Cuídate

Cita previa se desarrolla en unos apartamentos tutelados

La última novela de Teresa Marquina cuenta cómo transcurre su vida en un centro residencial de Arturo Soria

    Hace un año, en este mismo día, publicamos la primera entrevista con la escritora Teresa Marquina. Fue a raíz de la reedición de su primera novela, “La verbena”. Durante la conversación, me comentó que había vuelto a escribir. Que este nuevo hogar, que acababa de estrenar, le había inspirado, aunque no se mostraba segura, no sabía si acabaría un libro o lo dejaría en un relato corto o en nada. Hoy, nos presenta su nueva novela, “Cita previa”, basada en esta etapa de su vida y que llegará a las librerías a mediados de mayo. Es más, nos ha preparado un aperitivo: el primer capítulo que nos ofrece como regalo. Una historia por la que desfilan muchos personajes con los que se cruza, diariamente, por los coquetos pasillos de este centro. Una historia llena de humor, de ternura, de amistad, de pérdida de memoria y … de calor. El mismo calor que desprende Teresa Marquina, que se cuela por todas tus rendijas sin que apenas te des cuenta.

    -Teresa ¿por qué ha escrito este nuevo libro, “Cita previa”?

    -Pues mira, este libro, que es el cuarto de los que yo he escrito, al igual que el primero, son los únicos que no he querido escribir, que no he pretendido escribir, que han salido de repente. Yo estaba recién venida, con mucha ilusión, y me puse a contar sin ningún plan preconcebido. El tema que sobresale, todos los personajes de Agatha Christie, fue absolutamente espontáneo.

    -¿Este libro también le ha permitido hacer una reflexión sobre lo que está significando en su vida esta última etapa?

    -Pues más que por lo que me está significando, es porque he visto claramente que acababa una etapa y empezaba otra. He divisado una frontera. Ya estoy en otro lugar, que es el mío. El calendario de mi vida pasa por él.

    -A la hora de escribir la novela, como decía al principio, se inspiró en una serie de personajes con los que ha mantenido un pulso.

    -Y tanto…

    No puedo evitar reírme. Teresa Marquina es así. Tiene una sinceridad envuelta en una chispa que no deja de sorprenderte. Es más, te atrapa y te seduce. No sé cómo lo hace, pero es capaz de pulverizar cualquier atisbo de pedantería y pretenciosidad. Lo hace con un giro inesperado. En un segundo, te devuelve a lo cotidiano, a lo real, pero lo logra sin hacer ningún esfuerzo, y con gracia, con mucha gracia.

    Marquina continúa con su respuesta…

    -Medio pulso, en realidad, porque me dejaron plantada: se fueron de mi inspiración. Mantuve una complicidad con el lector para salvar los muebles. Tal y como lo cuento, parece una invención de la invención, pero ocurrió tal cual.

    -¿Por qué no los liquidó cuando se pusieron tan rebeldes? 

    -Porque pensé que eran unos maleducados, que esas no eran formas y que al final deberían reaparecer aunque solo fuera para despedirse.

    -Al final dijo: ¿a ver quién puede más?

    -Exacto.

    -¿Vivir en estos apartamentos ha acabado con algunos de los estereotipos asociados a cómo es la vida en estos centros residenciales?

    -A las pruebas me remito. Yo siempre había abrigado la idea de no depender de nadie, por supuesto, y de acabar en una residencia. Había visitado casualmente algunas y todas me parecían tristes, con unos pasillos con luz de neón como de clínica. En cambio, estos me encantan, son de hotel. De buen hotel. De todas formas, me decía, cuando llegue el momento tendré que acabar acoplándome a alguna. Y al descubrir este centro, cumplidos 88 años, pensé: el momento es este.

    -Y después de vivir aquí casi dos años ¿no ha cambiado su sensación?

    -Me siento como en mi casa. Nada fundamental ha cambiado, aunque algunos residentes se hayan ido dejando paso a otros nuevos. Yo estoy a gusto de todos modos, feliz con el trato que recibo de todo el personal que me atiende y que se vuelca. Tengo mayor sensación de estar en casa que al principio, fíjate.

    -¿Por qué dice que incluso más?

    -Porque vivo más en el suelo y conozco mejor a la gente; no tengo que inventármela.

