Cuídate

Leve 7 mayo de 2020

Carta a mi madre durante el confinamiento

Las medidas de aislamiento para los más mayores, con el fin de evitar su contagio por el coronavirus, están suponiendo un difícil desafío; hoy más que nunca debemos estar cerca de ellos

Comienza el turno de Alba. Hoy le toca de mañana. Alba lleva ocho años trabajando en este centro. Primero como gerocultora, atendiendo a los mayores a realizar sus tareas diarias, y ahora como supervisora, coordinando a un equipo de auxiliares.

Antes de dirigirse a la planta en la que están los residentes de los que hoy se tiene que ocupar pasa por recepción. Ahí, está Ana, atendiendo al teléfono.

– “¿Qué tal Ana? ¿Cómo va el día?”, le pregunta Alba a la recepcionista.

– “No paro de atender al teléfono. Todo el mundo quiere hablar con sus familiares… ¿Podrías hacerme un favor?”, le pregunta un poco agobiada.

– “Claro. ¿Qué necesitas?”, se ofrece Alba.

– “Es que me acaban de dejar este paquete para Rocío López y hay que desinfectarlo y subírselo a su habitación”.

– “No te preocupes, yo me encargo”.

– “¿De verdad? Muchas gracias, Alba. Es que no me puedo separar del teléfono ni un momento”.

– “Nada, nada, dámelo”.

En esta residencia el equipo siempre ha sido bueno, pero ahora, desde que tuvieron que adoptar las medidas del confinamiento, para evitar el riesgo de contagio por el coronavirus, más que un equipo son una familia. Todos se apoyan. De hecho, desde el 8 de marzo, todos se han ofrecido voluntarios por si hiciera falta cubrir algún turno. Así que Alba, al ver que Ana necesita ayuda, no duda en apoyarla.

Alba se acerca al paquete y lo coge con sus guantes. Lo deposita en un carro y se lo lleva al cuarto de desinfección. Ahí le pasa un paño humedecido en lejía y agua por todo el cartón. Luego lo abre y saca lo que hay dentro: una tele, un cuaderno para colorear, una caja de pinturas, una virgencita, dos estampitas y un sobre. A todo le pasa la bayeta para desinfectarlo. Con el sobre y la carta tiene más cuidado. Lo hace con un trapito humedecido ligeramente, para que no se deteriore ni el papel ni la tinta. Vuelve a meter el folio en el sobre y se dirige a la habitación de Rocío.

Mientras empuja el carro por el pasillo, intenta imaginar su cara. Es su forma de apartar la tristeza que le produce el silencio que se ha instalado en el centro. Por los pasillos no se escucha ni una sola voz. Se han cancelado las visitas de los familiares y los residentes deben permanecer en sus habitaciones para evitar posibles contagios.

Alba no se acostumbra. Hace tan poco que el centro eran un ir y venir de actividad: mayores que se dirigían a las sesiones de terapia, hijos que acompañaban a sus padres, las señoras que iban a la peluquería, otros que salían de la consulta del médico y ahora… la vida sigue, pero en las habitaciones.

Llega a la puerta de cuarto de Rocío. Antes de entrar, llama para avisarla.

– Toc, toc, golpea.

– “Rocío, soy yo, Alba. Mira te traigo unas cosas que te ha enviado un hijo tuyo”.

– “¿Qué hijo?”, contesta Rocío.

Alba abre la puerta. Rocío está sentada junto a la ventana con un libro en el regazo a punto de caerse.

– “Pues no lo sé, pero hay una carta. Igual ahí lo dice. Toma”, le explica Alba.

Alba le acerca la carta. Luego se dirige al carro y coge la televisión. Comienza a instalarla. Mientras lo hace, observa a Rocío por el rabillo del ojo: está intentando abrir el sobre, pero no atina.

-“¿Quieres que te saque la carta del sobre?”, le pregunta.

-“Sí, hija, sí, sácala, sácala, que yo no puedo”, le pide Rocío.

Desde el primer momento en que Alba toma la carta, sabe que es una carta importante. En la primera línea pone: “Con mucho amor… para la persona que más quiero”.

Alba le da la carta a Rocío. Ella intenta cogerla y se le cae.

-“Estoy muy torpe”. “Todo se me va al suelo”, se disculpa Rocío.

