Cuídate

Leve 15 julio de 2020

A dónde iban nuestros aplausos de las 8

Hoy rendimos un homenaje a todo el personal de las residencias que ha luchado contra la pandemia

Hoy, 16 de julio, se rinde homenaje a todas las víctimas del coronavirus y a todos los que han luchado en primera línea contra el COVID 19. Nosotros, desde Cuidar Bien, damos las gracias de corazón a todos ellos. Pero, especialmente, a las personas que han cuidado en las residencias de nuestros mayores. De verdad, muchas gracias.

Me pregunto si cuando vuelva a escuchar el sonido de los aplausos ya no será como el de antes. Los aplausos para mí no tenían ni sabor ni color, tenían, eso sí, energía, vibración, pero no los asociaba a nada.

Ahora los aplausos tienen una hora, las 8 h, tienen un rostro, mis vecinos, a los que no conocía, tiene un deseo, ánimo, y, sobre todo, gratitud por toda la entrega que ha habido en los hospitales, en los centros de salud y en las residencias.

Todos los que han cuidado de nuestros seres queridos y han puesto con su trabajo en riesgo tanto su vida y como las de sus familias.

Hay muchos rostros detrás de este reconocimiento. Pero para saber lo que realmente ha significado, he optado por fijarme en uno, el de Alba Cazorla, supervisora del Centro Residencial Sanitas Henares.

Alba vivió en primera línea la lucha contra el coronavirus. Recuerda aquel domingo en el que la puertas se cerraron y tanto ella, como sus compañeros, se quedaron cuidando a los residentes. Ese día, y los que siguieron, tuvieron que explicarles a cada uno que había “un virus que atacaba muy fuerte a la salud y que por eso habían cerrado el centro, para protegerles del exterior”, recuerda Alba.

Explicando qué es el coronavirus

A los que no tenían un deterioro cognitivo, bastaba con decírselo una vez, pero a los que presentaban demencia había que explicárselo tantas veces como fuera necesario. “Ellos me preguntaban: ¿por qué mis hijos no vienen hoy? Y yo les comentaba que había un virus que ataca la salud y que por eso no podían venir, para evitar contagiarnos, y al día siguiente me lo volvían a preguntar”.

Pero cuando llegaron los EPIs (Equipos de Protección Individual) y todos los que trabajaban en la residencia tuvieron que ponerse aquellos disfraces propios de una película de ciencia ficción aquello tomó otro cariz.

Todas las personas de la residencia no podían reconocer a los profesionales que siempre se habían ocupado de ellos. “A todos les chocó muchísimo. Incluso las personas que peor estaban cognitivamente lo notaban y se daban cuenta de que algo pasaba. Recuerdo la conversación que tuve con Valentina, una señora de 90 años, con deterioro cognitivo, que cuando entré en su habitación me dijo: ‘¿pero tú quién eres?. Yo no me fio de nadie, así que imagínate cómo me voy a fiar de ti que vienes con la cara tapada. Tú ¿qué me vas hacer?’ Y, la verdad, es que Valentina tenía razón”, comenta.

Así que Alba tuvo que emplearse a fondo para ganarse su confianza. Su arma secreta es hablar con tranquilidad, con un tono sosegado, agradable. Comenzó por identificarse y luego le dijo muy despacito lo que iba a hacer. Tuvo que explicarlo muchas veces. Pero, al final, logró que Valentina confiara en ella.

De hecho, las personas que estaban mejor cognitivamente por lo que estaban preocupadas no era por ellas, sino por sus hijos. “Muchas veces me preguntaban: ¿tú crees que mis hijos estarán bien?”.

Alba recuerda esos días envueltos en unos tonos blancos y azules y los asocia a un olor metálico, probablemente, el de las bombonas de oxígeno con las que contaban en la residencia. Eran días de silencio: no había música, ni ruido en los pasillos; las salas de actividades estaban vacías.

Comenzó entonces una época de no parar. En la que todos hacían funciones que correspondían a otros compañeros. “En mi caso, además de mi trabajo, hacía otras labores de enfermería. El responsable de mantenimiento, por ejemplo. ayudaba con tareas propias de un auxiliar. Recuerdo esos días con mucho trajín, pero también recuerdo el compañerismo. No importaba lo que hubiese que hacer porque lo hacía cualquiera. No había que pedirlo”.

A todos los residentes se les tomaba la temperatura y se les medía el nivel de saturación como mínimo tres veces al día. Si la persona mostraba algún síntoma extraño, estos controles se intensificaban para detectar la enfermedad cuanto antes.

Comenzamos a separar a los que presentaban síntomas de los que no tenían ningún signo. Tomar esas decisiones también fue difícil. “Teníamos que separar a los amigos. Porque había personas que estaban, por ejemplo, en la misma planta y que se llevaban muy bien. Veían como sus compañeros tenían que trasladarse a otra zona. Eso fue duro para ellos y para nosotros”.

Los aplausos a las 8

Y, entonces, llegaron los aplausos. “Los primeros días nos poníamos a llorar. El día que podías te asomabas a verlos, el día que te tocaba en la habitación, pues seguías trabajando. Los escuchábamos y te animaban, pero se te ponían los pelos de punta”.

Eran momentos en los que se mezclaba el calor, con el sudor y las lágrimas. Momentos en los que los labios sabían a sal. Días en los que todo se veía borroso.

Luego, los pasillos comenzaron a llenarse con otros sonidos: los de las videollamadas. Se escuchaban las conversaciones entre las familias.

-“Pero, ¿por dónde sale la voz? Yo esto no lo entiendo”, decía una residente a la terapeuta que le había conectado con su hija.

-“Mamá, qué estoy aquí, que soy yo”, gritaba su hija.

-“Pero ésta que está enfrente eres tú. Pero tú por ¿dónde me ves?”.

A muchos, que no estaban familiarizados con la tecnología, les costó mucho entenderlo, pero ahora ya las han incorporado a sus rutinas.

-“Oye, Alba, acuérdate que hoy me toca videollamada”.

-“Sí, no se preocupe, que yo vengo a las cuatro y la conecto”.

-“Sí, porque ya he quedado con mi hija para que meta también a sus hermanos en la videollamada. Así les veo a todos, y a mis nietos también”.

Por fin, todo terminó controlándose y acabó el confinamiento. Comenzaron las salidas al jardín.

Eran días en lo que se iba con mucha cautela. Los residentes eran muy reticentes a juntarse. Las rutinas se iban introduciendo muy despacio. Y hubo un cambio: las personas que antes no participaban en las actividades ahora estaban deseando hacerlo.

“Recuerdo esos días con alegría, todavía con miedo, pero con alegría. Recuerdo la felicidad de cruzarte con alguien por los pasillos. Los primeros días en el jardín, el aire dándote en la cara. Qué felicidad”.

El hijo de Valentina ya puede venir a visitarla. Su mujer y su nieto, un bebé tranquilo, la ven desde un cristal.

“Siempre estaba preguntando por su nieto. Me decía ´¿tú crees que mi nieto estará bien ahí fuera?´. Ahora ya le puede ver; por el cristal, sí, pero a ella le vale. Le habla y le hace cucamonas, y con eso es feliz”.

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