    -En “Cita previa” muestra tu deseo por seguir haciendo amigos, como si no hubiera perdido la ilusión por conocer gente nueva.

    -Eso es una secuela de cuando, todavía joven, me sentía sola por avatares de la vida y buscaba amigos por todas partes. De todas formas, siempre fui extrovertida y puedo entablar conversación con perfectos desconocidos en el metro o en un taxi.

    -En su novela se describen muchos personajes reales que viven en los apartamentos tutelados. ¿Sus compañeros han leído la novela?

    -No, no se ha publicado todavía.  No la ha leído nadie. Solo Mercedes Monmany, que además de amiga es autora del prólogo, crítica y escritora de altos vuelos.

    -Y cuando compren su libro y lo lean ¿qué reacciones espera?

    -Eso digo yo. Creo que habrá de todo. Quizás a algunos se les escape ese toque de fantasía, ese humor del absurdo que ahora ya no se lleva. Yo lo llevo dentro, con un padre amigo de sus mejores representantes: Jerónimo y Miguel Mihura, Tono (Antonio de Lara), Álvaro de Laiglesia, etcétera. Me he desternillado con «La Codorniz», revista de humor gráfico rompedora, con el cine  de los Hermanos Marx, las obras de Jardiel Poncela… en fin.

    -Algunas de las personas que salen en la novela tienen deterioro cognitivo. ¿Convivir con ellos ha hecho que viera ese trastorno de una forma distinta? 

    -No, porque yo ya lo he visto entre mis seres queridos. He visto el deterioro fuera de esta casa. Lo he vivido. No me ha supuesto nada.

    -¿Podría decirme quién lo tuvo en su casa?

    -En mi casa exactamente no. Pero sí en parientes próximos muy queridos.

    -¿Y ese humor del absurdo que usted practica le ha ayudado a llevar mejor este tipo de deterioro?

    -Por supuesto. Me ayuda a tragar todo lo que haya que tragarse, empezando por las pastillas del desayuno. Cuando llegué, me preguntaron sí quería que me administraran los medicamentos. Dije que no. Sin embargo, a veces me armaba líos. Hasta que decidí componer un himno que entono mientras las saco de sus cajas, lo que no es sencillo. La música es de una vieja canción inglesa. Y la letra es:  ‘Eurotirox, eurotirox, atorvasti; atorvasti, atorvastati, atorvasta ti-na… Pero al final doy un giro musical y grito que Adiro es el colofón y es el campeón con el himno del Atleti. Del Atlético de Aviación, para que rime. Será una chorrada, pero desde que lo canto no he fallado nunca y comienzo el día de buen humor. Me entretiene mucho hablar con las cosas, darles vida ya que son efímeras lo mismo que las personas. Me hacen compañía y me divierten. Eso sí, cuando se pierden las pongo verde.

    Es una pena que el lector no pueda escuchar a Teresa Marquina entonando esta cancioncilla. Reconozco mi torpeza para describir la gracia con la que la canta, el desparpajo que exhibe, ni muestra de timidez. No solo no te da vergüenza ver cómo se mueve, sino que te preguntas cómo no sé te habrá ocurrido antes hacer lo mismo. En un segundo ha encontrado una solución a unos de los grandes problemas del sistema sanitario, la falta de adherencia al tratamiento, y a la tristeza que le produce a una persona enfrentarse al paso del tiempo cuando ve el reguero de pastillas que se tiene que tomar diariamente.

    Teresa, no, con su humor ha convertido “esta crisis” en un momento divertido, un guiño con el que anima sus las mañanas.

    Pero no quiero despistarles, sigamos con la entrevista.

    -¿Vivir aquí le permite seguir siendo independiente?

    -Sí. Auténticamente independiente. Por ejemplo, hoy, a las ocho, he quedado citada con mi hijo Manolo, porque los martes tenemos una tertulia muy divertida. Ya te la conté: «Los martes alcohol». Vuelvo a la hora que sea. Es un gusto gozar de plena libertad para hacer mi vida. Además, esta casa está al lado del metro y de muchos autobuses, yo que soy fan del transporte público. Dicho esto, si no tengo nada que hacer, me chifla pasear por los alrededores o sentarme en el jardín al sol o a la sombra, o a sol y sombra.  ¡Qué paz! Es maravilloso y me paso horas con la mente en blanco, los ojos semicerrados de placer.