Rocío es una mujer de 87 años, cara redondita, ojos vivos, pelo canoso, precioso, brillante. Hace apenas un año que se trasladó a vivir a la residencia. Sufre un deterioro cognitivo leve. A veces, no recuerda alguna actividad reciente que acaba de hacer o no le salen las palabras cuando trata de expresarse, pero, por ahora, su estado cognitivo no es preocupante. Para lo que sí necesita mucho apoyo es para paliar sus problemas de movilidad. Debido a su obesidad, no puede andar sola, solo, gracias a las sesiones de fisioterapia que ha recibido en el centro, puede apoyar los pies, pero necesita ayuda para levantarse y acostarse de la cama o, por ejemplo, para sentarse en un sofá. Y solo puede moverse en silla de ruedas.

Además, también tiene problemas de movilidad en los brazos: los levanta hasta el pecho. De ahí, no puede pasar. Eso significa que no puede vestirse, ni lavarse. Pero sí puede comer por sí misma y, también, colorear. Le encanta colorear.

– “Tranquila, le responde Alba. Yo te acerco la carta y te la sujeto para que la puedas leer”.

– “No, no, por favor, léemela tú”.

– “Pero es mejor que la leas tú, Rocío. No sé, igual te han escrito algo íntimo. Mira, yo me quedo aquí, a tu lado, mientras tú la lees”.

– “No, no, por favor, léemela tú”.

Rocío con una mano le tendía la carta y con la otra se llevaba un pañuelo a los ojos. Un pañuelo de tela, de los de antes, un burruño blanco con el que se intentaba limpiar los ojos que ya tenía humedecidos.

-“Bien, bien, yo te la leo”.

Alba coge una silla y se sienta cerca, pero no muy cerca. Tiene que respetar las medidas de seguridad para impedir poner en riesgo a Rocío. Alba lleva guantes y mascarilla.

Comienza a leer.

Mamá, dice la carta, soy uno de tus tres hijos, pero no te voy a decir quién soy. Vas a tener que adivinarlo.

La carta iba dando pistas y cada pista comenzaba de la misma manera:

Te acuerdas cuando era pequeña y terminábamos de comer, yo me acercaba a tu brazo y comenzaba a tocarlo. Me encantaba hacerlo porque no importaba el calor que hiciera, siempre estaba fresquito. Me encantaba tocarte, olerte. Así me tiraba un buen rato. Pero, bueno, a otro de tus hijos también le gustaba hacerlo. ¿Te acuerdas?

Te acuerdas, cuando era pequeña y el circo venía a la ciudad, me ponías el vestido de los domingos y juntas nos íbamos a verlo. Nunca te conté que no me gustaba el circo, que me parecía un espectáculo triste, lo que me gustaba, lo único que me gustaba, es que iba contigo. Solo tú y yo.

Es mi niña, mi Sofía, es mi Sofía, decía Rocío, que ya había adivinado la hija que le escribía.

Te acuerdas, continuaba la carta, cuando era pequeña y te seguía por todas las habitaciones mientras hacías las camas y cantabas aquel bolero “Contigo aprendí”. Esa canción se convirtió en nuestra canción y solo la cantamos tú y yo. ¿Te acuerdas?

Te acuerdas cuando estabas malita en el hospital y te iba a ver. Cuando te sacaba al jardín y la entonábamos juntas sin importarnos que los demás nos escucharan ¿Te acuerdas?

Es mi Sofi, es mi Sofi, repetía Rocío, pero ya la voz apenas se la oía. Hablaba con un tono ahogado y su pañuelo mojado ya no bastaba para limpiar sus ojos.

Alba la mira e intenta seguir leyendo. No puede abrazarla ni besarla, solo puede seguir leyendo. Daría algo por acercarse, por cogerla, por intentar darle un poquito de ese calor que las palabras de su hija le están transmitiendo, pero no puede. No puede tocarla.

Alba para de leer, ya no puede seguir. Mira a Rocío que está llorando. Alba también está llorando, ya no se puede aguantar.

Acerca su mano a la de Rocío. No hay piel junto a piel, hay un guante azul de goma entre ellas. Y, sin embargo, el calor les llega. Y siguen así, un buen rato, sin decir nada. Sintiéndose cerca.

Alba llora por el silencio, por el cansancio, por el trato tan injusto que reciben. Nadie fuera de la residencia conoce lo que hacen, en qué consiste su labor. Todos las ignoran. Pero, sobre todo, llora por no poder cuidar como a ella le gusta. Por no poder acariciar por no poder besar.

Rocío llora de felicidad. Hace mucho tiempo que no se sentía así. Así, como cuando veía a sus hijos pequeños jugando, felices, despreocupados. Corriendo hacia ella. Esos días llenos de luz y de calor. Esos días hoy han vuelto a su corazón. Cierra sus ojos y está con ellos, sus hijos, lo único que le queda para mantenerse viva.

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