactó. ¿Cómo no le iba a doler? Toda la vida juntos, y ahora que podían tener más tiempo para disfrutar el uno del otro, surge esta enfermedad.

Pero Elisa, que ama el orden hasta el punto de tener siempre la casa impecable: ni una mota de polvo, ni una concesión al caos con minúscula, incluso, el oculto, el que permanece dentro de los cajones, decidió hacer frente a la enfermedad de su marido del mismo modo que lideró la educación de sus hijos: con organización y persistencia.

Se apoyó en dos recomendaciones que le proporcionaron cuando le dieron el diagnóstico:

  • Ejercicio de la mano de un fisioterapeuta para fortalecer los músculos de Emilio y luchar contra la inestabilidad que mostraba al caminar.
  • Estimulación cognitiva impartida por un profesional especializado capaz de trabajar su estado de ánimo y de diseñar una terapia con la que activar las capacidades que todavía conserva.

La frustración se transforma en agresividad

A Elisa le faltó tiempo para contratar estos servicios en bluaU Senior.

Pero no conforme con ello, se implicó ella misma. Todas las mañanas, en la mesa de ese salón impecable, limpio como una patena, con esa fragancia a jazmín que despedían dos velas aromáticas, se ponía con su marido a hacer sumas y restas.

Sacaba el cuaderno para adultos que había comprado en la papelería de su barrio y, junto a Emilio, comenzaban con las cuentas.

Ella con unas gafas metálicas, finas, ligeramente caídas sobre la nariz y una actitud de maestra estricta; él, con su aspecto bonachón, asumiendo, como siempre había hecho, que quien tenía el mando en el hogar era ella.

Y comenzaba… comenzaba una trifulca que acababa con la paciencia de Elisa, que terminaba quitándose las gafas con tal furia que cualquiera que la viera se preguntaría de qué material estaban fabricados esos anteojos que resistían tales topetazos.

Estas escenas, a veces, las presenciaba María Victoria.

-“Emilio, quieres hace el favor de fijarte. Nada que no sabe hacer las sumas. Y este es el cuaderno más fácil”, Elisa se lo decía mientras miraba a María Victoria.

Emilio se quedaba con la mirada seria, avergonzado, sin responder. En su rostro se podía leer el dolor que le infligían esas frases.

Otras veces, veía cómo Elisa le gritaba porque había revuelto todos los cajones mientras buscaba sus gafas por enésima vez. Esos cajones que hubieran hecho las delicias de Marie Kondo, la gurú japonesa que hecho del orden una nueva religión.

La relación entre ellos se había vuelto estresante y ambos sufrían. Sobre todo, en esos momentos en los que, por motivos ajenos a la voluntad de Emilio, él ya no podía responder a la expectativas de su mujer.

Sin embargo, a pesar de la enfermedad, Emilio era capaz de hablar, de acceder a sus recuerdos, de reírse de las anécdotas que compartía con María Victoria, de colorear y de disfrutar con la música.

Es cierto, que la demencia mixta (demencia tipo alzhéimer y demencia vascular) ese dúo maléfico, habían logrado que escribir fuera para él una tortura, lo mismo que leer. La memoria tampoco le facilitaba la vida. No recordaba en que año habían nacido sus hijos, ni la edad de su mujer, ni su fecha de nacimiento, ni cuando se casaron.

Combatir la frustración mediante objetivos realistas

Un día, Emilio, durante la sesión de terapia, comenzó a dibujar un plano, y le confesó a María Victoria que le gustaba mucho diseñarlos. Sabía cómo interpretarlos porque habían sido una parte importante de su profesión, y ese recuerdo lo mantenía.

Antes de marcharse, María Victoria le pidió a Elisa que si, por favor, podría dejarle algunos de esos planos para poder verlos con Emilio en la siguiente sesión.

Elisa la miró y le dijo:

-“Para qué si ya no sabe hacerlos”.

Fue, entonces, cuando María Victoria le preguntó si podrían hablar a solas un momento. Elisa accedió.

-“Es que no avanza nada. No lo entiendo. Me dijeron que con la terapia mejoraría, pero ya lo has visto. No sabe hacer ni una suma. Y ya llevo meses intentándolo”, afirmó.

María Victoria percibía su frustración. Un sentimiento que salía de su alma con furia y canalizaba mediante continuas regañinas dirigidas a su marido. Ella quería que siguiera sumando, que recordara los nombres de sus nietos, el día en que se casaron… que todo fuera como antes.

Durante la conversación, María Victoria le explicó la situación actual de su marido: lo que era capaz de hacer y lo que no. La enfermedad le impedía volver a su estado inicial, él no podía adaptarse. Sin embargo, ella sí podía conocer sus capacidades y sus gustos actuales; ella sí podía adaptarse a él.