    -Cuando una persona se hace mayor, los hijos, y la sociedad en general, tienden a sobreprotegerle, incluso, a infantilizarle. ¿Eso le ha pasado?

    -A mí no, pero es cierto. Hay, como si dijéramos, dos vertientes. Está la parte en la que los hijos te mandan, y ahí las madres o padres maleables son los que pierden. Yo he venido aquí porque me ha dado la real gana. A mis hijos les ha parecido bien. Yo a ellos les di mucha libertad, nunca me metí en su vida, y ahora ellos hacen lo mismo conmigo. Pero me da mucha rabia que suceda. La otra vertiente, es esa manía de tratarnos como niños pequeños o como si fuéramos memos. Sobreprotección falsa, porque, a menos que seas dependiente, te toca lidiar con un mundo digitalizado de cabo a rabo y ahí te las den todas. La súper tecnología va por delante no ya de los viejos sino de la sociedad en general, incluso de los mismos sistemas que a veces se caen dejando a quienes los manejan con un palmo de narices. Un disparate. Una contradicción. Además, se tiende a complicar las cosas más simples. No hay cosa más difícil que abrir un abre-fácil, por ejemplo.

    -En “Cita previa” describe la expectación que levanta cuando se baña en la piscina.

    -En efecto.

    -Para mí, ese baño que se da es como una forma demostrar que sigue siendo independiente, que sigue siendo moderna…

    -Qué va, qué va.  Es que, aunque mi signo es Aries, soy bicho de agua y cuando llega el verano necesito el mar o la piscina. Calor /agua, donde sea. Fue una condición sine qua non: si no hay piscina, no vengo. No es por afán de notoriedad. He sido socia del Club de Campo hasta ahora, y allí he visto vejestorios como yo o más bañándose, lo mismo que jugando al golf. No me explico por qué aquí se asombran y lo ven como una proeza, cuando ni siquiera pierdes pie.

    -Me llamó mucho la atención cuando en el libro dice que se va a Cadaqués y, cuando llega, lo primero que hace es coger un bikini para ir a bañarse. ¿Sigue usando bikini?

    -Yo sigo usando bikini. Espera, espera. Esto fue hace dos veranos.

    En este momento, Teresa busca su móvil y me enseña una foto suya en bikini, posando en un pequeño embarcadero de Cadaqués. Observo la imagen con verdadera curiosidad. Como si mis ojos no se creyeran que una mujer de 88 años pudiera seguir siendo atractiva, pues lo es, y mucho. Cuántos estereotipos me quedan por destruir todavía…

    Teresa sigue hablando…

    -Ahora he engordado y estoy pensando en la operación bikini…  tengo mi lucha con las galletas, con los postres, con los chocolates. Pero ahora te voy a decir otra cosa, a los 62 años fui abuela de mi Teresita y enloquecí. Y entonces me dije: ‘soy abuela y se acabaron los bikinis’. Me entró un ataque de seriedad y ese año me presenté en el Club ante todos mis amigos con un traje de baño de lo más púdico. De la humedad, me entró una lumbalgia de padre y muy señor mío que me duró tres días. Y decidí: bikini hasta que me entierren. Cuántos más años pasan, menos me importa el qué dirán. Y aquí tampoco choca tanto.

    -¿Se baña siempre a una hora y los otros residentes se asoman para verla?

    -Me baño por la mañana pero no creo que se asome nadie expresamente. Simplemente, me ven a través de los cristales.

    -Para usted ¿qué significa Cadaqués?

    -Todo. Bueno, al decir todo, me paso. Cadaqués es como la médula ósea, lo que está más dentro de mí quizá porque no vivo allí. Es el almacén de mis mejores vacaciones y los recuerdos más felices de infancia, juventud, madurez… Algo que mitifico demasiado. De pequeños, como no había posibilidad de comparar, nos creíamos que era el pueblo más bonito del mundo. Luego descubres otros lugares que no le van a la zaga. A Cadaqués a veces le odio porque no puedo soportar tanta belleza… O porque no soporto una nimiedad que la destruya. Mis tíos abuelos, los Pichot, que estaban todos locos, se iban con toda “la colla del divuit” (“el grupo de los dieciocho”, compuestos por amigos y artistas, como Miguel Utrillo, Ramón Casas, etc) en caravana a ver salir el sol a Cabo Creus, qué es la bomba, y una vez no les gustó y lo silbaron. Una pitada monumental. Todas las generaciones nos volvemos un poco excéntricos, en Cadaqués. La gente queda enganchada o no vuelve, no hay término medio. Pero yo no viviría en Cadaqués ni loca.

