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Moderada

Así son los cuidadores de Teresa

Día del cuidador, cinco de noviembre

A Teresa le diagnosticaron la enfermedad de Alzheimer cuando tenía 74 años. Sin embargo, es muy posible que los síntomas comenzaran mucho antes. Isabel, una de sus cuatro hermanas, recuerda que hacía tiempo que ellas habían empezado a notar comportamientos extraños. “Iba, por ejemplo, a casa de mi hermana María Luisa. Y ésta le decía: ‘Tere, puedes llevar esto al comedor’. Y en vez de dirigirse al comedor, iba a otra habitación. A nosotras nos extrañaba y comentábamos, mira que es despistada”.
 
Teresa, como muchas personas que sufren esta enfermedad, ocultó lo que le sucedía. “Creo que disimulaba. Muchas veces le preguntábamos, Tere te acuerdas de esto o de aquello. Y ella decía, sí, sí, pero nosotras nos dábamos cuenta de que no recordaba nada. Entonces, empezamos a pensar que teníamos que llevarla al médico”, comenta Isabel.
 
La doctora, tras hacerle varias pruebas, le diagnosticó alzhéimer. Le prescribió un tratamiento y le recomendó acudir a un centro de día. Pero Teresa no quiso seguir ninguna de sus indicaciones. “Como en aquella época se encontraba, relativamente, bien, se negó a ir a ningún centro. Las pastillas tampoco se las tomaba.  Te las encontrabas en un florero, en una maceta, debajo de un asiento… Entonces, acudimos a un geriatra, y éste le recetó unos parches que sustituyeron a los comprimidos”, explica su hermana.
 
Fue quizá, entonces, cuando las cuatro hermanas se unieron como una piña y crearon “un comando” para tratar de que a su hermana no le faltara de nada. “Es tan injusto. ¿Por qué le ha tenido que tocar a ella? La veo y pienso en la cantidad de cosas que se está perdiendo. Las alegrías que da la vida, ella ya no las tiene”, lamenta Isabel.
 
Las cuatro hermanas se turnan para ocuparse de Teresa, que ahora tiene 89 años. Pero todas ellas están en torno a los 80 años. La más joven tiene 81. Por eso, a este “comando” se han tenido que sumar otras cuidadoras más jóvenes, que las ayudan a atender a su hermana:  Mar, Herminia y Rosa. Todas ellas buscan proporcionar cariño, compañía y cuidados más específicos a Teresa. Su misión: darle la mayor calidad de vida y el cariño que siempre ha tenido.
 
El 5 de noviembre, Día del cuidador, es su día, y ni tan siquiera lo saben. Pero si Teresa pudiera, seguro que le hubiera gustado agradecerles todo lo que están haciendo por ella. Como el día en que Isabel le compró con tanta ilusión un vestido y, además, se ocupó de acortarlo para que ella, tan coqueta, pudiera seguir presumiendo de esas piernas tan bonitas. O cómo María Luisa, antes de salir, elige cuidadosamente un vistoso pañuelo que Teresa le regaló, para poder animar a su hermana cuando la visita. “Te acuerdas” -le dice- “este pañuelo me lo compraste tú”. Y los ojos de Teresa se mueven siguiendo los color vivos de la seda. O cuando sus otras dos hermanas se van sin demora a buscar “blusitas” porque las otras cuidadores les advierten que anda un poco escasa.
 
Todo ese cariño que destila cada uno de los recados de los que se ocupan cada día parece no trascender, como si el mundo, siempre tan ocupado, no tuviera tiempo para ellas. Pero nuestra comunidad está llena de heroínas que, como este comando de cuidadoras, se ocupan de sus seres queridos. Con su historia queremos recordar cada una de vuestras historias, y deciros que es hermoso lo que hacéis, y que el mundo es mejor porque vosotras os empeñáis en hacerlo mejor.
 
“El otro día” -recuerda Isabel- fue su santo. A Teresa le encantaba el chocolate. Pues le compramos una caja de bombones. Ya no tiene dentadura y no puede comerse un bombón, pero se lo dimos machacadito para que pudiera sentir la textura y su sabor. Para ella, que siempre ha sido devota del chocolate, tomarse la mitad de un bombón, le hace feliz, le cambia la expresión de la cara”.
 
Mientras las hermanas de Teresa se ocupan de darle cariño, de proporcionarle el calor familiar, Mar, Herminia y Rosa se encargan de aspectos más técnicos. Sobre todo, ahora que Teresa permanece la mayor parte del tiempo sentada en una silla de ruedas. Hace ya dos años que se cayó y se rompió la cadera. A partir de ese momento, su enfermedad, que hasta entonces, había evolucionado muy lentamente,  se  agudizó. “Después de que la operaran, dio un bajón impresionante. Terminó sentada en una silla de ruedas. Pero no solo sufrió un deterioro físico, también le afectó a la cabeza. Ella antes comía sola y, ahora, hay que dárselo”, explica Isabel.
 
Mar, una de las cuidadoras profesionales, se ocupa de mantener la movilidad de Teresa. “Siempre intentamos que esté activa, y tratamos de moverla. Por eso, no tiene ninguna escara. Todos los días la ponemos de pie y conseguimos que dé 10 o 20 pasos. Y esa actividad, le cambia la cara. Pasa de estar como dormida, con la cabeza bajita y los ojos cerrados, a abrirlos y a sonreír. Con este ejercicio, no pretendemos que Teresa vuelva a ser independiente y que ande por sí misma, lo que perseguimos es que tenga cierta movilidad en el cuerpo”, asegura.
 
Isabel y sus hermanas tenían claro que para cuidar de Teresa necesitaban a otras cuidadoras más jóvenes y  profesionales. “Nosotras” -continúa Isabel- “somos muy mayores, no podemos con Teresa. Mi hermana está más en sus manos que en las nuestras. Nuestra función es darle cariño, de las otras necesidades se ocupan más ellas. Son más jóvenes y están más preparadas profesionalmente”.
 
Entre todas han formado un equipo empeñado en detener o, al menos, ralentizar los avances de esta enfermedad. Y para ello, las hermanas saben que hay que ocuparse de las cuidadoras profesionales. “Una de las cosas que nos han enseñado es que hay que cuidar al cuidador.  Tenemos que comprenderlas y tomarles cariño. Eso significa, por ejemplo, que hay que respetar sus horarios y sus días de vacaciones”, detalla Isabel.
 
“Ese trato” -confirma Mar- “se agradece. Cuando te encuentras a gusto en un trabajo, la reacción que tienes es buena, colaboras mejor. Sentimos que nos escuchan, que cuentan con nosotras. Les falta tiempo para ir a buscar cualquier cosa que pedimos”.
 
A Isabel y a sus hermanas, la enfermedad les ha robado a Teresa o, por lo menos, una parte muy importante de ella. Era independiente, alegre y muy sociable. Estaba empeñada en dar una oportunidad a los que no la habían tenido. Había estudiado Graduado Social y Trabajo Social, y daba clases en un centro de mayores a mujeres que no sabían escribir. “Yo le decía: ‘Teresa, tú eres socialista”, recuerda Isabel. “Y ella se reía, y me respondía: ‘a mí me gusta que la gente prospere, si eso es ser socialista, soy socialista”.
 
Pero también les ha enseñado que el mejor cuidado es el cariño. “Lo que aprendes es que los enfermos necesitan a la familia. Necesitan esa sensibilidad, ese tono de voz, el calor de una caricia. Aunque parezca que no, los enfermos lo notan. Hay muchos familiares que no se dan cuentan de que estos pacientes están muy solos”.
 

 

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