Juntas fijaron unos nuevos objetivos. Los fijaron siguiendo dos criterios: si era posible conseguirlos y si eran útiles.

¿Útiles para quién? Para Emilio.

Porque, en realidad, el objetivo final, mientras estaba en casa con Elisa, el más importante, era que Emilio fuera capaz de hacer lo que se propusiera, que estuviera ocupado, que se sintiera útil, que disfrutara con lo que hacía.

El trabajo más especifico de recuperación y estimulación cognitiva se realizaba en las sesiones de terapia con María Victoria. De esos objetivos, Elisa debía olvidarse.

Como, a pesar de estas pautas, es posible que algunas veces los comportamientos de su marido, que tanto la alteraban, se volvieran a repetir, María Victoria le proporcionó unas recomendaciones.

Cuando esto ocurriera, Elisa debía aprender a identificar los primeros síntomas que preceden a la frustración: sentir ansiedad, nervios, enfado, irritación, deseos de descargar esa agresividad.

En esos momentos, lo mejor es retirarse, practicar ejercicios de respiración y dirigir la mente a las pautas que María Victoria le había sugerido: proponer a su marido a actividades que le interesaran.

Comenzó entonces una nueva etapa. Elisa sacó los antiguos planos y Emilio se pasaba horas enteras ordenándolos, viéndolos. Otras veces, observaba los álbumes de fotos mientras escuchaba música. No recordaba los nombres de las personas que aparecían en las imágenes ni los de los sitios que habían visitado, pero recordaba las sensaciones, y eso le gustaba.

Al facilitarle este tipo de actividades se logró, además, que Emilio no tuviera tan frecuentemente esas conductas que tanto malestar generaban en Elisa y, como consecuencia, también en él.

Mientras, ella podía hacer la comida tranquila al ritmo de ese bolero que tantas veces habían bailado juntos.

¿Cómo podríamos haber ayudado a Elisa durante este periodo? ¿Qué falló en el proceso?

María Victoria cree que, tras conocer el diagnóstico de su marido, a Elisa se le debería haber recomendado ir a un psicólogo. “Tendría que haber recibido unas pautas de convivencia, dado que los cuidadores principales son una parte fundamental del tratamiento y del bienestar de los pacientes. Ellos también se ven afectados por la situación, que es nueva y que, sin embargo, deben hacer frente cada día. Ella ya había aceptado que tenía que cuidar de su marido, pero el problema es que no sabía cómo, nadie le había explicado cómo debía hacerlo”.

Elisa no sabía con detalle lo que implicaba esta enfermedad, nadie le había proporcionado esa información. Necesitaba unas pautas para saber cómo comportarse ante las carencias que presentaba su marido. Necesitaba aprender a ceder, a no controlar tanto.

“Cuando se aborda el tratamiento de una persona con demencia, se abordan los trastornos cognitivos, los problemas físicos, pero no las alteraciones conductuales. Y no se suele preparar al cuidador para que sepa manejarlos”, añade.

Por eso, María Victoria cree que, cuando se acude a un domicilio a impartir una terapia, no solo hay que ocuparse del paciente, también hay que dedicarle un poco de tiempo al cuidador.

“Cuando llegas te diriges solo hacia el paciente, es tu prioridad, pero también es muy importante tener una conversación con el familiar para conocer qué sabe de la enfermedad de su ser querido y para proporcionarle pautas sobre cómo debe actuar”, aclara.

Elisa ya casi ha terminado de hacer la bechamel para las croquetas de jamón, uno de los platos favoritos de su marido. Emilio permanece en la mesa ordenando unos planos.

– “Eli, mira lo que he encontrado”, le dice Emilio.

– “El qué”, responde ella mientras aparta la sartén del fuego.

– “Ven a verlo”, insiste.

– “El plano de una casa. Uno de tus proyectos ¿no?”, contesta Elisa sin prestar mucha atención.

– “Es nuestra primera casa. Este era el salón que unimos a la cocina ¿recuerdas? Aquí estaba nuestro dormitorio y aquí, el de niño. Y este trocito pequeñito era el baño”.

– “Ah, sí. Es verdad. Ya me acuerdo. 60 metros cuadrados muy bien aprovechados. Ese era tu lema. Era pequeñita, pero la dejaste tan bien. Hiciste una casa alegre, acogedora, cálida”.

– “Lo pasábamos bien”.

– “No, Emilio, lo pasamos bien”.

– “¿Todavía?”

– “Tonto. Qué haría yo sin ti”.

Emilio ha bajado la cabeza, pero esta vez no está avergonzado. Esta vez está feliz.

Fecha de publicación: 16 marzo 2023

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