    -¿Por qué?

    -Porque prefiero seguir idealizándolo. Además Cadaqués es para disfrutarlo, no para pelearlo viviendo allí. Y menos ahora, que donde había una librería o una galería de arte hay un bar restaurante o una boutique.

    -En la primera conversación que mantuvimos me comentó que la muerte le importaba un pepino. Aquella vez no me atreví a preguntarle cómo no se puede tener miedo a la muerte.

    -Porque lo relaciono con el sueño, y para mí dormir es la parte de la vida que más me gusta. Tras haber padecido mucho insomnio, ahora que tomo mi orfidal y duermo como un leño soy feliz. Aparte de lo cual, soy partidaria de la eutanasia. Amo tanto la vida que rechazo su falta de calidad. Tengo mis papeles en regla, lo que pasa es que llegada la hora es muy difícil morirse, incluso en Holanda. Las dos cosas más importantes del ser humano son el nacimiento y la muerte. Y en ninguna de ellas se ha contado con nuestra opinión. No tengo fe en la traducción de un Dios misericordioso y todopoderoso que podría rescatarnos en un momento dado, como haría cualquier padre. Amo en cambio, la figura de Cristo, al margen que sea o no sea hijo de Dios. Me emociona lo que ha hecho. La vida, me encanta. Por eso mismo tendría que tener un final digno y estético, de poderlo elegir. Es como «Lo que el viento se llevó» que dura y dura y dura y piensas que si se pasan de escenas se joroba la peli, pero por suerte acaba en el momento preciso con un final espectacular. No estoy en contra de la religión cristiana. Ha hecho mucho bien y también ha hecho mucho mal, como todos los credos. Dicho esto, veremos a ver cómo acabo.

    -¿Por qué dice eso?

    -Porque yo tenía un amigo, Jaime, que murió de Parkinson, lúcido, y tenía mis mismas ideas. Acabó sufriendo lo indecible y no dio ningún paso hacia la eutanasia. Era ateo, pero lloró la muerte del Papa Wojtyla. Así que… ¡qué sabe nadie!

    -Con esta novela se despide ¿Está segura de que no habrá ninguna actualización en la que se vayan sumando nuevas historias?

    -De momento, lo desecho totalmente. Aunque ya me corté una vez la coleta después de escribir “No sé si morirme o publicarlo”, un libro de relatos. Justo en la presentación, a Mercedes Monmany se le ocurrió que reeditara “La verbena”, mi primera novela, que supuso un nuevo trabajo literario al reescribirla y añadir un apéndice. Y al venir aquí, vuelta a los ruedos… Parezco Antoñete. Pero no, no creo que insista porque hay una pérdida real y progresiva de memoria, lo que es normal a mi edad, y el esfuerzo es doble. No compensa. Algún relato corto, como mucho.

    Se ha acabado la entrevista, ya no tengo ninguna excusa para quedarme un ratito más. Me ha sabido a poco, como su última novela. Ojalá cambie de opinión y siga añadiendo nuevos capítulos a sus páginas, y cada Día del Libro tenga un nuevo motivo para seguir viéndonos.

    Cuando dejo su apartamento, escucho una música. En uno de los salones de la primera planta, un pianista toca un pasodoble. Algunos residentes se sientan a su alrededor para no perderse el recital. Junto a la recepción, dos señoras, de pie, se mueven tímidamente. Aplaudo su ritmo, y de repente, me veo bailando con una de ellas. Improvisamos unos pasos, y me meto de lleno en la canción, batallo con mis pies mientras nos sujetamos por la cintura. Ella me sigue, yo la sigo. Nos compenetramos. Un precioso broche para una tarde estupenda. Me pregunto si este baile no es también un regalo de Teresa Marquina.

     

    Fecha de publicación: 20 abril 2023

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